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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

27 de diciembre de 2008

Conferencia sobre la libertad religiosa


por el R.P. Ricardo Félix Olmedo



I.- Introducción:


n esta serie de conferencias organizada con el fin de exponer distintos documentos del Concilio Vaticano II, y juzgar de su “continuidad” o no con el Magisterio tradicional de la Iglesia y la filosofía perenne, que es la filosofía de Santo Tomás, nos toca comentar hoy lo que era, por su clasificación, un documento de menor importancia, la Declaración sobre las relaciones de la Iglesia y Estado, titulada "Dignitatis Humanæ".

En el amplio problema de las relaciones Iglesia-Estado había un tema – el de la “libertad religiosa” – "nunca tratado en ningún Concilio Ecuménico" en los veinte siglos de existencia de la Iglesia, y que sin embargo, se transformará no por casualidad sino por especial previsión e intención de los enemigos de la Iglesia, en uno de los más trascendentales y de capital importancia como paso previo al compromiso de la Iglesia con el mundo, y en particular con el Movimiento ecuménico.

Ya antes del Concilio, en las Sesiones de la Comisión preparatoria, esta cuestión había enfrentado durísimamente a las dos tendencias que lucharon durante el Concilio, representadas una por el Cardenal Ottaviani, que había presentado un esquema titulado “De las relaciones entre la Iglesia y el Estado y de la Tolerancia religiosa”, que constaba de 7 páginas de texto y 16 páginas de referencias, que iban desde Pío VI (1790) a Juan XXIII (1959), y la otra representada por el Cardenal Bea, con un proyecto redactado por él y que llevaba el sugestivo título “La libertad religiosa”, de 14 páginas, y sin referencias alguna al Magisterio precedente.

Ningún texto fue objeto de tantas revisiones, y seis borradores distintos se presentaron ante la Asamblea de los Padres Conciliares, hasta que fue promulgado recién el penúltimo día del Concilio Vaticano II (el 7 de diciembre de 1965).

Para uno de los peritos americanos, el P. John Courtney Murray, este tema de la libertad religiosa era "el problema americano del Concilio", y un Obispo estadounidense se ufanaba de que sin el apoyo de los americanos "el documento no habría llegado al aula conciliar"; otro, "hablando en nombre de casi todos sus pares americanos", afirmaba que "la sustancia de la doctrina tal como la tenemos aquí es verdadera y sólida, y la más apropiada para nuestros tiempos", que "en general la declaración sobre la libertad religiosa es aceptable", y era de la mayor importancia que "la Iglesia se mostrase ante el mundo moderno como la campeona de la libertad – de la libertad humana y de la libertad civil – particularmente en materia de religión".
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Para leer el artículo completo haga click sobre la imagen del "encuentro ecuménico de Asís".

27 de Diciembre, Festividad de San Juan Apóstol y Evangelista












AN JUAN el Evangelista, a quien se distingue como "el discípulo amado de Jesús" y a quien a menudo le llaman "el divino" (es decir, el "Teólogo") sobre todo entre los griegos y en Inglaterra, era un judío de Galilea, hijo de Zebedeo y hermano de Santiago el Mayor, con quien desempeñaba el oficio de pescador.



Junto con su hermano Santiago, se hallaba Juan remendando las redes a la orilla del lago de Galilea, cuando Jesús, que acababa de llamar a su servicio a Pedro y a Andrés, los llamó también a ellos para que fuesen sus Apóstoles. El propio Jesucristo les puso a Juan y a Santiago el sobrenombre de Boanerges, o sea "hijos del trueno" (Lucas 9, 54), aunque no está aclarado si lo hizo como una recomendación o bien a causa de la violencia de su temperamento.


Se dice que San Juan era el más joven de los doce Apóstoles y que sobrevivió a todos los demás.

Es el único de los Apóstoles que no murió martirizado.


En el Evangelio que escribió se refiere a sí mismo, como "el discípulo a quien Jesús amaba", y es evidente que era de los mas íntimos de Jesús. El Señor quiso que estuviese, junto con Pedro y Santiago, en el momento de Su transfiguración, así como durante Su agonía en el Huerto de los Olivos. En muchas otras ocasiones, Jesús demostró a Juan su predilección o su afecto especial. Por consiguiente, nada tiene de extraño desde el punto de vista humano, que la esposa de Zebedeo pidiese al Señor que sus dos hijos llegasen a sentarse junto a Él, uno a la derecha y el otro a la izquierda, en Su Reino.


Juan fue el elegido para acompañar a Pedro a la ciudad a fin de preparar la cena de la última Pascua y, en el curso de aquella última cena, Juan reclinó su cabeza sobre el pecho de Jesús y fue a Juan a quien el Maestro indicó, no obstante que Pedro formuló la pregunta, el nombre del discípulo que habría de traicionarle. Es creencia general la de que era Juan aquel "otro discípulo" que entró con Jesús ante el tribunal de Caifás, mientras Pedro se quedaba afuera. Juan fue el único de los Apóstoles que estuvo al pie de la cruz con la Virgen María y las otras piadosas mujeres y fue él quien recibió el sublime encargo de tomar bajo su cuidado a la Madre del Redentor. "Mujer, he ahí a tu hijo", murmuró Jesús a su Madre desde la cruz. "He ahí a tu madre", le dijo a Juan. Y desde aquel momento, el discípulo la tomó como suya. El Señor nos llamó a todos hermanos y nos encomendó el amoroso cuidado de Su propia Madre, pero entre todos los hijos adoptivos de la Virgen María, San Juan fue el primero. Tan sólo a él le fue dado el privilegio de llevar físicamente a María a su propia casa como una verdadera madre y honrarla, servirla y cuidarla en persona.


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26 de diciembre de 2008

Navidad perseguida


por Ismael Medina

Tomado de Vistazo a la Prensa



la paz de Dios, que sobrepuja todo entendimiento, guarde vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”. Así escribía San Pablo a los filipenses en el siglo I de nuestra era. La predicación de Jesús, de la que Pablo de Tarso se hizo postulador entre judíos y gentiles, ofrecía y pedía paz y amor a las gentes de toda condición. Y justicia, sobre todo para los humildes y los limpios de corazón. Hay que leer con hondura las Bienaventuranzas, por ejemplo, para discernir la dimensión del mensaje por el que Jesús nació, sufrió y murió en la Cruz.

Hoy, a pocas horas de celebrar la Nochebuena, intercalo para esta postal navideña trozos de lo escrito durante las últimas jornadas para unos u otros destinatarios amigos. Y lo hago desde el gozo del mensaje entrañado en la conmemoración cristiana y la amargura de que celebramos esta gran fiesta asediados por una sórdida campaña encaminada a eliminar a Dios y entronizar un laicismo cuya insidiosa contumacia asoma con descaro la oreja del odio iluminista hacia la Iglesia Católica.

El Misterio llaman en algunos lugares al tradicional Belén, o Nacimiento, que desde hace siglos ha simbolizado en los hogares y lugares públicos la venida de Dios hecho hombre para anunciarnos el mensaje de la salvación. Para mostrarnos que la humildad, la fraternidad y la caridad, que es amor, nos propone el camino hacia la paz del alma y entre los hombres. Lo entendieron los pastores que, primeros de todos, acudieron a postrarse ante el Niño Dios, nacido en portal tan pobre como sus propias vidas. Y lo sintieron igual de prójimo las gentes, no sólo las más sencillas, a lo largo de los siglos. La Nochebuena y la Navidad se llenaron de villancicos acompañados de zambombas, carracas, panderos e improvisados instrumentos domésticos. Unos nacidos en el hondón de la fe popular y otros aportados por los poetas.

