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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

22 de noviembre de 2008

Y, un poco más de buena música



¿Qu'es de ti desconsolado? (Juan del Enzyna)



"Sones de la Corte" 2008
Intérpretes: Dina Cherkyez, Juan de Dios Mateos Segura, Jesús Valverde Martínez, Fernando Javier Carmona Arana, Ángel Jesús López Castaño, Víctor Fabio López Pinteño

Anónimo (1490): Rodrigo Martínez



Rodrigo Martines,
A las ánsares, ahe!

Pensando qu'era vacas
Silvávalas. He!
Rodrigo Martines,
Atán garido,

Los tus ansarinos
Liévalos el río, ahe!
Pensando qu'era vacas
Silvávalas. He!
Rodrigo Martines,
Atán lozano,

Los tus ansarinos
Liévalos el vado, ahe!
Pensando qu'era vacas
Silvávalas. He!
[Rodrigo Martines,
Atán garido.]


Juan del Encina(1468-1529): Más vale trocar



Juan del Encina (Encina de San Silvestre, Salamanca 1468- León 1529; poeta, músico y autor teatral en la época de los Reyes Católicos)

Hijo de un zapatero, su verdadero nombre era Juan de Fermoselle.

Perteneció, junto con Juan de Anchieta entre otros, a la primera época de la llamada escuela polifónica castellana, una de las más importantes de España, y que mejor representa la evolución polifónica en este país, siendo considerado uno de los patriarcas del teatro español. Alcanzó gran altura en sus glosas y villancicos.

Su lugar de nacimiento no está claro. Algunos autores lo sitúan en Salamanca y otros en alguno de los municipios de esta provincia que llevan la palabra Encina en el nombre como Encina de San Silvestre o La Encina.

Estudió en Salamanca, con Nebrija. En 1492 entró al servicio del segundo Duque de Alba en cuya corte se encargaría de organizar festejos y escribir comedias y música. En la noche de Navidad de 1492, se representó por primera vez una de sus églogas, en el castillo de Alba de Tormes.

Protegido de don Gutierre, hermano del segundo duque, don Fadrique, vivió en la villa ducal. Al no conseguir su puesto de cantor en Salamanca, se marchó a Roma, donde sí fue nombrado como tal por el Papa León X. Estuvo viajando de Roma a España varias veces entre 1510 y 1519, hasta quedarse finalmente en León para desempeñar el priorato de la catedral.

En 1519 partió de peregrino hacia Jerusalén donde cantó su primera misa.

En 1534 sus restos son trasladados a la catedral de Salamanca, donde aún hoy sigue enterrado.

Recomendados para leer este fin de semana


Españoles, perdonad, pero no olvidéis.


Todo Catapulta

En la semana del 20 de Noviembre


La Vuelta de Obligado


José Antonio Primo de Rivera. In memoriam


Generalísimo Francisco Franco. In memoriam

Los moriscos y la leyenda negra española


por José Javier Esparza.

Tomado de Herencia española

En 2009 van a cumplirse cuatrocientos años de la expulsión de los moriscos, los musulmanes que se quedaron en España después de 1492 y que fueron expulsados tras un largo proceso que terminó en 1602.
A propósito de la efemérides, los descendientes marroquíes de aquella gente han pedido que se les "devuelva" la nacionalidad española, así como otras reparaciones" morales, petición apoyada por los actuales musulmanes españoles. Tv2 (la 2) ,siempre sensible con estas cosas, ofreció este domingo (13 abril 2008) en "Crónicas" un reportaje de apoyo: "Los senderos de la nostalgia", firmado por David del Puerto y con guión de Carmen Corredor.
Lo que llamaba la atención en su planteamiento era la toma de posición previa: hay una minoría extrajera que hace una reclamación a España y hay que prestarles cariñosa atención, ¿Por qué hay que prestarle cariñosa atención?: por una convicción implícita: España es culpable. Por eso debe atender con humildad cualesquiera reclamaciones de cualesquiera personas avasalladas por la criminal furia española en cuales quiera momentos de nuestro pasado oscuro.
En realidad,el problema no está en que los moriscos pidan tal o cual cosa, sino en que los españoles creamos que todo el mundo tiene derecho a pedirnos compensaciones por agravios pasados. Lo prodigioso de la "leyenda negra" antiespañola es que sobrevive gracias a los españoles , que somos probablemente los únicos que nos la hemos creído.
"Fuimos expulsados por una débil razón" decía a las cámaras de tve Otman Sord, prototipo de morisco elegante y educado. Era ahí y no en otro lugar, donde el reportaje de La 2 tenía que haber recurrido al "flash-back": ¿por qué fueron expulsados los moriscos ? habría sido el momento de contar la rebelión de las Alpujarras, por ejemplo. Hizo falta un ejército traído de Italia para sofocar la sublevación morisca de 1568-1571; En la insurrección llegaron a participar unos 25000 moriscos. Los insurrectos contaban con finaciación argelina y turca. Aún así, no se expulsó a los moriscos en ese momento, sino que a unos se los asentó en otros lugares y a otros se los mantuvo en sus tierras.
Fue después, al enquistarse la diferencia religiosa como problema político, cuando se decretó la expulsión. Hoy podemos juzgarlo más o menos justificable. Lo que no podemos pensar es que nuestros antepasados eran un pozo de violencia racista porque no es verdad. Si se cuenta la historia, debería contarse toda ella. Aunque sea en la TVE 2

El veto uruguayo

Texto del Veto del Presidente de Uruguay, Tabaré Vázquez, a la Ley de Despenalización del Aborto


Montevideo, 14 de noviembre de 2008


Señor Presidente de la Asamblea General:

El Poder Ejecutivo se dirige a ese Cuerpo en ejercicio de las facultades que le confiere el artículo 137 y siguientes de la Constitución de la República a los efectos de observar los Capítulos II, III y IV, artículos 7 a 20, del proyecto de ley por el que se establecen normas relacionadas con la salud sexual y reproductiva sancionado por el Poder Legislativo.

Se observan en forma total por razones de constitucionalidad y conveniencia las citadas disposiciones por los fundamentos que se exponen a continuación.

Hay consenso en que el aborto es un mal social que hay que evitar. Sin embargo, en los países en que se ha liberalizado el aborto, éstos han aumentado. En los Estados Unidos, en los primeros diez años, se triplicó, y la cifra se mantiene: la costumbre se instaló. Lo mismo sucedió en España.

La legislación no puede desconocer la realidad de la existencia de vida humana en su etapa de gestación, tal como de manera evidente lo revela la ciencia. La biología ha evolucionado mucho. Descubrimientos revolucionarios, como la fecundación in vitro y el ADN con la secuenciación del genoma humano, dejan en evidencia que desde el momento de la concepción hay allí una vida humana nueva, un nuevo ser. Tanto es así que en los modernos sistemas jurídicos -incluido el nuestro- el ADN se ha transformado en la "prueba reina" para determinar la identidad de las personas, independientemente de su edad, incluso en hipótesis de devastación, o sea cuando prácticamente ya no queda nada del ser humano, aun luego de mucho tiempo.

El verdadero grado de civilización de una nación se mide por cómo se protege a los más necesitados. Por eso se debe proteger más a los más débiles. Porque el criterio no es ya el valor del sujeto en función de los afectos que suscita en los demás, o de la utilidad que presta, sino el valor que resulta de su mera existencia.

Esta ley afecta el orden constitucional (artículos 7º, 8º, 36º, 40º, 41º, 42º, 44º, 72º y 332º) y compromisos asumidos por nuestro país en tratados internacionales, entre otros el Pacto de San José de Costa Rica, aprobado por la Ley Nº 15.737 del 8 de marzo de 1985 y la Convención Sobre los Derechos del Niño aprobada por la Ley Nº 16.137 del 28 de setiembre de 1990.

En efecto, disposiciones como el artículo 42 de nuestra Carta, que obliga expresamente a proteger a la maternidad, y el Pacto de San José de Costa Rica -convertido además en ley interna como manera de reafirmar su adhesión a la protección y vigencia de los derechos humanos- contiene disposiciones expresas, como su artículo 2º y su artículo 4º, que obligan a nuestro país a proteger la vida del ser humano desde su concepción. Además, le otorgan el estatus de persona.

Si bien una ley puede ser derogada por otra ley, no sucede lo mismo con los tratados internacionales, que no pueden ser derogados por una ley interna posterior. Si Uruguay quiere seguir una línea jurídico-política diferente a la que establece la Convención Americana de Derechos Humanos, debería denunciar la mencionada Convención (Art. 78 de la referida Convención).

Por otra parte, al regular la objeción de conciencia de manera deficiente, el proyecto aprobado genera una fuente de discriminación injusta hacia aquellos médicos que entienden que su conciencia les impide realizar abortos, y tampoco permite ejercer la libertad de conciencia de quien cambia de opinión y decide no realizarlos más.