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Enfática recomendación



l Cruzamante recomienda con énfasis a sus lectores y amigos la lectura de una excelente biografía de Ronald Knox, escrita por Evelyn Waugh y traducida por Jack Tollers al castellano (me animaría a decir al argentino).
Para quien no lo conozca, Ronald Knox fue un brillante "scholar" de Oxford, hijo de un obispo de la Iglesia Anglicana, autor de numerosos libros (entre ellos la traducción de la Vulgata al inglés), que ordenado sacerdote anglicano, se convirtió al catolicismo, en los primeros años del siglo XX. Amigo de Maurice Baring y de Hillaire Belloc, de quien fue su albacea literario, colaboró en la conversión del gran polemista Gilbert K. Chesterton.
Evelyn Waugh no necesita presentación.
El trabajo de traducción de Jack Tollers, con sus más de trescientas notas al pie, hacen inteligible el libro, por la profusión de citas de personas, libros, lugares, usos y costumbres que no son los nuestros. Brillante y ciclópeo trabajo. Para él nuestro agradecimiento.
Para acceder a la lectura de dicho libro haga click sobre este enlace.
Tomado de Et voilà!

Ortodoxia (1)


por Gilbert K. Chesterton





Prefacio



ste libro está pensado para ser el compañero de Herejes y para agregarle el lado positivo al negativo. Muchos críticos se quejaron del libro que llamé Herejes porque meramente criticaba las filosofías actuales sin ofrecer ninguna filosofía alternativa. Este libro es un intento de responder a ése desafío. Es inevitablemente afirmativo y, por lo tanto, inevitablemente autobiográfico. El autor se ha visto frente a una dificultad de cierta forma similar a la que se le presentó a Newman al escribir su Apología : se ha visto forzado a ser egocéntrico a fin de ser sincero. Mientras todo lo demás puede ser diferente, el motivo en ambos casos es el mismo. El propósito de este autor es intentar una explicación, no de si la Fe Cristiana puede ser creída, sino de cómo él, personalmente, ha llegado a creer en ella.

El libro, por lo tanto, está construido sobre el principio positivo de un acertijo y su solución. Trata, primero, sobre las especulaciones solitarias y sinceras del propio autor y luego con toda la maravillosa forma en que resultaron repentinamente satisfechas por la teología Cristiana. El autor considera que el hecho equivale a un credo convincente. Pero, si no es así, resulta al menos una coincidencia reiterada y sorprendente.

Gilbert K. Chesterton


I. Introducción en defensa de todo el resto

La única justificación posible para este libro, consiste en que es la respuesta a un desafío. Hasta un mal tirador se honra cuando acepta un duelo. Cuando hace algún tiempo publiqué una serie de apresurados pero sinceros ensayos bajo el título de "Herjes", algunos críticos por cuyas inteligencias siento un caluroso respeto (puedo mencionar especialmente al señor G. S. Street), dijeron que estaba muy bien de mi parte sugerir que todos debían demostrar su teoría cósmica, pero que yo había evitado cuidadosamente consolidar mis consejos con el ejemplo. “Voy a comenzar a preocuparme por mi filosofía”, dijo el señor Street, “cuando el señor Chesterton nos haya expuesto la suya”. Tal vez fue imprudente sugerirle algo así a una persona demasiado dispuesta a escribir libros ante la más leve provocación. Con todo, si bien el señor Street ha inspirado y creado este libro, al fin y al cabo no tiene por qué leerlo. Si lo hace, hallará que en sus páginas, de un modo genérico y personal – y más por medio de un conjunto de imágenes mentales que por series de deducciones – he intentado formular la filosofía en la que he llegado a creer. No voy a llamarla "mi filosofía", porque yo no la hice. Dios y la Humanidad la hicieron; y ella me hizo a mí.

Muchas veces sentí el capricho de escribir una novela sobre un navegante inglés que, embarcado en su yate, calculó levemente mal su ruta y llegó a Inglaterra convencido de haber descubierto una nueva isla en los mares del Sur. No obstante, siempre encuentro que soy demasiado perezoso o estoy demasiado ocupado para escribir esta excelsa obra, por lo que bien puedo ahora revelarla con fines de ilustración filosófica. Probablemente existirá la impresión general de que el hombre se sintió más bien tonto cuando llegó a tierra (armado hasta los dientes y hablando por señas) para plantar la bandera inglesa sobre aquél templo bárbaro que después resultó ser el Pabellón de Brighton. No me preocupa aquí negar que pareció tonto. Pero si ustedes se imaginan que se sintió tonto, o por lo menos que la sensación de tontera fue su única o dominante emoción, eso significa que no han estudiado con suficiente delicadeza la rica sustancia romántica del héroe de este cuento. Su error fue en verdad un error muy envidiable. Y él lo sabía, si era el hombre que yo imagino.

¿Qué podría ser más agradable que sentir, simultáneamente y en pocos minutos, todas las fascinantes angustias del partir combinadas con toda la seguridad humana de volver a casa otra vez? ¿Qué mejor que gozar del encanto de descubrir África sin tener la fastidiosa necesidad de trasladarse a ese continente? ¿Qué podría ser más glorioso que congratularse por descubrir Nueva Gales del Sur y comprender después, en medio de un torrente de lágrimas de alegría, que en realidad no se trataba más que de la vieja Gales del Sur?

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El pequeño mundo de Don Camilo (6)


por Giovanni Guareschi


Capítulo 6


En vedado


ODAS las mañanas don Camilo iba a medir la famosa grieta de la torre y siempre era la misma historia: la grieta no se agrandaba, pero tampoco se achicaba. Perdió entonces la calma y un día envió al sacristán a la Municipalidad.

–Ve a decirle al alcalde que venga enseguida a ver este horror. Explícale que es una cosa grave.

El sacristán fue y volvió.

–Ha dicho el alcalde Peppone que confía en su palabra de que la cosa es grave, pero que si usted quiere mostrarle la grieta le lleve la torre a la Municipalidad. Él recibe hasta las cinco.

Don Camilo no parpadeó. Se limitó a decir después del oficio vespertino:

–Si mañana Peppone o alguno de su banda tiene el coraje de hacerse ver en la misa, asistiremos a un espectáculo de cinematógrafo. Pero lo saben, tienen miedo y no se harán ver.

La mañana siguiente no había ni la sombra de un "rojo" en la iglesia, pero cinco minutos antes de empezar la misa se sintió resonar en el atrio el paso cadencioso de una formación en marcha.

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26 de Diciembre, Festividad de San Esteban, Protomártir


ste santo se llama "protomártir", porque tuvo el honor de ser el primer mártir que derramó su sangre por proclamar su fe en Jesucristo.

Esteban era uno de los hombres de confianza de los apóstoles. La S. Biblia, en los Hechos de los Apóstoles narra que cuando en Jerusalén hubo una protesta de las viudas y pobres que no eran israelitas porque en la distribución de las ayudas se les daba más preferencia a los que eran de Israel que a los pobres que eran del extranjero, los 12 apóstoles dijeron: "A nosotros no nos queda bien dejar nuestra labor de predicar por dedicarnos a repartir ayudas materiales". Y pidieron a los creyentes que eligieran por voto popular a siete hombres de muy buena conducta y llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, para que se encargaran de la repartición de las ayudas a los pobres. Y entre los siete elegidos, resultó aclamado Esteban (junto con Nicanor, Felipe y otros). Fueron presentados a los apóstoles los cuales oraron por ellos y les impusieron las manos, quedando así ordenados de diáconos (palabra que significa "ayudante", "servidor". Diácono es el grado inmediatamente inferior al sacerdote).

Los judíos provenientes de otros países, al llegar a Jerusalén empezaron a discutir con Esteban que les hablaba muy bien de Jesucristo, y no podían resistir a su sabiduría y al Espíritu Santo que hablaba por medio de él. Siempre les ganaba las discusiones. Lo llevaron ante el Tribunal Supremo de la nación llamado Sanedrín, para acusarlo con falsos testigos, diciendo que él afirmaba que Jesús iba a destruir el templo y a acabar con las leyes de Moisés. Y los del tribunal al observarlo vieron que su rostro brillaba como el de un ángel.

Esteban pronunció entre el Sanedrín un impresionante discurso en el cual fue recordando toda la historia del pueblo de Israel (Está en el Capítulo 7 de los Hechos de los Apóstoles) y les fue echando en cara a los judíos que ellos siempre se habían opuesto a los profetas y enviados de Dios, terminando por matar al más santo de todos, Jesucristo el Salvador. Al oír esto, ellos empezaron a rechinar de rabia. Pero Esteban lleno del Espíritu Santo miró fijamente al cielo y vio la gloria de Dios y a Jesús que estaba en pie a la derecha de Dios y exclamó: "Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre en pie a la derecha de Dios". Entonces ellos llenos de rabia se taparon los oídos y se lanzaron contra él.

Lo arrastraron fuera de la ciudad y lo apedrearon. Los que lo apedreaban dejaron sus vestidos junto a un joven llamado Saulo (el futuro San Pablo que se convertirá por las oraciones de este mártir) y que aprobaba aquel delito. Mientras lo apedreaban, Esteban decía: "Señor Jesús, recibe mi espíritu". Y de rodillas dijo con fuerte voz: "Señor, no les tengas en cuenta este pecado". Y diciendo esto, murió. Unos hombres piadosos sepultaron a Esteban y la comunidad hizo gran duelo por él.

25 de diciembre de 2008

Adeste Fideles


Adeste fideles, laeti triumphantes
Venite, venite in Bethlehem
Natum videte, Regem angelorum

Venite adoremus, venite adoremus
Venite adoremus Dominum.

En grege relicto, humiles ad cunas,
vocati pastores approperant.
Et nos ovantes gradu festinemus.

Venite adoremus, venite adoremus
Venite adoremus Dominum.

Aeterni Parentis splendorem aeternum,
Velatum sub carne videbimus
Deum Infantem, pannis involutum.

Venite adoremus, venite adoremus
Venite adoremus Dominum.

Pro nobis egenum et foeno cubantem,
Piis foveamus amplexibus:
Sic nos amantem quis non redamaret?

Venite adoremus, venite adoremus
Venite adoremus Dominum.

Algo de música medieval

Gaudete.- Medieval Baebes



Salva nos.- Medieval Baebes



Verbum caro.- Medieval Baebes

¡¡El Cruzamante desea una Santa y Feliz Navidad a sus lectores y amigos!!

24 de diciembre de 2008

La Sábana Santa, imagen de Cristo muerto (10)


por el R. P. Raimondo Sorgia, OP




10. El investigador que interrogaba a las plantas







n 1973 se introduce en esta historia el profesor Max Frei, criminólogo, director del gabinete científico de la Policía de Zurich y perito de Interpol, además de ser redactor especializado en el periódico alemán Kriminalistik. Con una mente bien despierta, un olfato instintivo y un largo entrenamiento en todos los campos de investigación, este doctor Frei es también uno de los mejores expertos en el ámbito de una nueva disciplina bastante nueva, la llamada polinología.¿Que es la polinología? El término fue creado en 1944 por los botánicos ingleses Heyde y Williams, de la raíz griega palé que quiere decir harina, polvo, en directa relación al polen y a las esporas vegetales. Cuando una flor llega a su madurez, libera de las anteras de sus estambres un tenue, casi impalpable polvo viviente; es el polen. Transportado sobre todo por el viento, está destinado a alcanzar el ovario de una flor de la misma especie, y realizar así la fecundación. El color del polen, es generalmente amarillo, rosado, celeste, marrón o blanco. Cogidos uno a uno, estos granos son verdaderamente microscópicos; hay algunos que miden apenas 2’5 micrones.Y además, estos pequeños granos, precisamente porque contienen en su interior la preciosa chispa de una nueva vida, están preparados de modo completamente funcional: dotados de apéndices para adherirse mejor al cuerpo de los insectos que los transportan, o de sacos auríferos para ser llevados por el viento, tienen una capa externa muy fuerte, resistente incluso a ácidos o substancias cáusticas existentes en la naturaleza, como el calor estival o las heladas invernales, y que a su vez explotará espontáneamente en el tiempo de la fecundación, al hincharse el protoplasma.Es casi increíble la cantidad de polen que en la época de floración se esparce alrededor de una zona verde, dispersándose en la atmósfera prácticamente por todas partes. Basta pensar que de un solo metro cuadrado de bosque poblado de alisos sería posible recoger 2.160 millones de granos, o igualmente de un matorral de retama en flor de un metro cuadrado unos 4.060 millones de ellos.


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El Señor de los Anillos: La verdad cristiana detrás del mito de Tolkien




por el R.P. José Miguel Marqués Campo





res anillos para los Reyes Elfos bajo el cielo. Siete para los Señores Enanos en casas de piedra. Nueve para los Hombres Mortales condenados a morir. Uno para el Señor Oscuro, sobre el trono oscuro en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras. Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos, un Anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas, en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras.



Curiosamente, Tolkien en realidad no se consideraba un escritor católico, sino más bien un escritor que resultaba ser católico. Y asimismo El Señor de los Anillos no es una apología ni alegoría del cristianismo, ni de ninguna otra cosa, pero sí es aplicable a muchas realidades, y leído bien, puede hacer, paradójicamente, más por la evangelización. Ya estaba concluido El Señor de los Anillos, pero poco antes de su eventual publicación, en una carta que Tolkien recibió el 2 de diciembre de 1953, del P. Robert Murray, jesuita, nieto de Sir James Murray (fundador del Oxford English Dictionary), y amigo íntimo de su familia, Tolkien le respondió el mismo día. Estaba muy contento de que el P. Murray le había mencionado algunas observaciones e impresiones agudas acerca de lo que sería su obra magna. Entre otras cosas, al P. Murray le parecía que el personaje de Galadriel, la Reina de los Altos Elfos de Lothlórien, tenía ciertas semejanzas con la Santísima Virgen María, y la impresión general de que El Señor de los Anillos se mostraba particularmente compatible con la perspectiva teológica católica acerca del orden de la Gracia [de Dios].
En su carta de respuesta (Cartas nº 142), Tolkien reconoció: "’El Señor de los Anillos’ es, por supuesto, una obra fundamentalmente religiosa y católica; de manera inconsciente al principio, pero luego cobré conciencia de ello en la revisión". Con respecto a la alusión a la Virgen María y la compatibilidad con el orden de la Gracia, dijo: "…me animó especialmente lo que tú has dicho… pues eres más perceptivo, especialmente en ciertas direcciones, que ningún otro, y aun a mí me has revelado con mayor claridad ciertos aspectos de mi obra. Creo que sé exactamente lo que quieres decir con el orden de la Gracia; y, por supuesto, con tus referencias a Nuestra Señora, sobre la cual se funda toda mi escasa percepción de la belleza tanto en majestad como en simplicidad". Y luego, curiosamente, hace un comentario aparentemente paradójico, que resulta ser clave para comprender el alcance cristiano de su obra: "Ésa es la causa por la que no incluí, o he eliminado, toda referencia a nada que se parezca a la "religión", ya sean cultos o prácticas, en el mundo imaginario. Porque el elemento religioso queda absorbido en la historia y el simbolismo".