Nuestra Constitución sólo reconoce desigualdades ante la ley cuando se fundan en los talentos y virtudes de las personas. Aquí, además, no se respeta la libertad de pensamiento de un ámbito por demás profundo e íntimo.

Este texto también afecta la libertad de empresa y de asociación, cuando impone a instituciones médicas con estatutos aprobados según nuestra legislación, y que vienen funcionando desde hace más de cien años en algún caso, a realizar abortos, contrariando expresamente sus principios fundacionales.

El proyecto, además, califica erróneamente y de manera forzada, contra el sentido común, el aborto como acto médico, desconociendo declaraciones internacionales como las de Helsinki y Tokyo, que han sido asumidas en el ámbito del Mercosur, que vienen siendo objeto de internalización expresa en nuestro país desde 1996 y que son reflejo de los principios de la medicina hipocrática que caracterizan al médico por actuar a favor de la vida y de la integridad física.

De acuerdo a la idiosincrasia de nuestro pueblo, es más adecuado buscar una solución basada en la solidaridad que permita promocionar a la mujer y a su criatura, otorgándole la libertad de poder optar por otras vías y, de esta forma, salvar a los dos.

Es menester atacar las verdaderas causas del aborto en nuestro país y que surgen de nuestra realidad socio-económica. Existe un gran número de mujeres, particularmente de los sectores más carenciados, que soportan la carga del hogar solas. Para ello, hay que rodear a la mujer desamparada de la indispensable protección solidaria, en vez de facilitarle el aborto.

El Poder Ejecutivo saluda a ese Cuerpo con su mayor consideración,

Dr. Tabaré Vázquez

Presidente de la República

22 de Noviembre, Festividad de Santa Cecilia, Vírgen y Mártir


Durante más de mil años, Santa Cecilia ha sido una de las mártires de la primitiva Iglesia más veneradas por los cristianos. Su nombre figura en el canon de la misa.

Las "actas" de la santa afirman que pertenecía a una familia patricia de Roma y que fue educada en el, cristianismo. Solía llevar un vestido de tela muy áspera bajo la túnica propia de su dignidad, ayunaba varios días por semana y había consagrado a Dios su virginidad.

Pero su padre, que veía las cosas de un modo diferente, la casó con un joven patricio llamado Valeriano. El día de la celebración del matrimonio, en tanto que los músicos tocaban y los invitados se divertían, Cecilia se sentó en un rincón a cantar a Dios en su corazón y a pedirle que la ayudase.

Cuando los jóvenes esposos se retiraron a sus habitaciones, Cecilia, armada de todo su valor, dijo dulcemente a su esposo: "Tengo que comunicarte un secreto. Has de saber que un ángel del Señor vela por mí. Si me tocas como si fuera yo tu esposa, el ángel se enfurecerá y tú sufrirás las consecuencias; en cambio si me respetas, el ángel te amará como me ama a mí." Valeriano replicó: "Muéstramelo. Si es realmente un ángel de Dios, haré lo que me pides." Cecilia le dijo: "Si crees en el Dios vivo y verdadero y recibes el agua del bautismo verás al ángel."

Valeriano accedió y fue a buscar al obispo Urbano, quien se hallaba entre los pobres, cerca de la tercera mojonera de la Vía Apia. Urbano le acogió con gran gozo. Entonces se acercó un anciano que llevaba un documento en el que estaban escritas las siguientes palabras: "Un solo Señor, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está por encima de todo y en nuestros corazones." Urbano preguntó a Valeriano: "¿Crees esto?" Valeriano respondió que sí y Urbano le confirió el bautismo.

Cuando Valeriano regresó a donde estaba Cecilia, vio a un ángel de pie junto a ella. El ángel colocó sobre la cabeza de ambos una guirnalda de rosas y lirios. Poco después llegó Tiburcio, el hermano de Valeriano y los jóvenes esposos le ofrecieron una corona inmortal si renunciaba a los falsos dioses. Tiburcio se mostró incrédulo al principio y preguntó: " ¿Quién ha vuelto de más allá de la tumba a hablarnos de esa otra vida?" Cecilia le habló largamente de Jesús. Tiburcio recibió el bautismo, y al punto vio muchas maravillas.

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Misioneros


por Juan Manuel de Prada


A mi colegio de monjas de la congregación del Amor de Dios iba, de vez en cuando, a visitarnos alguna misionera recién llegada de Nigeria o Mozambique. Eran mujeres que habían entregado su juventud a Dios y que, después de profesar, habían solicitado voluntariamente un traslado a aquellas regiones fustigadas por el hambre y la pólvora y las epidemias más feroces, para inmolarse en una tarea callada. Eran mujeres enjutas, prematuramente encanecidas, calcinadas por un sol impío que había agostado los últimos vestigios de su belleza, y sin embargo risueñas, como alumbradas por unas convicciones indómitas.

Habían renunciado a las ventajas de una vida regalada, habían renunciado al regazo protector de la familia y la congregación para agotarse en una labor tan numerosa como las arenas del desierto. Entregaban su vida fértil en la salvación de otras vidas con un denuedo que parecía incongruente con la fragilidad de sus cuerpecillos entecos, reducidos casi a la osamenta. Con cuatro duros y toneladas de entusiasmo, habían puesto en marcha comedores y hospitales y escuelas, habían repartido medicinas y viandas y consuelo espiritual, habían enseñado a los indígenas a labrar la tierra y a cocer el pan. También habían velado la agonía de muchos niños famélicos, habían apaciguado el dolor de muchos leprosos besando sus llagas, habían sentido la amenaza de un fusil encañonando su frente. ¿De dónde sacaban fuerzas para tanto?

«Un día descubrí que Dios no era invisible --recuerdo que me contestó una de aquellas misioneras--. Su rostro asomaba en el rostro de cada hombre que sufre». Este descubrimiento las había obligado a rectificar su destino: «Si no atendía esa llamada, no merecía la pena seguir viviendo». Y así se fueron al África o a cualquier otro arrabal del atlas, con el petate mínimo e inabarcable de sus esperanzas, dispuestas a contemplar el rostro multiforme de Dios. A veces tardaban años en volver, tantos que, cuando lo hacían, sus rasgos resultaban irreconocibles incluso para sus familiares; luego, tras una breve visita, regresaban a la misión, para seguir repartiendo el viático de su sonrisa, la eucaristía de sus desvelos. Y así, en un ejercicio de caridad insomne, iban extenuando sus últimas reservas físicas, hasta que la muerte las sorprendía ligeras de equipaje, para llevarse tan sólo su envoltura carnal, porque su alma acérrima y abnegada se quedaba para siempre entre aquellos a quienes habían entregado su coraje. Algunas, antes de dimitir voluntariamente de la vida, eran despedazadas por las epidemias que trataban de sofocar, o fusiladas por una partida de guerrilleros incontrolados.

Si los periódicos dedicasen la misma atención a la epopeya anónima y cotidiana de los misioneros que a este escándalo tan sórdido de abusos y violaciones y embarazos y abortos, no quedaría papel en el mundo. Repartidos por los parajes más agrestes u hostiles del mapa, una legión de hombres y mujeres de apariencia humanísima y espíritu sobrehumano contemplan cada día el rostro de Dios en los rostros acribillados de moscas de los moribundos, en los rostros tumefactos de los enfermos, en los rostros llagados de los hambrientos, en los rostros casi transparentes de quienes viven sin fe ni esperanza. Son hombres y mujeres como aquellas monjas que iban a visitarme a mi colegio, enjutos y prematuramente encanecidos, en cuyos cuerpecillos entecos anida una fuerza sobrenatural, un incendio de benditas pasiones que mantiene la temperatura del universo. Un día descubrieron que Dios no era invisible, que su rostro se copia y multiplica en el rostro de sus criaturas dolientes, y decidieron sacrificar su vida en la salvación de otras vidas, decidieron ofrendar su vocación en los altares de la humanidad desahuciada. Que nos cuenten su epopeya silenciosa y cotidiana, que divulguen su peripecia incalculablemente hermosa, a ver si hay papel suficiente en el mundo.

21 de noviembre de 2008

Algo de buena poesía


AMOR CONSTANTE MÁS ALLÁ DE LA MUERTE

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra, que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora, a su afán ansioso linsojera;

mas no de esotra parte en la ribera
dejará la memoria en donde ardía;
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa;

Alma a quien todo un Dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
médulas que han gloriosamente ardido,

su cuerpo dejarán, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrán sentido.
Polvo serán, mas polvo enamorado.


ENSEÑA CÓMO TODAS LAS COSAS AVISAN DE LA MUERTE

Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
de la carrera de la edad cansados,
por quien caduca ya su valentía.

Salíme al campo, vi que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados;
y del monte quejosos los ganados,
que con sombras hurtó la luz al día.

Entré en mi casa: vi que amancillada
de anciana habitación era despojos;
mi báculo más corvo, y menos fuerte.

Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en qué poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.

Leyendas negras de ayer, hoy y mañana


por Alejandro Rodríguez de la Peña


Tomado de Interrogantes.net

Cuando se aborda la historia de la Iglesia Católica, tarde o temprano nos encontraremos con el fenómeno historiográfico que se ha dado en llamar leyenda negra. Ésta consiste en una labor de propaganda, de desinformación, que, a través de la presentación tendenciosa de los hechos históricos, bajo la apariencia de objetividad y de rigor histórico o científico, procura crear una opinión pública, bien anticlerical, bien anticatólica. Por eso se aparta de lo que podría aceptarse como una simple crítica, una denuncia honesta y rigurosa de los errores cometidos por los miembros de la Iglesia, dando en cambio una imagen voluntariamente distorsionada del pasado de la Iglesia, para convertirla en una descalificación global de una misión milenaria, tanto antes como, sobre todo, en la actualidad.

La leyenda negra de la Iglesia no es un asunto baladí que deba ser objeto de preocupación sólo para los historiadores. Lo cierto es que todos los católicos nos jugamos mucho en la lucha contra sus manipulaciones. Y es que la descalificación global de esta institución religiosa a largo de toda su historia compromete seriamente ante la opinión pública su legitimidad social y moral de cara al futuro. Un fenómeno reciente como la polvareda social levantada por la novela El Código Da Vinci resulta ser un magnífico ejemplo del peligro que la manipulación de la historia de la Iglesia entraña para su acción pastoral actual.


Los ataques, desde antiguo

En realidad, los ataques demagógicos y panfletarios contra el pasado y el presente de la Iglesia datan de muy antiguo. En efecto, podemos encontrar diatribas furibundas contra el cristianismo católico por parte de autores paganos grecorromanos (Celso, Zósimo, Juliano el Apóstata…), de los diferentes heresiarcas medievales y de los polemistas judíos y musulmanes. Pero la polémica anticatólica se acentuó y cobró una especial virulencia en la segunda mitad del siglo XVI, cuando las discusiones entre católicos y protestantes invadieron también el campo historiográfico y literario, surgiendo entonces todo un modelo de difamación sistemática de la Iglesia.

Más en concreto, encontramos el origen del discurso anticatólico actual en la llamada leyenda negra, un conjunto de acusaciones contra la Iglesia y la monarquía hispánica que se generó y se desarrolló en Inglaterra y Holanda, en el curso de la lucha entre Felipe II y los protestantes.

El anticatolicismo llegó a ser, con el tiempo, parte integral de la cultura inglesa, holandesa o escandinava. Escritores y libelistas se esforzaron por inventar mil ejemplos de la vileza y perfidia papista, y difundieron por Europa la idea de que la Iglesia católica era la sede del Anticristo, de la ignorancia y del fanatismo. Tal idea se generalizó en el siglo XVIII, a lo largo y ancho de la Europa iluminista y petulante de la Ilustración, señalando a la Iglesia como causa principal de la degradación cultural de los países que habían permanecido católicos.

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El Pensamiento de la Revolución Nacional (6)



por D. Antonio de Oliveira Salazar




CAPITULO V

Elogio de las virtudes militares





Con ocasión de la brillante ceremonia de la impo­sición de las insignias de la Gran Cruz de Cristo al entonces Gobernador Militar de Lisboa, general Daniel de Sousa, leyó el Dr. Oliveira Salazar uno de sus más bellos discursos. La importancia y la significación de sus palabras son tanto mayores cuanto que se dirige a la colectividad militar, autora del movimiento de 23 de Mayo y apoyo fundamental del Gobierno, sobre todo en los primeros tiempos. El acto tuvo lugar el 30 de Diciembre de 1930 en el Cuartel General del Gobierno Militar de Lisboa.

Aprovechando la oportunidad de la fiesta de hoy, voy a ocupar vuestra atención unos minu­tos con una sencilla charla sobre vosotros mis­mos, es decir, sobre la función, el ideal y las virtudes militares.

Es casi escandalosa esta osadía por mi parte, por parte de un hombre civil, de un profesor, desconocedor por completo de los reglamentos, de la vida y de la historia militar, y conocedor, ¡ay de mi! de algo referente a los respectivos gastos. Pero el ignorante da algunas veces in­formes al sabio, y un extraño ve claro lo que el familiar no consigue descubrir. No afirmo que sea ese el caso de ahora, pero cada uno de vo­sotros es libre de quedarse con lo que crea ra­zonable, despreciando lo que no le convenga o se le figure que es simple fruto de mi ignorancia. Acontece muchas veces que la gente se en­gaña al tomar un rumbo en la vida y se siente después encadenada a una actividad que no encaja en sus aficiones y a exigencias que no son las que puede satisfacer.

Deben de ser muy raras las personas aptas o preparadas para todo, y se concibe que cada género de vida exija cierta inclinación (1), como dice el pueblo, vocación según dicen los intelectuales; en el fondo, las cualidades indispensables para el ejercicio de una función, la íntima armonía entre la forma­ción de nuestro espíritu y el espíritu de nues­tra profesión.

La vida no es un juego, pero tampoco tiene por qué ser la carga que muchos llevan, encor­vados bajo un peso superior a sus fuerzas, escla­vizados a un destino que no comprenden. Es, debe ser una cosa seria: para ello ha de tener un contenido, ha de ser la realización más per fecta posible de un determinado ideal. En este sentido, cada vida deja de ser tiempo que pasa, para ser obra que queda. Estamos atravesando una época en que la mayor parte de la gente no quiero parecer lo que es, sino que ambiciona confundirse con la multitud anónima, igualitaria e inexpresiva.
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21 de Noviembre, Festividad de la Presentación de la Santísima Virgen


Sea punto de partida, en el estudio de los temas Marianos Presentacionistas que nos hemos propuesto, la Fiesta de la Presentación de María en el Templo. Así inauguramos el largo camino a recorrer.
Innumerables son las fiestas con que la Iglesia honra a la Santísima Virgen durante el año. Y entre las pocas que se celebran en la Iglesia universal, háyanse la de la Presentación en el Templo, con rito de doble mayor. La Presentación es una de las cuatro fiestas que la Iglesia Romana tomó de la Oriental en honor de la Virgen María. Estas cuatro fiestas son la Anunciación, la Natividad, la Presentación y la Asunción. Desde muy antiguo empezó a celebrarse en Oriente la fiesta de la Presentación de María, al menos desde el siglo VII.
De Oriente pasó a Occidente, introducida por el Papa Gregorio XI en la Curia Romana de Aviñón el año 1372.
Tanto en la Iglesia Oriental como en la Occidental celebrábase dicha fiesta con extraordinaria solemnidad, ferviente devoción y gran concurso de pueblo.
Es cierto, que en la reforma del breviario, llevada a cabo por el Papa San Pío V, fue suprimida, como muchas otras, la fiesta de la Presentación. Pero años después quedó restablecida en el Año Litúrgico por disposición del Papa Sixto V.
Después de ser repuesta esta Fiesta, celebróse con mayor esplendor que antes, sin que haya habido ya más interrupción en la misma.
La Iglesia de Roma solemniza la Presentación de María al Templo el 21 de Noviembre, día en que, según se cree, fue presentada la Virgen.
Ha de concederse mucha importancia a la Fiesta de la Presentación de María.
Primero por ser una de las pocas que se celebran en la iglesia universal a honra de nuestra Señora.
Después por tratarse de una de las más antiguas Fiestas Marianas, como hemos dicho.
Además porque muchos Santos Padres consideran la Fiesta de la Presentación de María como el preludio de todas las fiestas religiosas, Lo cual merece ser ponderado y tenido muy en cuenta.
Pero sobre todo es importante la Fiesta de la Presentación de María, porque con ello la Iglesia Católica reconoce prácticamente la antiquísima tradición de la Presentación de María al Templo.
Autorizando la Fiesta, la Iglesia garantiza y corrobora la común persuasión de que la Virgen María, en sus más tiernos años, fue presentada en el Templo de Jerusalén y dedicada al servicio del mismo y a Jehová.
No existiendo vestigio alguno en el Evangelio sobre el hecho de la Presentación de María. Es de suma importancia que la Iglesia Católica conmemore anualmente tal hecho el 21 de Noviembre.
Pues viene a ser esta Fiesta un como refrendo y formalización de la tradición cristiana, por la que conocemos la Presentación de María.

20 de noviembre de 2008

20 de Noviembre, Día de la Soberanía Nacional


20 de Noviembre de 1845, Combate de la Vuelta de Obligado.
(¡qué diferencia con las "arengas" actuales!!)