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Las grandes herejías (6)


por Hillaire Belloc




Capítulo 6





¿Qué fue la Reforma?






l movimiento generalmente llamado “La Reforma” merece un lugar aparte en la Historia de las grandes herejías, y esto por las siguientes razones:
1. No fue un movimiento en particular sino uno general, esto es: no produjo una herejía particular que habría podido ser debatida, analizada y condenada por la autoridad de la Iglesia como hasta ahora fue el caso de toda otra herejía o movimiento hereje. Después de que las distintas proposiciones herejes fueran condenadas, tampoco estableció (como lo hizo al mahometanismo o el movimiento albigense) una religión separada por encima y en contra de la antigua ortodoxia. Más bien creó una cierta atmósfera moral, separada, que aún seguimos llamando “protestantismo”. De hecho, produjo toda una cosecha de herejías, pero no una herejía, y su característica fue que todas sus herejías adquirieron y prolongaron un estilo común: ése que llamamos “protestante” hasta el día de hoy.
2. Si bien los frutos inmediatos de la Reforma decayeron, del mismo modo en que lo hicieron muchas otras herejías del pasado, la disrupción que produjo permaneció y el móvil principal – la reacción contra una autoridad espiritual unida – continuó tan en vigor que rompió a la civilización europea de Occidente, impulsó al final una duda general y se expandió más y más ampliamente.
Ninguna de las herejías más antiguas había hecho eso ya que cada una de ellas fue específica. Cada una de ellas se había propuesto suplantar o rivalizar con la Iglesia Católica existente. Por el contrario, el movimiento de la Reforma propuso más bien disolver a la Iglesia Católica – ¡y sabemos hasta qué medida el esfuerzo ha tenido éxito!
Lo más importante de la Reforma es entenderla. No sólo seguir su Historia etapa por etapa – un procedimiento siempre necesario para entender cualquier cuestión histórica – sino aprehender su naturaleza esencial.
En esto último, a las personas modernas les resulta muy fácil equivocarse; especialmente a las personas del mundo angloparlante. Las naciones que conocemos quienes hablamos en inglés son, con la excepción de Irlanda, predominantemente protestantes; y aún así albergan (con la excepción de Gran Bretaña y África del Sur) grandes minorías católicas.
En ese mundo angloparlante (al cual está dirigido este escrito) existe una conciencia plena de lo que fue el espíritu protestante y de lo que ha llegado a ser en sus modificaciones actuales. Todo católico que vive en ese mundo angloparlante conoce lo que significa el temperamento protestante del mismo modo en que conoce el sabor de algún alimento habitual, o de una bebida, o el aspecto de alguna vegetación familiar. En menor grado las grandes mayorías protestantes – en Gran Bretaña esa mayoría es abrumadora – tienen alguna idea de qué es la Iglesia Católica. Saben mucho menos de nosotros de lo que nosotros sabemos de ellos. Eso es natural, ya que nosotros procedemos de orígenes más antiguos, porque somos universales mientras ellos son regionales y porque nosotros sostenemos una filosofía intelectual definida mientras ellos poseen un espíritu más bien emocional e indefinido, aunque característico.
Aún así, a pesar de que saben menos de nosotros de lo que nosotros sabemos de ellos, son conscientes de una diferencia y sienten que hay una aguda división entre ellos y nosotros.
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23 de diciembre de 2008

Villancicos y motetes tradicionales


CORO DE SANTA MARÍA DE CANÁ
Puer Natus in Betlehem. Gregorian Chant.



Johann Sebastian Bach.
Puer Natus in Betlehem



Christ Church Bronxville's performance of Michael Preatorius' Puer natus in Bethlehem during the Christmas Midnight Mass, 2007.


El pequeño mundo de Don Camilo (5)


por Giovanni Guareschi


Capítulo 5


Escuela nocturna


A escuadra de los hombres embozados tomó cautelosamente el camino del campo. Reinaba profunda oscuridad, pero todos conocían aquel paraje, terrón por terrón, y marchaban seguros. Llegaron por la parte de atrás a una casita aislada, distante media milla del pueblo, y saltaron por sobre el cercado del huerto.

A través de las celosías de una ventana del primer piso filtraba un poco de luz.

–Llegamos bien. – susurró Peppone, que tenía el comando de la pequeña expedición – Está todavía levantada. Hemos tenido suerte. Llama tú, Expedito.

Un hombre alto y huesudo, de aspecto decidido, avanzó y dio un par de golpes en la puerta.

–¿Quién es? – preguntó una voz de adentro.

–Scarrazzini – contestó el hombre.

A poco la puerta se abrió y apareció una viejecita de cabellos blancos como la nieve, que traía un candil en la mano. Los otros salieron de la sombra y se acercaron a la puerta.

–¿Quién es esa gente? – preguntó la anciana, recelosa.

–Están conmigo. – explicó Expedito – Son amigos: queremos hablar con usted de cosas muy importantes.

Entraron los diez en una salita limpia y permanecieron mudos, cejijuntos y envueltos en sus capas delante de la mesita a la cual la vieja fue a sentarse. La anciana se enhorquetó los anteojos y miró las caras que asomaban de las capas negras.

–¡Hum! –murmuró. Conocía de memoria y del principio hasta el fin a todos esos tipos. Ella tenía ochenta y seis años y había empezado a enseñar el abecé en el pueblo cuando todavía el abecedario era un lujo de gran ciudad. Había enseñado a los padres, a los hijos y a los hijos de los hijos. Y había dado baquetazos en las cabezas más importantes del pueblo. Hacía tiempo que se había retirado de la enseñanza y que vivía sola en aquella casita remota, pero hubiera podido dejar abiertas las puertas de par en par, sin temor, porque "la señora Cristina" era un monumento nacional y nadie se hubiera atrevido a tocarle un dedo.

–¿Qué sucede? – preguntó la señora Cristina.

–Ha ocurrido un suceso. – explicó Expedito – Ha habido elecciones comunales y han triunfado los rojos.

–Mala gente los rojos. –comentó la señora Cristina.

–Los rojos que han triunfado somos nosotros. – continuó Expedito.

–¡Mala gente lo mismo! – insistió la señora Cristina – En 1901 el cretino de tu padre quería hacerme sacar el Crucifijo de la escuela.

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Perlita

«El español vivió su Edad Media poniéndose frente a Dios en la actitud del caballero ante su señor, actitud que conservaría de cara a la hazaña de la conquista de América. Sánchez Albornoz pone en boca del hombre hispano la plegaría del vasallo feudal:
"Soy tu espada, Señor, estoy combatiendo a tus enemigos y llevando tu nombre a nuevas tierras. Llevo tu cruz en mis banderas, a Ti consagro mis conquistas. Tu madre es la mía, y ella es también mi Dama, Nuestra Señora. Soy tu siervo, Señor, Te rindo pleitesía; ayúdame a extender Tu santo nombre y a honrar a Nuestra Señora, a los ángeles y a los santos varones que te sirvieron ayer..."»

Alfredo Saenz, S. J..

J. R. R. Tolkien y el catolicismo (un acercamiento a la gran obra del católico Tolkien, “El Señor de los anillos”)


por el R.P. José Miguel Marqués Campo




Introducción

len síla lúmenn’ omentielvo!
¡Una estrella brilla sobre la hora de nuestro encuentro!


Ésta es la salutación de los Elfos en la Tierra Media de J.R.R. Tolkien, expresión de agradecimiento y señal de venturosa alegría, en medio de la nostalgia… Así he querido comenzar mi exposición acerca de las profundísimas influencias de la fe católica, vividas plena y coherentemente, por un gran hombre de cultura, a quien conviene mucho dar a conocer, y asimismo esas mismas influencias católicas en su obra maestra literaria: El Señor de los Anillos. He querido titular esta exposición El Catolicismo en Tolkien y en El Señor de los Anillos: Una aproximación con afecto, pues lo he concebido como un acercamiento, con todo el afecto del corazón, a la vida de un gran intelectual y gran creyente, cuyas manifestaciones de extraordinaria habilidad imaginativa y creativa, se funden con su exquisita habilidad lingüística y narrativa, en una historia con maravillosos destellos del Evangelio.
Cuando John Ronald Reuel Tolkien tenía 77 años de edad, en 1969, mientras disfrutaba de su más que merecida jubilación en un tranquilo y apacible retiro en la localidad costera de Bournemouth, Inglaterra, un buen día recibió una carta —de tantas que había recibido de todos los rincones del mundo desde que escribiera El Señor de los Anillos— de Camilla Unwin, la hija de su editor. Es que la joven Unwin, como parte de su trabajo escolar, le había escrito para hacerle una sencilla pregunta: “¿Cuál es el propósito de la vida?”
Preguntar semejante cuestión a un hombre como Tolkien, profundamente católico, sencillo, sensible, profundamente contemplativo desde niño, que había sido esmeradamente educado por sus padres, especialmente por su muy querida madre, Mabel Tolkien, quien se había convertido por firme convicción al catolicismo en la Inglaterra de 1900 —hazaña notable en aquel entonces en aquel lugar— a un hombre que había quedado huérfano a los doce años de edad, junto con su hermano pequeño, Hilary, dos años menos que él, que había sido criado con la ayuda, cariño y dedicación inestimables de un benemérito sacerdote de origen anglo-español, el P. Francis Morgan, a un hombre profundamente enamorado de su esposa, Edith Mary Bratt, con quien tuvo tres hijos varones, †John, †Michael y Christopher, y una hija, Priscila, buen padre de familia cristiana, cuyo primogénito —†Father John— el Señor llamó al sacerdocio, a un hombre que había sufrido personalmente los horrores imborrables de las trincheras de la Primera Guerra Mundial, y luego los horrores de la Segunda, a un hombre sobremanera reflexivo y detallista, de distinguida cátedra de lengua y literatura inglesa en la Universidad de Oxford…, en fin, preguntarle cuál es el propósito de la vida, era de esperar que su respuesta, si bien no tan larga como su obra maestra épica, El Señor de los Anillos, sí fuera, no obstante, ¡de gran envergadura!
Gracias a Dios, se conservan muchas cartas personales de Tolkien que se han recogido en un libro publicado por Humphrey Carpenter y Christopher Tolkien, editor póstumo y albacea del Estado de su padre. Lo publica la Editorial Minotauro de Barcelona.
En una de estas cartas (Cartas nº 310), el profesor Tolkien le respondió larga y tendidamente a la jovencita Unwin. Desafortunadamente, es una carta demasiada larga para reproducir ahora in extenso, pero sí me permito resaltar lo que a mi parecer, son algunos de los puntos clave de su respuesta:

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Para leer el artículo compoleto haga click sobre la imagen del genial escritor inglés.

Feliz Navidad


por Juan Manuel de Prada

Tomado de XLSemanal



ay mucha gente –cada vez más gente– que, ante la proximidad de la Navidad, se atribula y deprime; y mucha gente –cada vez más gente, si no fuera porque la crisis nos araña con sus zarpas– que, ante la proximidad de la Navidad, se entrega desaforadamente al disfrute de placeres que suelen concluir con el buche lleno… y la tarjeta de crédito exhausta. En realidad, ambas actitudes son expresiones de una misma dolencia, que Chesterton resumía con su habitual ironía paradójica: «Quitad lo sobrenatural y no encontraréis lo natural, sino lo antinatural». Nuestra época ha convenido que lo sobrenatural no pertenece a la esfera de la naturaleza; y se ha esforzado en extirparlo de su horizonte vital, como quien se libera de una prótesis engorrosa. Pero, una vez liberada de esa parte de sí que creía una prótesis engorrosa, nuestra época descubre que en realidad se ha amputado un miembro que le permitía caminar; y para poder seguir caminando, tiene que recurrir a muletas y cayados que la ayuden a mantener la marcha. A la postre, las muletas y los cayados a los que se aferra ni siquiera le permiten mantener el equilibrio; y, encima, el dolor del miembro amputado nunca remite del todo, por mucha pomada analgésica que apliquemos sobre la zona herida, por mucha morfina que inyectemos en nuestra fatigada sangre. Y así, demediados y dolientes, tratamos patéticamente de componer la figura; y hasta nos empeñamos en hacer proselitismo entre quienes aún están incólumes, diciéndoles: «¡Disfrutad de las ventajas de la mutilación!». Y es que nada consuela tanto al enfermo como comprobar que su enfermedad ha contagiado a otros; pero se trata de un consuelo cetrino y miserable.

Llega la Navidad y la nostalgia de una edad dorada en que aún caminábamos sobre nuestras piernas se nos hace vívida, como al manco el brazo que un día se llevó la gangrena se le hace presente en las noches que preludian cambios atmosféricos. Aunque nos esforzamos por sepultar esa nostalgia bajo toneladas de escombros –comilonas, letreros luminosos, orgías consumistas–, aunque tratamos de cegar nuestra naturaleza con un acopio de remedios antinaturales, lo sobrenatural que hemos amputado de nosotros nos sigue reclamando con un dolor sordo, pertinaz, insomne. Que es lo que ocurre, irremediablemente, cuando dejamos de beber de la fuente de la felicidad, para atiborrarnos de felicidades impostadas; esto es, antinaturales. La Navidad, aunque la empaquetemos con papel de regalo y la bañemos de caramelo, siempre nos hablará de lo sobrenatural que anida en nuestra naturaleza; y, aunque decidiéramos abolirla por decreto y tacharla del calendario, seguiría hablándonos de lo mismo. Sólo convertidos definitivamente en autómatas lograríamos acallar ese clamor; pero entonces habríamos renunciado a nuestra naturaleza, y estaríamos muertos. A la postre, las depresiones navideñas, como el afán aspaventero de diversión navideña, no son sino manifestaciones de que aún estamos vivos, rebeliones de una naturaleza moribunda que patalea como un chiquillo, ahogada por la marea de antinaturalidad que la corrompe.

Los consultorios de los psiquiatras y los hangares comerciales se abarrotan en estos días con multitudes exiliadas de sí mismas; y es comprensible que quien ha sido expulsado de su propia casa busque hospitalidad en casa ajena. Pero el calor del hogar propio no lo sustituyen las pastillas antidepresivas ni los anaqueles atestados de regalos; o sólo lo sustituyen a modo de remedo grotesco, como la luz de una bombilla remeda la luz del sol. Pero la luz de una bombilla no puede regenerar la savia de una planta; y así la planta crece anémica, antes de amustiarse del todo. Todavía no se ha inventado el tratamiento que repare los desarreglos anímicos que provoca la extirpación de Dios de nuestra naturaleza; y los lenitivos químicos o festivos que hemos ideado para maquillar esa extirpación no hacen a la postre sino amustiarnos más: después del subidón euforizante, sobreviene la resaca que nos deja hechos unos zorros. Nuestra época ha expulsado a Dios de su seno; y nada más natural que, cuando Dios ha sido extirpado de nuestras almas, el alma se nos caiga a los zancajos, en estos días en los que vuelve a nacer Dios. Despojado de Dios, el hombre no puede hacer las cosas propias de su naturaleza, que son cosas divinas; sólo le resta hacer cosas antinaturales: revolcarse en el lecho de ortigas de su angustia, como un animal herido; o reír hasta que la risa degenera en mueca, como un animal ahíto.