Arenga del General Lucio Mansilla, antes de entablar combate, en la Vuelta de Obligado

“¡Valientes soldados federales, defensores denodados de la Independencia de la República y de la América!; ahí vienen nuestros enemigos, sostenidos por los codiciosos marinos de Francia e Inglaterra, navegando las aguas del gran Paraná, sobre cuyas costas estamos para privar su navegación bajo de otra bandera que no sea la Nacional... ¡Vedlos camaradas, allí los tenéis!... Considerad el tamaño del insulto que vienen haciendo a la soberanía de nuestra Patria, al navegar un río que corre por el territorio de nuestra República, sin más título que la fuerza con que se creen poderosos. ¡Pero se engañan esos miserables: aquí no lo serán! ¿No es verdad camaradas? ¡Vamos a probarlo! Tremole en el río Paraná y en sus costas el pabellón azul y blanco, y muramos todos antes de verlo bajar de donde flamea.”

Muchos de los que escucharon esta arenga no regresaron a su casa. Murieron defendiendo a su patria con un concepto muy claro y muy básico de “soberanía”: que el invasor vuelva a su lugar, porque esta tierra es nuestra y de nuestros descendientes.
El notable espíritu de resistencia manifestado en Vuelta de Obligado terminó de ratificar nuestra condición de nación libre e independiente, por cuanto aun quienes no simpatizaban con Rosas cayeron en la cuenta de que dejarse conquistar por fuerzas extranjeras no era una salida, y que el pueblo no iba a dejar que ello ocurriera.

El propósito de esta conmemoración, es contribuir a fortalecer el espíritu nacional de los argentinos, y recordar que la Patria se hizo con coraje y heroísmo.

La serena muerte de un (gran) político católico


Hoy, 20 de Noviembre, se cumplen 72 años del fusilamiento de

José Antonio Primo de Rivera

( + R.I.P.)


"Testamento que redacta y otorga José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia, de treinta y tres años, soltero, abogado, natural y vecino de Madrid, hijo de Miguel y Casilda (que en paz descansen), en la Prisión Provincial de Alicante, a dieciocho de noviembre de mil novecientos treinta y seis.

Condenado ayer a muerte, pido a Dios que si todavía no me exime de llegar a ese trance, me conserve hasta el fin la decorosa conformidad con que lo preveo y, al juzgar mi alma, no le aplique la medida de mis merecimientos, sino la de su infinita misericordia.

Me acomete el escrúpulo de si será vanidad y exceso de apego a las cosas de la tierra el querer dejar en esta coyuntura cuentas sobre algunos de mis actos; pero como, por otra parte, he arrastrado la fe de muchos camaradas míos en medida muy superior a mi propio valer (demasiado bien conocido de mí, hasta el punto de dictarme esta frase con la más sencilla y contrita sinceridad), y como incluso he movido a innumerables de ellos a arrostrar riesgos y responsabilidades enormes, me parecía desconsiderada ingratitud alejarme de todos sin ningún género de explicación.

No es menester que repita ahora lo que tantas veces he dicho y escrito acerca de lo que los fundadores de Falange Española intentábamos que fuese. Me asombra que, aun después de tres años, la inmensa mayoría de nuestros compatriotas persistan en juzgarnos sin haber empezado ni por asomo a entendernos y hasta sin haber procurado ni aceptado la más mínima información. Si la Falange se consolida en cosa duradera, espero que todos perciban el dolor de que se haya vertido tanta sangre por no habérsenos abierto una brecha de serena atención entre la saña de un lado y la antipatía de otro. Que esa sangre vertida me perdone la parte que he tenido en provocarla, y que los camaradas que me precedieron en el sacrificio me acojan como el último de ellos.

Ayer, por última vez, expliqué al Tribunal que me juzgaba lo que es la Falange. Como en tantas ocasiones, repasé, aduje los viejos textos de nuestra doctrina familiar. Una vez más, observé que muchísimas caras, al principio hostiles, se iluminaban, primero con el asombro y luego con la simpatía. En sus rasgos me parecía leer esta frase: "¡Si hubiésemos sabido que era esto, no estaríamos aquí!" Y, ciertamente, ni hubiéramos estado allí, ni yo ante un Tribunal popular, ni otros matándose por los campos de España. No era ya, sin embargo, la hora de evitar esto, y yo me limité a retribuir la lealtad y la valentía de mis entrañables camaradas, ganando para ellos la atención respetuosa de sus enemigos.

A esto tendí, y no a granjearme con gallardía de oropel la póstuma reputación de héroe. No me hice responsable de todo ni me ajusté a ninguna otra variante del patrón romántico. Me defendí con los mejores recursos de mi oficio de abogado, tan profundamente querido y cultivado con tanta asiduidad. Quizá no falten comentadores póstumos que me afeen no haber preferido la fanfarronada. Allá cada cual. Para mí, aparte de no ser primer actor en cuanto ocurre, hubiera sido monstruoso y falso entregar sin defensa una vida que aún pudiera ser útil y que no me concedió Dios para que la quemara en holocausto a la vanidad como un castillo de fuegos artificiales. Además, que ni hubiera descendido a ningún ardid reprochable ni a nadie comprometía con mi defensa, y sí, en cambio, cooperaba a la de mis hermanos Margot y Miguel, procesados conmigo y amenazados de penas gravísimas. Pero como el deber de defensa me aconsejó, no sólo ciertos silencios, sino ciertas acusaciones fundadas en sospechas de habérseme aislado adrede en medio una región que a tal fin se mantuvo sumisa, declaro que esa sospecha no está, ni mucho menos, comprobada por mí, y que sí pudo sinceramente alimentarla en mi espíritu la avidez de explicaciones exasperada por la soledad, ahora, ante la muerte, no puede ni debe ser mantenida.

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Para leer el artículo completo haga click sobre la imagen de ese arquetipo de católico y político, que fue José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia, Marqués de Estella.

El último gran patriota


Hoy se cumplen 33 años de la muerte del Caudillo
(R.I.P.)

por José Lois Estévez

Tomado de Razón Española

Enviado por María Luz López Pérez (a quien agradecemos públicamente su envío)


0. Nunca fui beneficiario del franquismo. Más bien lo contrario. Mantuve con él profundas discrepancias en cuanto a la concepción de la política; sobre todo en materia de educación. Pero esto no me ha impedido nunca reconocer sus méritos. Es lo que trataré de hacer también ahora: Justicia.


1. Durante las vacaciones escolares de mi tercer curso de bachillerato me sorprendió la noticia del Alzamiento nacional. Venía estudiando en Portugal con los jesuitas, en Entre-os-Ríos, en la confluencia de Támega y Duero, y en Curía, en hoteles improvisados como colegios, tras su injusta expulsión de España, consiguiente a un precepto constitucional totalmente arbitrario. En aquellos momentos, como tantos otros españoles, me solidaricé con los militares sublevados. Recuerdo haber escrito un breve poema, que expresaba mi admiración al Caudillo. Podría evocar aún algunos versos:


España fue grande, imperial,
laureles de glorias pasada

ciñen las espadas
que han hecho a la Patria inmortal.
Espadas heroicas que encarnan la gloria española
fueron profanadas;
mas ya Franco arbola
las viejas espadas.


No me quedé solo en aquel arranque entusiasta: Eramos muchos los que, horrorizados del sectarismo republicano (2), nos expresábamos así. Porque nadie podrá negar con verdad la existencia entonces de dos Españas: una que atacaba desde el poder y otra que padeciendo la más inicua de las agresiones, depositaba su esperanza en un Movimiento militar que pusiera fin a semejante caos. En octubre de 1939 José Montero Alonso publicaba el Cancionero de la guerra, un florilegio en donde recogía poemas -muy desiguales en calidad- de una treintena de escritores. Claro que no están todos los que son. Recurriendo a la memoria, podría añadir muchos otros poemas a Franco. Voy a contentarme con uno de Victoriano Rivas, que comenzaba con cuatro versos impresionantes:


Las manos de la historia te sostienen la pluma.
El futuro se exalta, porque no pudo verte.
Y el presente te aprieta con caricia y te abruma
Con una pena incrédula de perderte.

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Convivir con el abismo

Editorial del Cruzado

Cuando observé por primera vez esta fotografía(i) sentí una fuertísima impresión. Fue tomada en el piso 69 del Rockefeller Center , en 1932, por Charles C. Ebbets y se llama “Almuerzo en la cima de un rascacielos”. Lo primero que impresiona es la sensación de altura, casi 70 pisos! Llama la atención lo expuestos que están estos hombres a un desenlace fatal: un movimiento en falso, una ráfaga de viento, una pequeña distracción y se enfrentarían inevitablemente a la muerte. Pero ellos están muy tranquillos. Parecen haber perdido la noción del gran peligro. El cuadro desafía el sentido común al presentar un binomio bizarro: sumo peligro, suma despreocupación.

De hecho, a nadie parece preocuparle la situación de extremo peligro en la que están. Es más, todo parece transcurrir normalmente; es como un día más en las vidas de cada uno. Uno le enciende un cigarrillo al compañero, el otro colega conversa con su amigo a la derecha y hasta gira el torso para poder conversar más cómodo. Otro lee un periódico. Distensión, relajo, normalidad, calma. Casi todos conversan, todos disfrutan de una hora de almuerzo tranquila y amena… al borde del precipicio.