Feliz Navidad a todos.

22 de diciembre de 2008

Villancicos

Stille nacht (Silent night)
St. Thomas Boys Choir (Thomanerchor)
En alemán



from a Chirstmas album recorded in 1977
(performed by Vienna Boys Choir)


Herodes también celebra la Navidad



por Juan Manuel de Prada


Tomado de ABC





NO de los signos más evidentes de la sobrenaturalidad de la Navidad no se manifestó en el pesebre donde nació Jesús, sino en el palacio donde moraba Herodes. Como los pastores que cuidaban sus rebaños, como los sabios venidos de Oriente, Herodes reconoce la sobrenaturalidad del nacimiento de Cristo; y, como los pastores y los sabios, se apresura a celebrarlo... a su modo. Los cristianos celebramos con la Navidad de Cristo el advenimiento de una nueva era: nuestra naturaleza caída es por fin redimida; y esa redención, que no pasa inadvertida a sus beneficiarios, mucho menos podía pasar a su máximo damnificado. Cierta iconografía cristiana ha pintado la Navidad con trazos ternuristas y algo merengosos, adulterando el sentido profundo del reinado que se instaura, que no es un reinado pacífico (o sólo lo es si consideramos que la Navidad es una prefiguración de la Parusía), sino combatiente. Las campanas de la Navidad, nos recuerda Chesterton, suenan con el estrépito de cañonazos; pues lo que la Navidad viene a instaurar es una batalla crudelísima, una guerra sin cuartel contra quien, en la narración evangélica, es encarnado por Herodes.
Herodes combate la Navidad matando niños. Es una nota característica (o, dicho más propiamente, constitutiva) de todos los cultos demoníacos el odio a las vidas nuevas; porque en toda vida nueva se resume la nueva alianza que Dios ha entablado con los hombres. Y, puesto que toda vida nueva adquiere a los ojos de Dios una condición sagrada, adquiere también la condición de víctima propiciatoria a los ojos del Enemigo. Esto, que es una verdad teológica profunda (aunque ya ni los curas hablen del Enemigo), es también una verdad histórica irrefutable. En todos los ocasos de la Historia, las vidas nuevas han sido perseguidas sin desmayo: su fragilidad golpeada, su inocencia escarnecida, su dignidad vituperada, su existencia misma perseguida con brutal y eficiente encono. En este nuevo ocaso de la Historia, la persecución herodiana de las vidas nuevas se extiende hasta lo que los profetas del Antiguo Testamento llamaban «la abominación de la desolación»; esto es, hasta la profanación del recinto sagrado donde toda vida nueva halla refugio y sustento. La conversión del seno materno es un campo de batalla donde se ejerce la más feroz de las violencias contra las vidas nuevas constituye la más estremecedora manifestación demoníaca de nuestra época; y es la forma en que Herodes sigue celebrando la Navidad.
Herodes celebró la Navidad dejándose arrastrar por un rapto repentino de cólera. Pero el Enemigo no suele emplear estrategias tan burdas; por el contrario, suele enmascarar sus crímenes bajo una fachada de farisaico humanitarismo. Y una de sus estrategias más queridas consiste en desplegar argumentos que favorezcan el ofuscamiento de la conciencia moral: «¡Ay de los que a lo malo llaman bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!», clamaba Isaías. Los enemigos de las vidas nuevas llaman ahora derecho a lo que es un crimen; y disfrazan de filantropía y feminismo lo que no es sino esencial odio al linaje humano y eterna enemistad a la mujer. Este odio es de índole demoníaca; y todas las coartadas ideológicas que se esgrimen para justificarlo o maquillarlo con afeites no son sino añagazas de quien dijo: Non serviam.
Hay un pasaje muy enigmático y disputado de las Escrituras (II Tes 2, 3-8) en el que San Pablo se refiere a un misterioso «obstáculo» que retiene al impío y lo impide manifestarse; basta con que dicho obstáculo se retire, nos dice San Pablo, para que sobrevengan los Últimos Tiempos. Yo siempre he identificado ese «obstáculo» con el discernimiento moral del hombre, con la capacidad que el hombre posee para emitir mediante la razón un juicio objetivo sobre lo que está bien y lo que está mal, según establecía Aristóteles en su Política. La persecución herodiana contra las vidas nuevas, sancionada legalmente y aceptada socialmente, nos indica que tal discernimiento se ha nublado; y tal vez que el obstáculo ha sido removido. Feliz y sacra Navidad a todos; y no olviden que la Navidad sólo puede celebrarse combatiendo a Herodes.

Derechos humanos y aplicaciones deshumanizadoras


por Ismael Medina

Tomado de Vistazo a la Prensa



E ha celebrado en España con pompa progresista el LX aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aunque no tanto en otros países que la suscribieron igual que si se tratara de los 30 mandamientos de la democracia purificadora. Ha sido leída por bebedores de los néctares del poder con parecida prosopopeya que cada año el Quijote. También la he leído tras tenerla archivada por inservible, inaplicada y vulnerada. Y para confirmar o no si la tan apelada Declaración ha corrido la misma suerte de nuestra Constitución de 1978 a la que dediqué mi crónica de la pasada semana. Pues sí. También la Declaración Universal de los Derechos Humanos la violaron y la violan en su letra quienes la fabricaron, multitud de gobiernos, partidos, sindicatos, covachuelas iluministas y la propia Organización de las Naciones Unidas, a través sobre todo de su Secretaría General, su corrompido centro de poder. Trataré de explicar este juicio que los políticamente correctos considerarán desmedido, cuando no de un nazi-fascista empedernido.

UNA DECLARACIÓN A LA MEDIDA DE DEL NUEVO ORDEN MUNDIAL

LA Declaración comenzó a gestarse en 1946, todavía con Eurasia en ruinas, el corazón de Europa repartido anticipadamente entre los aliados occidentales y la URRS mediante los acuerdos de Yalta y Postdam y Alemania bajo la bota de las mutuas fuerzas de ocupación, amén de las restantes naciones al este por los ejércitos soviéticos. Los vencedores se aseguraron el derecho de veto en el Consejo de Seguridad de la casi recién nacida ONU, continuadora de la insolvente y fenecida Sociedad de Naciones de entreguerras. ¿Pero qué se escondía realmente detrás de ambas creaciones y, en concreto, de la Declaración Universal de los Derechos Humanos?

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El pequeño mundo de Don Camilo (4)

por Giovanni Guareschi

Persecución

ON CAMILO se había dejado llevar un poco por su celo durante un sermón sobre un tema local en el que no faltó algún pinchacito más bien fuerte para “ciertas personas”, y sucedió que, la noche siguiente, cuando tiró de las cuerdas de las campanas porque al campanero lo habían llamado quién sabe dónde, se produjo el infierno. Un alma condenada había atado petardos al badajo de las campanas. No hubo daño alguno, pero se produjo una batahola de explosiones como para matar de un síncope.

Don Camilo no había abierto la boca. Había celebrado la función de la tarde en perfecta calma, con la iglesia repleta. No faltaba ninguno de aquellos. Peppone en primera fila, y todos mostraban caras tan compungidas como para poner frenético a un santo. Pero don Camilo era un aguantador formidable y la gente se había retirado desilusionada.

Cerrada la puerta grande, don Camilo se había echado encima la capa, y antes de salir, había ido a hacer, una corta reverencia ante el altar.

–¡Don Camilo! – le dijo el Cristo –. ¡Deja eso!

–No entiendo – había protestado don Camilo.

–¡Deja eso!

Don Camilo había sacado de debajo la capa un garrote y lo había depositado ante el altar.

–Una cosa muy fea, don Camilo.

–Jesús, no es de roble: es de álamo, madera liviana, flexible... –se había justificado don Camilo.

–Vete a la cama, don Camilo, y no pienses más en Peppone.

Don Camilo había abierto los brazos e ido a la cama con fiebre. Así, la noche siguiente, cuando se le presentó la mujer de Peppone, dio un salto como si le hubiese estallado un petardo bajo los pies.

–Don Camilo – empezó la mujer, que estaba muy agitada.

Pero él la interrumpió

–¡Márchate de aquí, raza sacrílega!

–Don Camilo, olvide estas estupideces... En Castellino está aquel maldito que intentó matar a Peppone. .. Lo han soltado.

Don Camilo había encendido el cigarro.

–Compañera, ¿a mí vienes a contármelo? No la hice yo la amnistía. Por lo demás, ¿qué te importa? La mujer se puso a gritar.

–Me importa porque han venido a decírselo a Peppone y Peppone ha salido para Castellino como un endemoniado, llevándose la metralleta.

–¡Ajá! ¿Así que tenemos armas escondidas, verdad?

–Don Camilo, ¡deje tranquila la política! ¿No comprende que él lo mata? ¡Si usted no me ayuda, él se pierde!

Don Camilo rió pérfidamente:

–Así aprenderá a no atar petardos al badajo de las campanas. ¡En presidio quisiera verlo morir! ¡Fuera de aquí!

Tres minutos después, don Camilo, con la sotana atada en torno del cuello, partía como un obseso hacia Castellino en la "Wolsit" de carrera del hijo del sacristán. Alumbraba una espléndida luna y a cuatro kilómetros de Castellino vio don Camilo a un hombre sentado en el parapeto del puentecito del Foso Grande. Allí moderó la marcha, pues hay que ser prudentes cuando se viaja de noche. Se detuvo a diez metros del puente, teniendo al alcance de la mano un cachivache que se había hallado en el bolsillo.

–Joven, –preguntó – ¿ha visto pasar a un hombre grande en bicicleta, derecho hacia Castellino?

–No, don Camilo – contestó tranquilamente el otro.

Don Camilo se acercó.

–¿Has estado ya en Castellino? – inquirió.

–No; he pensado que no valía la pena. ¿Ha sido la estúpida de mi mujer la que lo ha hecho incomodarse?

–¿Incomodarme? Figúrate... Un paseíto.

–Pero ¡qué pinta ofrece un cura en bicicleta de carrera! – dijo Peppone soltando una carcajada.

Don Camilo se le sentó al lado.

–Hijo mío, es preciso estar preparado para ver cosas de todos los colores en este mundo.

Una horita después don Camilo estaba de regreso e iba a hacerle su acostumbrada relación al Cristo.

–Todo ha andado como me lo habíais sugerido.

–Bravo, don Camilo. Pero, dime, ¿te había sugerido también agarrarlo por los pies y arrojarlo a la zanja?

Don Camilo abrió los brazos.

–Verdaderamente no recuerdo bien. El hecho es que a él no le hacía gracia ver un cura en bicicleta de carrera y entonces procedí de manera que no me viese más

–Entiendo. ¿Ha vuelto ya?

–Estará por llegar. Viéndolo caer en la zanja pensé que saliendo un poco mojado le estorbaría la bicicleta y entonces pensé regresar solo trayendo a las dos.

–Has tenido un pensamiento muy gentil, don Camilo. – aprobó el Cristo gravemente.

Peppone asomó hacia el alba en la puerta de la rectoral. Estaba empapado y don Camilo le preguntó si llovía.

–Niebla. – contestó Peppone entre dientes – ¿Puedo tomar mi bicicleta?

– Figúrate: ahí la tienes. Peppone miró la bicicleta.

–¿No ha visto por casualidad si atada al caño había una metralleta?

Don Camilo abrió los brazos sonriendo.

–¿Una metralleta? ¿Qué es eso?

–Yo – dijo Peppone desde la puerta – he cometido un solo error en mi vida: el de atarle petardos a los badajos de las campanas. Debía haberle atado media tonelada de dinamita.

Errare humanum est – observó don Camilo.

Carlos Alberto Sacheri. In memoriam


Tomado del blog de Cabildo


1974 - 22 de diciembre - 2008
Ante un nuevo aniversario del martirio de CARLOS ALBERTO SACHERI






sta repetición de la palabra [Cristo Rey] resume,
esplendorosamente, la enseñanza de
SACHERI EL CATÓLICO.

El Reinado Social de
Nuestro Señor Jesucristo.
Jesucristo Rey.
La esperanza cristiana
que tiene como objetivo
a Dios Nuestro Señor.

La felicidad en el más allá,
pero la doctrina de la fe
del más allá que supone
una doctrina de la justicia a encarnar
aquí y ahora, y el aquí y ahora
para Sacheri fue
la Argentina y los argentinos.

La Doctrina Social de la Iglesia
u orden natural y cristiano,
con el hombre argentino de
carne y hueso que tenía adelante (…)
La forma de la sociedad
debe ser la que Dios quiere,
la sociedad ordenada según el Evangelio
tal cual enseña la Iglesia (…)

Murió por Cristo Rey.
Por Dios y por la Patria.
Y esto tiene un solo nombre.
CARLOS ALBERTO SACHERI MÁRTIR.

Del libro de Héctor Hernández:
“Sacheri. Predicar y morir por la Argentina”

El socialismo, negación de la Reyecía de Cristo


por el Prof. Jordán Bruno Genta

enviado por Página Católica


"Dios me ayude a seguir dando testimonio de la Verdad hasta la muerte". Con estas palabras comenzó la conferencia que publicamos hoy el Prof. Jordán Bruno Genta. El Señor no solamente concedió su ruego sino que le dio la corona del martirio el 27 de Octubre de 1974, fiesta de Cristo Rey, cuando al caer bajo las balas asesinas del Ejército Revolucionario del Pueblo trazaba, con su propia sangre, la señal de la Cruz.