Nadie puede negar que este grupo de operarios se acostumbró a vivir “al filo”, a observar el peligro de muerte y la tragedia sin tener la reacción natural del instinto de conservación. Sonriendo, leyendo, fumando. Viven en la delgada línea que divide el terreno de las posibilidades hipotéticas más atroces y la realidad dulcemente plácida… al borde del precipicio.

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20 de Noviembre, Festividad de San Félix de Valois, Fundador


Nació en 1127; murió en Cerfroi el 4 de Noviembre de 1212. Su conmemoración es el 20 de Noviembre. Se apellidaba Valois porque, según algunos, era miembro de la rama real de los Valois en Francia, según otros, porque era nativo de la provincia de Valois. A temprana edad renunció a sus posesiones y se retiró a un denso bosque en la Diócesis de Meaux, donde se entregó a la oración y la contemplación. En su retiro fue acompañado por San Juan de Matha, quien le propuso el proyecto de fundar una orden para el rescate de los cautivos. Después de ferviente oración, Félix en compañía de John partió para Roma y llegó al comienzo del pontificado de Inocencio III. Levaban cartas de recomendación del Obispo de París, y el nuevo papa los recibió con la mayor benevolencia y los hospedó en su palacio. El proyecto de fundar la orden fue considerado en varios cónclaves solemnes de cardenales y prelados, y el papa, después de ferviente oración decidió que estos hombres santos fueron inspirados por Dios, y erigidos para el bien de la Iglesia. Solemnemente confirmó su orden, a la que llamó Orden de la Santísima Trinidad para la Redención de los Cautivos. El papa comisionó al Obispo de París y al Abad de San Víctor para redactar una regla para la institución, la cual fue confirmada por el papa, el 17 de Diciembre de 1198. Félix regresó a Francia para establecer la orden. Fue recibido con gran entusiasmo, y el Rey Felipe Augusto autorizó el instituto en Francia y lo patrocinó con notables beneficios. Margarita de Blois regaló a la orden veinte acres del bosque donde Félix había construido su primera ermita; y casi en el mismo sitio erigió el famoso monasterio de Cerfroi, la casa matriz de la institución. En el lapso de cuarenta años la orden poseía seiscientos monasterios en casi todas partes del mundo. San Félix y San John de Matha fueron obligados a partir, el último fue a Roma a fundar una casa de la orden, la iglesia de la cual, Santa María in Navicella, permanece todavía en la Colina Caeclian. San Félix permaneció en Francia para ocuparse de los intereses de la congregación. Fundó una casa en París adjunta a la iglesia de San Maturino, que más adelante llegó a ser famosa bajo la dirección de Robert Gaugin, maestro general de la orden. Si bien la Bula de su canonización ya no existe, es una tradición constante de su institución que él fue canonizado por Urbano IV en 1262. Du Plessis nos dice que su fiesta se guardaba en la Diócesis de Meaux en 1215. En 1666 Alejandro VII lo declaró santo debido a su culto inmemorial. Su fiesta fue trasladada al 20 de Noviembre por Inocencio XI en 1679.

19 de noviembre de 2008

El Papa San Pío X: Memorias (12)


por S.E.R. Cardenal Rafael Merry del Val




Capítulo XI


Su Caridad


Hacia finales de año, no más tarde, que yo recuerde, de la fiesta de la Epifanía, el Santo Padre gustaba de revisar sus cuentas particulares, que me mostraba en estas ocasiones con evidente placer- "Presentiamo i! hilando al segretario di Stato per il controllo" (Presentemos el balance al secretario de Estado para su comprobación), solía decir con una sonrisa de satisfacción. Llevaba un libro del tamaño de un cuaderno grueso, don­de en una y otra página anotaba día por día toda cantidad recibida, grande o pequeña y toda suma gastada.

Las limos­nas para Misas que le llegaban de todas partes del mundo recibían entrada aparte en un cuaderno especial, y llevaba este registro con particular cuidado. "No quiero ir al Purgato­rio por descuidar la cuestión de las Misas", era una de sus observaciones habituales a este respecto. Pero todas las partidas restantes eran anotadas en el primer libro ya ndicado, y, al terminar el año, restaba escrupulosa­mente del total de donativos los fondos destinados a atencio­nes especiales. Nada era capaz de inducirle a diferir la distri­bución o modificar la consignación de donativos de carácter específico, y censuraba severamente la costumbre, muy ex­tendida entre los administradores, de emplear cantidades recibidas para un fin determinado en hacer frente a otras nece­sidades urgentes o en prestar una ayuda transitoria a empre­sas distintas de las indicadas por los donantes, bajo el pretex­to de que el importe retirado provisionalmente habría de ser repuesto más tarde sin perjudicar a los interesados.

Recuerdo cómo después del horrible terremoto de Messina y Reggio Calabria, cuando a manos del Santo Padre habían llegado grandes sumas para la reconstrucción de iglesias y escuelas, así como para aliviar a las desgraciadas víctimas de la tremenda catástrofe, no pocas personas piadosas le insta­ron a que destinara parte de los fondos de Messina para otras obras de celo, más o menos relacionadas con Sicilia o Calabria. El Papa, invariablemente, denegaba estas peticiones. "Ni un céntimo —decía— de lo que los fieles me han entregado para las víctimas de los terremotos será invertido en otra obra, por digna que sea de interés. Han confiado en mí, y yo soy res­ponsable ante ellos."

Estos fondos, que alcanzaban la cifra de seis millones de francos, fueron administrados y distribuidos por él mismo en persona. El balance anejo a la cuenta general, publicada en la prensa, de todo lo invertido en Calabria, fue obra suya per­sonal, y dejó atónito al jefe de Contabilidad del Vaticano por la rapidez y exactitud con que revisó listas interminables de cifras, verificando los cálculos necesarios para separar las dis­tintas sumas destinadas a finalidades diversas. Terminado su informe económico, recuerdo que pronunció las siguientes palabras: "Estoy pensando si quizá no será éste el último ba­lance que hagamos abarcando tantos millones generosamen­te donados por el mundo entero para alivio de las provincias atacadas." Desgraciadamente no se equivocó.

Pío X no se detuvo jamás a considerar lo invertido en cari­dades, y daba incesantemente; su impulso era el de otorgar siempre cuanto poseía. Pero para sí mismo obraba de modo totalmente opuesto y exigía la economía más estricta. El día de su elevación al Pontificado o la mañana siguiente, un jo­yero se había apresurado a brindarle una valiosa cruz pectoral con su cadena, con la esperanza de que fuera adquirida por Su Santidad. El Santo Padre la usó varios días, simplemente por el he­cho de que la vio entre sus nuevos ornamentos y vestiduras, que suponía tendría que adoptar en adelante, y en la idea de que la magnífica cruz y cadena pertenecían al tesoro papal. Tres semanas más tarde fue presentada al cobro una factura por valor de más de tres mil francos. "¡Ah, no! —exclamó inmediatamente Pío X, moviendo lentamente la cabeza—. ¿No pensaréis, supongo, que estoy dispuesto a invertir todo ese dinero en una cruz para mí? Aquí la tenéis; dad las gracias a ese hombre y devolvédsela en seguida. Con seguridad que habrá cruces de sobra que pertenecieran al Papa anterior, y, en todo caso, estaré muy satisfecho con la que yo traje de Venecia." Ai decir esto, se quitó la cruz que llevaba puesta para que fuera devuelva al joyero. Aun para cosas que atañían a su conveniencia personal, e incluso cuando su salud se hallaba interesada, tropezábamos con una gran dificultad para que nos autorizara a hacer algún gasto. Su consejero médico, el doctor Marchiafava, insistía constantemente en la necesidad de que saliera a menudo a respirar aire puro; nunca cesaba de lamentarse de no dispo­ner el palacio de otro acceso a los jardines del Vaticano que a través de las interminables y frías galerías que rodeaban el Belvedere y la biblioteca, por las que el Santo Padre se vería obligado a pasar, tanto al salir como al entrar, por lo general, en medio del polvo nevitablemente levantado por la multi­tud de curiosos que se agolpaba para verle. La necesidad de un paso especial a los jardines había sido siempre sentida por su predecesor, León XIII, aunque para éste el inconveniente era menor, ya que acostumbraba utili­zar una si la de manos. Pero Pío X se oponía tenazmente a ser transportado en esta forma, entre otras razones, porque el movimiento le producía un poco de mareo. Tras detenida reflexión y laborioso estudio, nuestro arqui­tecto resolvió al fin el problema, formulando una propuesta para abrir un túnel que pusiera en comunicación el Cortile del Belvedere con los jardines. De este modo, el Papa podría dirigirse fácilmente a éstos directamente desde su ascensor privado o desde la gran escalinata del palacio.

Ninguno de mis argumentos, sin embargo, logró persuadir a Su Santidad para que autorizase este gasto, que, a su juicio, redundaría únicamente en su comodidad personal Conseguí, por último, su consentimiento, asegurándole que el túnel sería construido con fondos que yo me comprometía a reunir, solicitándolos de personas amigas, las cuales sabía positivamente que contribuirían con gusto y hasta con orgu­llo a esta mejora del Vaticano, en especial si les hacía ver el servicio que con ello rendían a Pío X y a sus sucesores. Así se hizo.

Herejes (15)


por Gilbert K. Chesterton


De los novelistas esnobs y de los esnob




En un sentido al menos, resulta más útil leer mala literatura que buena literatura. La buena literatura puede hablarnos de la mente de un hombre. Pero la mala nos habla de la de muchos hombres. Una buena novela nos cuenta la verdad de su héroe; pero una mala novela nos cuenta la verdad de su autor. Y mucho más que eso, nos cuenta la verdad de sus lectores. Además, por curioso que parezca, nos dice más cosas cuanto más cínico e inmoral sea el motivo de su creación. Cuanto más insincero es un libro en tanto que libro, más sincero resulta en tanto que documento público.
Una novela sincera muestra la simplicidad de un hombre concreto; una novela insincera muestra la simplicidad de toda la humanidad. Las decisiones pedantes y los ajustes definibles de los hombres pueden hallarse en papiros, en libros fundacionales y en escrituras; pero las ideas básicas y las energías eternas deben buscarse en las infames novelitas de a un penique. Así, un hombre, como muchos hombres de auténtica cultura de nuestro tiempo, puede no aprender nada en la buena literatura más allá del poder de apreciar la buena literatura. Pero de la mala literatura puede aprender a gobernar imperios y a recorrer el mapa de la humanidad.
Existe un ejemplo bastante interesante de este estado de cosas en el que la literatura más floja es la más fuerte, y la más fuerte la más floja. Se trata del caso de lo que puede llamarse, en una descripción aproximada, la literatura de la aristocracia; o, si lo prefieren, la literatura del esnobismo. Si alguien desea encontrar una defensa eficaz, exhaustiva y permanente de la aristocracia, expresada correcta y sinceramente, que no lea a los filósofos conservadores, ni siquiera a Nietzsche; que lea las novelitas de Bow Bells. Sobre el caso de Nietzsche, confieso que albergo más dudas. Nietzsche y esas novelitas poseen, obviamente, el mismo carácter fundamental.

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La Sábana Santa, imagen de Cristo muerto (4)



por el R.P. Raimondo Sorgia, O.P.



4. La calle que lleva a la colina


Al alba, sin que el imputado haya tenido ni un sólo momento de tregua, segundo juicio. Ante el Sanedrín, las formalidades y humillaciones se hacen más refinadas. Después comienza el juicio último, esta vez en el Pretorio, en cuya sede se sienta un alto magistrado romano.
A Pilatos, claro está, no le importa gran cosa el asunto de este extraño individuo. Al menos en principio, habiendo visto tanta gentuza: casi cada día, desde hace años, han desfilado delante de él hombres a quienes juzgar, y a los que casi nunca ha podido absolver. Acusados con las etiquetas más variadas: el delincuente común, el ladronzuelo ocasional, el ingenuo que se ha dejado engañar y se ha pasado al bando equivocado, el idealista, el ladrón profesional, el terrorista, el sicario, el anárquico, el enfermo mental, el agitador político, el hombre embrutecido por el vicio o la miseria material. Juzgarles, condenarles, hacerles golpear o azotar, matarles... son asuntos administrativos corrientes para el gobernador Poncio Pilatos, igual que para cualquiera de sus colegas.
Pero este hombre –Pilatos se ve obligado a repetírselo a sí mismo en voz baja–, este hombre es diferente de todos los otros que ha conocido. Es cierto que no es fácil reflexionar, ponderar con calma la situación de este imputado, con una serie de acusaciones que no se tienen en pie, y menos teniendo enfrente aquella gente que grita bajo las ventanas del pretorio. Aún se le hace más difícil porque su mujer le ha mandado un recado: «intenta no condenar a este hombre inocente, ya que esta noche he sufrido mucho en sueños por su causa».¿Quién puede ser? ¿Y si en verdad tiene el favor de los dioses? Miedo supersticioso. Se estremece al recordar otro sueño tristemente célebre: el de Calpurnia, que en la mañana de los Idus de marzo había aconsejado al César no ir al Senado; en sueños lo había visto chorreando sangre. Siente miedo al evidente chantaje por parte de los representantes del pueblo, si se atreve a desafiarlos. Podría tener que volver a Roma escoltado para acabar, como ahora este hombre, en el banquillo de los acusados y después quién sabe.
Puede que haya todavía una escapatoria. Al saber que Jesús proviene del territorio gobernado por Herodes, Pilatos ordena que sea llevado ante él. Pero Herodes se cansa pronto de este hombre que no le divierte, como había esperado. Hace que le revistan, para burlarse de él, con una túnica principesca –¿no dice que es un rey en el exilio, el aspirante al trono de un misterioso reino?– y se desembaraza rápidamente de él, reenviándolo, desilusionado, a Pilatos.
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19 de Noviembre, Festividad de Santa Isabel de Hungría, Reina y Viuda


Sobre la dura corteza espiritual de la Edad Media, hendida por la gracia de Dios, brotó una de las flores más delicadas de la Cristiandad: Santa Isabel de Hungría. Nació en el año 1207 en uno de los castillos -Saróspatak o Posonio- de su padre, Andrés II, rey de Hungría, que la hubo de su primera mujer, Gertrudis, hija de Bertoldo IV, el cual llevaba en sus venas sangre de Bela I, también rey de Hungría, por lo que la princesita Isabel vino a ser el más preciado florón de la estirpe real húngara.

Abrió la princesita sus ojos a la luz en un ambiente de lujo y abundancia que, por divino contraste, fue despertando en su sensible corazón ansias de evangélica pobreza. Desde su privilegiado puesto en la corte descendía, desde muy niña, para buscar a los menesterosos, y los regalos que recibía de sus padres pasaban muy pronto a manos de los pobres. En balde la vestían conforme a su rango principesco, porque aprovechaba el menor descuido para quitarse las sedas y brocados, dárselos a los pobres y volver a palacio con los harapos de la más miserable de sus amiguitas.

Conforme a las costumbres de la época, fue prometida en su más tierna edad a Luis, hijo de Herman I, margrave de Turingia. Este compromiso matrimonial tenía, sin duda, la finalidad política de afianzar la alianza de ambos países contra el rey Felipe de Suabia. Un buen día de primavera -1213-, cuando los campos se desperezaban del gélido sueño invernal, se presentó en el castillo de Posonio una embajada turingia para recoger a la prometida de su príncipe heredero. El rey de Hungría, entonces en la cumbre del poder y riqueza de la dinastía, dotó generosamente a su hija diciendo a los emisarios: «Saludo a vuestro señor y ruego se contente de momento con estas pobres prendas, que, si Dios me da vida, completaré con mayores riquezas». Y revistiendo con palabras tan modestas su jactanciosa exhibición, hizo sacar un cúmulo de tesoros que dejaron admirados a los compromisarios, poco acostumbrados a tales galas en la abrupta y dura comarca de Turingia. El matrimonio tuvo lugar en el año 1221, es decir, al cumplir Isabel sus catorce años, en Wartburg de Turingia. Y de esta manera la princesa, nacida en un país lleno de sol y de abundancia como era Hungría, vino a parar a la dura y pobre tierra germánica.

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18 de noviembre de 2008

Toda la verdad sobre la Reconquista, que para nada fue "insidiosa"


Entrevista a José Javier Esparza


Tomada de Manifiesto




La Reconquista fue un momento crucial de la Historia de España: por primera vez un país expulsaba a los ocupantes islámicos. Ahí nació la España que luego se proyectaría al mundo. Hoy, el masoquismo progresista pretende cubrir aquel episodio con el oprobio y la vergüenza. José Javier Esparza lo rescata. La revista francesa Nouvelle revue d´Histoire ha entrevistado al autor de ´La gesta española´ sobre la Reconquista. Sin mitos y sin complejos. Cosas que todos deberíamos saber.

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La farlopa de Kate Moss



por Arturo Pérez-Reverte

Tomado de XLsemanal

Hay que ver lo que inventa el hombre blanco. Y lo que le gusta hacer el chorra. Hojeaba una revista de arquitectura y diseño, en su versión española, cuando me tropecé con un reportaje sobre cómo un profesional del asunto tiene decorada su casa. Vaya por delante que en casas de otros no me meto, y que cada cual es libre de montárselo como quiera. Pero en esta ocasión la casa del antedicho la habían sacado a la calle, por decirlo de alguna forma. Su propietario la hacía pública, abriendo sus puertas al fotógrafo y al redactor autores del reportaje. Quiero decir con esto que si, verbigracia, un fulano va a mi casa a tomar café y luego cuenta en una revista cómo está decorada la cocina, tengo perfecto derecho a mentarle los muertos más frescos. Otro asunto es que yo pose junto a las cacerolas y el microondas consciente de que van a ser del dominio público. Cada cosa es cada cosa, y ahí no queda sino atenerse a las consecuencias. Que luego digan, por ejemplo, que de decorar cocinas no tengo ni puta idea. O que mi gusto a la hora de elegir azulejos es para pegarme cuatro tiros.

Y, bueno. En ese reportaje al que me refería antes, un diseñador, que por lo visto está de moda, posaba junto a un elemento plástico de su vivienda. Ignoro si el objeto en cuestión era permanente, como cuando se cuelga un cuadro o se pinta una pared, o si era de quita y pon, y estaba puesto allí sólo para la ocasión; aunque el texto que acompañaba la imagen daba a entender que era decoración fija: «Fulanito –decía el pie de foto– escaneó esta imagen de Kate Moss que dio la vuelta al mundo y que a él le impactó de forma poderosa. Luego la fotocopió ampliada y la pegó a trozos en el salón». Lamento que esta página no permita añadir ilustraciones, pues les aseguro que ésta merecía la pena: unos cojines como de tresillo de sala de estar, y encima, donde suele colgarse el cuadro cuando hay cuadro, o las fotos de la familia, troceada en seis partes y sujeta a la pared con cinta adhesiva, la imagen de Kate Moss –que como saben ustedes es una top model algo zumbada, a la que suele moquearle la nariz– sentada en un sofá, toda rubia, maciza y minifaldera, en el momento de prepararse unas rayitas de cocaína.

Yo no he ido a buscar esa escena, que conste. Me la han puesto delante de las narices en una revista que he pagado. Tengo derecho a decir lo que opino de ella, pues supongo que, entre otras cosas, para eso la publican. Lo mismo hacen ustedes con mis novelas, cuando salen. Opinar. O en el correo del lector, con estos artículos. Hablamos, además, de un elemento ornamental situado estratégicamente en lugar destacado de una casa modélica, o sea. O que lo pretende. La de un diseñador conocido, profesional del ramo, quien considera que, para su propio hogar, la imagen más adecuada, junto a la que posa, además, con pinta de estar en la gloria fashion, es la de una pedorra dispuesta a darse, en público, un tiro de farlopa. Y no hablo del aspecto moral del asunto, que me importa un rábano: Kate Moss y sus aficiones son cosa de ella y de su chichi. Lo que me hace gotear el colmillo mientras le doy a la tecla, es que mi primo el diseñata, que por lo expuesto va de original y esnob que te rilas, colega, nos venda el asunto como el non plus ultra de lo rompedor y la vanguardia torera.

Y no me expliquen el argumento, por favor, que lo conozco de sobra. Iconos del mundo en que vivimos, y demás. Kate Moss, muñeca rota de una sociedad desquiciada e insegura, etcétera. El símbolo, vaya. El icono y tal. La soledad del triunfador y otras literaturas. De esos iconos conocemos todos para dar y tomar, para escanear y pegar con cinta adhesiva y para proyectar en cinemascope. A otro cánido con ese tuétano. Nuestra estúpida sociedad occidental tiene la tele, y las revistas, y las casas, y los cubos de la basura atiborrados de toda clase de símbolos. De iconos, oigan. Hasta el aburrimiento. Se me ocurren, de pronto, medio centenar de iconos mucho más representativos del vil putiferio en que andamos metidos. Pasé gran parte de mi vida coleccionándolos para el telediario. Por eso, lo que más me pone es lo del impacto. La imagen de Kate Moss «que a él le impactó de forma poderosa», dice el texto. Hay que ser elemental, querido Watson, para sentirse poderosamente impactado por la imagen de una frívola soplacirios a pique de meterse una raya. Y encima colgarla en el salón para que la admiren las visitas y le sirva a uno como escaparate de lo que profesionalmente lleva dentro. Así que, una de dos: o ese diseñador se lo cree de verdad, lo que sería revelador sobre su criterio estético y su trabajo, o se maquilla la cara con cemento, tomándonos a todos por gilipollas. Aunque entreveo, también, una tercera posibilidad: que él mismo sea un poquito gilipollas, alentado por un mundo que aplaude a los gilipollas.

La última de Vizcaíno Casas


por Miguel Angel Loma

Tomado de Vistazo a la prensa

El 2 de noviembre de 2008 se cumplen cinco años de la muerte del abogado, periodista y escritor, Fernando Vizcaíno Casas. Si no conociéramos cómo nos las gastamos en nuestra querida patria, resultaría difícil explicar el interesado olvido que, en tan poco tiempo, ha cubierto la memoria de un hombre cuya obra escrita constituye un referente ineludible para comprender nuestra situación actual, de dónde veníamos y hacia dónde vamos, si es que nadie lo remedia.

Ya en vida no le perdonaban el éxito millonario de sus obras, ni que provocara largas colas de lectores solicitando su firma allí por donde apareciese a presentar sus libros, ni que se mofara de toda esa «aguerrida» fauna política y farandulera que se acostó más franquista que Franco y se despertó con impecable traje de «demócrata de toda la vida». Y menos aún le perdonaban que sus burlas las hiciera sin necesidad de caer en el insulto ni perder la sonrisa; con absoluto respeto a la Constitución y desde la valiente lealtad a personas e ideas cuya sola mención ya casi resulta perseguible de oficio en esta España que, en efecto, no la conoce ni la madre que la parió. (Y lo que ya les remataba a muchos, es que además Fernando fuera un gran abogado ¡laboralista!).

Pero pese a esta institucionalizada amnesia sobre su recuerdo, no creo equivocarme demasiado si afirmo que somos muchísimos españoles los que seguimos teniéndole presente, y que basta con abrir el periódico o ver el telediario de un día cualquiera, para que se nos despierte el pensamiento de que, si Fernando hubiese seguido con la pluma cargada hoy, no sabría por dónde empezar. Y hasta hubiera albergado la esperanza, no infundada, de ganarle un pleito al mismísimo Gobierno ZP reivindicando derechos de autor; porque todo lo que está ocurriendo actualmente estaba ya vaticinado en sus obras. La España de Zapatero es, toda entera, una novela viva de Vizcaíno Casas, la última que ni siquiera tuvo necesidad de escribir.

Si este país disfrutara de mejor sangre y fuese cierto que la «pluralidad» (de la que tan machaconamente alardean esos mismos que no admiten voces discrepantes) es un principio constitucional vigente, Fernando Vizcaíno Casas seguiría gozando del reconocimiento que se merece; no sólo por haber retratado desde la mordacidad el último medio siglo de nuestra historia, sino por haber sido el profeta más exacto de nuestro tiempo.

El cerco de silencio que «la crema de la intelectualidá» progresista, que es la única que reparte el bacalao de la legitimidad democrática, ha tejido en torno a su persona y obra es una muestra incontestable del sectarismo que caracteriza a quienes nos dirigen, adoctrinan y pastorean.

Y es que Nietzsche tenía mucha razón cuando escribió aquello de que «No es la cólera, sino la risa la que mata». En este sentido, y con el permiso de Garzón (que parece empeñado en convertir la fecha del 2 de noviembre en la nueva fiesta nacional), Fernando «mataba» muy bien a tantos «vivos» y reyezuelos que se pasean en pelota delante de nuestras narices, intentándonos convencer de que quienes no sepamos apreciar la exquisita textura democrática de sus ropajes, somos unos fascistas irredentos, enemigos del pueblo, de la libertad y hasta de la madre que parió a Bambi.

Juan Donoso Cortés: Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo (17)


Capítulo X

Continuación del mismo asunto. Conclusión de este libro

Ningún hombre ha habido tan insensato que se haya atrevido a negar el bien o el mal y su coexistencia en la historia. Los filósofos disputan sobre el modo y la forma en que existen y coexisten; todos, empero, afirman a una voz su existencia y su coexistencia como una cosa averiguada; todos convienen igualmente en que, en la contienda suscitada entre el bien y el mal, el primero ha de alcanzar sobre el segundo una victoria definitiva. Dejando estos puntos como inconcusos y asentados, en todo lo demás hay diversidad de pareceres, contradicción de sistemas y contiendas inacabables.

La escuela liberal tiene por cierto que no hay otro mal sino el que está en las instituciones políticas que hemos heredado de los tiempos, y que el supremo bien consiste en echar por el suelo esas instituciones. Los más de los socialistas tienen por averiguado que no hay otro mal sino el que está en la sociedad, y que el gran remedio está en el completo trastorno de las instituciones sociales. Todos convienen en que el mal nos viene de los tiempos pasados: los liberales afirman que el bien puede realizarse ya en los tiempos presentes, y los socialistas que la edad de oro no puede comenzar sino en los tiempos venideros.

Consistiendo, así para los unos como para los otros, el supremo bien en un trastorno supremo, que, según la escuela liberal, debe realizarse en las regiones políticas, y según las escuelas socialistas en las regiones sociales, las unas y las otras convienen en la bondad sustancial e intrínseca del hombre, que ha de ser el agente inteligente y libre de aquel y de este trastorno. Esta conclusión ha sido enunciada explícitamente por las escuelas socialistas y va implícitamente envuelta en la teoría que sustentan las escuelas liberales. De tal manera procede aquella conclusión de esta teoría, que, siendo negada la conclusión, la teoría misma viene al suelo. En efecto: la teoría según la cual el mal está en el hombre y procede del hombre es contradictoria de aquella otra según la cual el mal está en las instituciones sociales o políticas y procede de las instituciones políticas y sociales. Supuesta la primera, lo que procede en buena lógica es extirpar el mal en el hombre, con lo cual se conseguirá su extirpación en la sociedad y en el gobierno necesariamente. Supuesta la segunda, lo que procede en buena lógica es extirpar el mal directamente en la sociedad o en el gobierno, que es en donde está su centro y su origen. Por donde se ve que la teoría católica y las racionalistas son entre sí no solamente incompatibles, sino también contradictorias. Por la teoría católica se condena todo trastorno, ya sea político o social, como insensato e inútil. Las teorías racionalistas condenan toda reforma moral del hombre como inútil y como insensata. Y así la una como las otras son consecuentes en sus condenaciones; porque si el mal no está ni en el gobierno ni en la sociedad, ¿para qué y por qué el trastorno de la sociedad y del gobierno? Y, por el contrario, si el mal ni está en los individuos ni procede de los individuos, ¿para qué y por qué la reforma interior del hombre?

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18 de Noviembre, Festividad de la dedicación de las Basílicas de San Pedro y San Pablo


Durante el siglo III los cristianos comienzan a dar culto litúrgico a los mártires, sus hermanos en la fe, que amaron a Dios más que a su propia vida. El culto empieza en las mismas tumbas. La comunidad cristiana se reúne lo más cerca posible del sepulcro para conmemorar el aniversario del martirio. En estas reuniones se celebraba la santa misa y un testigo presencial relataba las vicisitudes del martirio o bien se leían las actas. No era raro ver en primera fila al hijo, al padre o a la esposa del glorioso mártir. La tumba de un mártir constituye una gloria local, y, visitada en un principio por parientes y amigos, acaba por convertirse en centro de peregrinación. En el siglo IV, cuando la Iglesia goza de paz después del azaroso período de persecuciones, se levantan bellas basílicas en honor de los mártires, procurando siempre que el altar central (el único que había entonces en las iglesias) se asiente encima del sepulcro, aunque para ello tengan que nivelar el terreno o inutilizar otras sepulturas. Desde la iglesia se podía descender por escaleras laterales hasta la cámara sepulcral o cripta, situada debajo del presbiterio, en donde estaba el cuerpo del mártir.

No se conservan las tumbas de los mártires de los dos primeros siglos por la sencilla razón de que aún no se les daba culto. Hay, empero, dos excepciones, y son la tumba de San Pedro, primer papa, y la de San Pablo, apóstol de los gentiles. Ambos fueron martirizados en Roma hacia el año 67, en distinta fecha, aunque la liturgia celebre su fiesta el mismo día 29 de junio. San Pedro fue crucificado, según tradición, y los cristianos le dieron sepultura en un cementerio público de la colina Vaticana, junto a la vía Aurelia, mientras que San Pablo murió decapitado (tuvieron con él esta deferencia por tratarse de un ciudadano romano), siendo enterrado en la vía Ostiense, muy cerca del Tíber. Tenían los dos mucha importancia en la fundación de la Iglesia romana para que los cristianos perdieran el recuerdo de sus tumbas. Efectivamente, hacia el año 200, el sacerdote romano Gayo, en una discusión con Próculo, representante de la secta montanista, le decía a éste: "Yo te puedo mostrar los restos de los apóstoles; pues, ya te dirijas al Vaticano, ya a la vía Ostiense, hallarás los trofeos de quienes fundaron aquella Iglesia" (Eusebio, Hist. Ecl., II, 25,7.)

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17 de noviembre de 2008

El derecho de los Animales


por Juan Manuel de Prada

Tomado de XLsemanal

Desde hace algún tiempo, se ha impuesto la fórmula ‘derechos de los animales’, con la que se trata de convertir a seres irracionales en sujetos de protección jurídica. Siempre me ha interesado mucho el debate en torno a este asunto, porque creo que es muy expresivo del ‘eclipse de la conciencia’ que caracteriza al hombre contemporáneo. Habría que empezar señalando que la propia expresión ‘derechos de los animales’ incorpora una malversación del concepto jurídico de ‘derecho’, que exige una ‘obligación’ correlativa. Y los animales, a diferencia de los hombres, no pueden obligarse. Aquí podría oponerse que tampoco los niños, y mucho menos un nasciturus, pueden asumir obligaciones; pero en ellos reconocemos una potencialidad, sabemos que en un futuro más o menos próximo podrán hacerlo, y mientras no pueden los cubrimos bajo el manto de nuestra protección, reconociendo en ellos a unos semejantes desvalidos, miembros de una fraternidad universal. Digamos que la capacidad para obligarse de un niño está ínsita en su condición humana, se ha empezado a gestar para realizarse plenamente en un estadio futuro. En cambio, sabemos que un orangután o un guacamayo jamás podrán obligarse; sabemos que en su senectud serán tan incapaces como lo son en la tierna infancia; y sabemos, en fin, que no son nuestros semejantes. ¿Cómo puede erigirse en sujeto de derechos un ser que nunca podrá ser sujeto de obligaciones? Cuando proclamamos que al hombre lo asiste un inalienable derecho a la vida estamos proclamando también que lo obliga el deber de respetar la vida de los demás hombres; cuando defendemos el derecho a la propiedad estamos condenando el hurto, y así sucesivamente. Ciñéndonos al asunto que nos ocupa, podríamos decir que el hombre es titular de un ‘derecho a un dominio justo’ sobre la naturaleza, puesto que es la única criatura que puede aprovechar racionalmente sus recursos; pero, al mismo tiempo, al hombre lo obliga un deber de respeto sobre esa naturaleza que domina, y cualquier intento de esquilmarla deberá considerarse un abuso. Durante muchos siglos –y aun hoy en día, o sobre todo hoy en día– estos abusos no han sido castigados, porque tal ‘dominio justo’ ha degenerado en rapacidad y mercadería; y, puesto que los hombres no cumplimos con nuestras obligaciones, ¡se trata de ‘reforzar’ nuestra obligación convirtiendo a los animales en titulares de derechos!

Pero los derechos jurídicos presuponen la condición humana; el Derecho mismo es el producto de un pacto entre hombres, conscientes de su condición humana. Extenderlo a los animales es un grosero dislate jurídico. Otra cosa muy distinta es que a los hombres nos obligue un deber de protección de otras formas de vida no humanas; deber que es la consecuencia natural del ‘dominio justo’ que el hombre está obligado a ejercer sobre la naturaleza. Siempre he sospechado que en esta vindicación de los llamados ‘derechos de los animales’ subyace ese ‘eclipse de la conciencia’ que C. S. Lewis designó ‘abolición del hombre’. No deja de resultar curioso que los ‘derechos de los animales’ se traten de imponer en una época en que la vida humana ha dejado de ser inviolable; en una época que ya no considera dignos de protección a todos los hombres, ni en todas las etapas de la vida. Quizá ambas aberraciones jurídicas se nutran en el mismo manantial (o albañal, por expresarnos más atinadamente): a fin de cuentas, equiparar a un hombre con un orangután o un guacamayo es otra manera sibilina de ‘abolirlo’, de negar su humanidad, de borrar los rasgos distintivos que lo erigen en una criatura única, misteriosamente singular, entre todas las criaturas de la Creación.

Y es que, para contemplar al hombre en su unicidad, hace falta despojarse primero de los densos nubarrones del sofisma. Cuando el hombre deja de ser la medida de todas las cosas, cuando se le considera tan sólo el resultado final y aleatorio de una evolución natural, entonces triunfan los sofismas. El hombre se diferencia de los animales en especie, no en grado; entre hombres y animales existe una desproporción insalvable. Esa desproporción es la que permite al hombre mirar los animales que pueblan la tierra y descubrir que son ‘buenos’, esforzándose en consecuencia por protegerlos. Que haya hombres aviesos incapaces de reconocer la ‘bondad’ de los animales no se arregla endiosando a los animales. En cambio, endiosar a los animales es como ‘desdiosar’ al hombre; esto es, como abolirlo.