risto es Rey por derecho de naturaleza y de conquista. Su carácter regio procede del misterio de la Unión Hipostática por el cual el Verbo de Dios asume íntegra la naturaleza humana sin fundirla ni confundirla con la naturaleza Divina, que es la suya original. Por lo cual pudo decir con toda justicia: "Me ha sido dada toda potestad en el cielo y en la tierra".
Al reconocer, proclamar y exaltar la realeza de Cristo, lo hacemos a través de la adoración del Verbo hecho hombre en al figura del fracaso y la derrota humanas: la Cruz. Pero el sentido de ese fracaso es la expresión más acaba del señorío en el orden humano: el sacrificio. Porque cuando adoramos al Señor en la Cruz, rendimos homenaje al sentido egregio de la soberanía que consiste en el dominio entero y total de uno mismo, para hacer de la vida un don: la Verdad que se crucifica por amor a los hombres. Este es el sentido del mando, de la jefatura, del principado; y por eso, todo real y verdadero señorío sobre la tierra en cualquier orden y nivel, ha de ser una delegación y un reflejo de la soberanía de nuestro Señor; de modo que el que manda sea el primer servidor de los suyos.
Pero, como dice Pío XI en su encíclica Quas Primas, no hay más que un reino que se opone al de Cristo y es el reino de Satanás y el poder de las tinieblas. Nosotros estamos asistiendo a la configuración del reino del Anticristo, a una nueva torre de Babel que se levanta por la acción del Socialismo, que es, como concepción atea y materialista del hombre, la vida y la convivencia, una agresión permanente a la persona humana, imagen y semejanza de Dios proyectada en la eternidad. Porque, mientras la Palabra Verdadera, haciéndose hombre, ha venido a cuidar de cada hombre, el Socialismo, cuyo origen primero es el mito de la soberanía popular que reemplaza a la soberanía de Cristo, falsifica la realidad del hombre sustituyendo la distinción de la persona por la confusión de las masas. Por eso tanto el Liberalismo como su hijo el Socialismo han lanzado encarnizado ataque sobre la Familia, institución humana elevada por el Señor a la condición de Sacramento para ser lugar de la distinción personal y la salvación de las almas. Por eso el Socialismo, en cualquiera de sus formas, aunque se presente acristianado y parafraseando el Evangelio, se opone siempre al Cristianismo. Es su negación como la masa es la negación de la persona. No más santos ni héroes, ni sabios ni poetas, ni aventura ni riesgo, ni vida esforzada y heroica, ni abnegación, ni sacrificio: masas, solamente masas anónimas.
Frente a esta negación de la persona, que es negación de Dios, oponemos la afirmación del ser del hombre, es decir: nuestro Señor Jesucristo, la Verdad crucificada por amor, la Verdad que nos ha creado y redimido. Sin Él no hay nada, ni se puede hacer nada que sea afirmación real y plena de la persona humana, que ha venido a cuidar, proteger, defender y elevar.
La ilustración: Cristo Pantocrator, mosaico del ábside de la Catedral del Salvador, Cefalú, Sicilia, que data del siglo XII

21 de diciembre de 2008

Niños Cantores de Viena

Christmas Song : Fröhliche Weihnacht überall


El Cid Campeador, ( a quien no conocen los alumnos de 6º año de Medicina, de la Universidad Austral (Opus Dei) de la Argentina

Y así Rodrigo Díaz de Vivar, llamado el Cid, cruzó las puertas de la historia y entró en la leyenda.
Que el Padre Celestial reciba entre sus brazos el alma de aquel que en la vida y en la muerte fue el más puro caballero que en buena hora llego a España.


21 de Diciembre, Cuarto Domingo de Adviento



por el R.P. Gustavo Podestá
S. TH. D., Prof. Ordinario de la Facultad de Teología de la UCA.
Ex-párroco de Madre Admirable. Buenos Aires.



Lectura del santo Evangelio según san Lucas 3, 1-6


El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea , siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Filipo tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene, bajo el pontificado de Anás y Caifás, Dios dirigió su palabra a Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto. Este comenzó entonces a recorrer toda la región del río Jordán, anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados, como está escrito en el libro del profeta Isaías: Una voz grita en desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos. Los valles serán rellenados, las montañas y las colinas serán aplanadas. Serán enderezados los senderos sinuosos y nivelados los caminos desparejos. Entonces, todos los hombres verán la Salvación de Dios.





SERMÓN


ualquier aproximación a religiones no cristianas nos introduce inmediatamente en el mundo del mito. Es decir el de las ideas más o menos aproximadas de lo divino o de lo humano, expresadas mediante imágenes, arquetipos, alegorías, relatos que acaecen en regiones paralelas al tiempo, fuera de nuestra realidad mundana... Piénsese en los mitos griegos: Prometeo, Dionisios, Afrodita, Perséfone... Todo sucede en zonas intemporales, desubicadas, sin afincamiento concreto en la historia de los hombres; cuanto mucho, indicando constantes, patrones de ser o de conducta aplicables a cualquier momento. Lo mismo las falsas divinidades de Egipto, Mesopotamia, Canaán -en el entorno bíblico-, o las hindúes, chinas, amerindias. Sus supuestas divinidades tienen enredos, vicisitudes que suceden en cronologías extramundanas. Su relación con la historia de los hombres es o inexistente o puramente aleatoria, ocasional.
Es verdad que la Sagrada Escritura también utiliza algunos mitos para definir al hombre y sus relaciones con Dios. Mitos que se concentran, empero, en los once primeros capítulos del Génesis. El más conocido: el de Adán, ha 'adam, 'el hombre', figura mítica que profundiza simbólicamente las permanentes relaciones del ser humano con Dios y con sus semejantes, y que es aplicable a todos los hombres de todos los tiempos.
Pero, a diferencia de todo el resto de las falsas religiones, el Dios de Israel, Yahvé, el Dios cristiano, el Padre de Jesucristo, no pertenece al mundo mítico: interviene en la historia concreta de los hombres. Y la Biblia no es un tratado de teosofía, es, antes que nada, el testimonio de una historia de hombres conducidos por Dios hacia la salvación, hacia la Vida. A Dios se lo presenta, ciertamente, como autor del universo -en Génesis uno- y, luego, Señor de la historia y Salvador de su Pueblo, pero, estrictamente, Él no tiene 'historia'. No hay un mito que hable de sus andanzas celestes, olímpicas, a la manera de Júpiter o Zeus, no tiene prehistoria, no hay un relato intemporal que cuente algún tipo de nacimiento o gesta previos a su actuación en el mundo. Simplemente 'Es', 'Existe', y su dimensión propia, la eternidad, no tiene de ninguna manera ni crónica, ni sucesión. Tampoco la creación forma parte de Su historia, sino de la del hombre. Dios "Es", aunque la creación no hubiera existido nunca y ésta no le añade un ápice de perfección a la plenitud de su Ser.
Y, sin embargo, cuando su actuar se introduce en el tiempo, lo hace bien en concreto, acercándose al hombre y al mundo tal cual son, en su temporalidad y espacio. Yahvé es, en la historia de la salvación un Dios plenamente 'con nosotros'. El Emanu-El, el que, finalmente, en Jesucristo, se hará bien hombre, en un tiempo y geografía determinados, no en una línea intemporal mítica que correspondiera a -cuanto mucho-, procesos interiores de la psique humana, situaciones desencarnadas, influjos que solo tocarían niveles despojados de lo concreto, de la vida, de las preocupaciones cotidianas, en la impasibilidad del budista o del brahmán.
Es por ello que a Lucas, al marcar el inicio del momento público de la salvación, cuando Juan el Bautizador comienza su prédica, no le basta datar una fecha -el año 27 de nuestra era-, sino que ubica bien históricamente ese acontecimiento, con una prolijidad que linda casi con la exageración, en medio de los grandes protagonistas bien terrenos de la época. Como si nosotros dijéramos: "En el tercer año de la presidencia de Bush, cuando su embajador Tal gobernaba el área, siendo Kirchner primer magistrado de la Argentina, Solá caudillo de Buenos Aires, García intendente de General Pico, bajo el obispado de Bergoglio y de Aguer, Dios dirigió su palabra a Oscar, hijo de Ojea, que estaba en su parroquia del Socorro". Algo así suena lo de Lucas. Bien concreto, lejos de todo mito, en la realidad de personajes, aunque bien conocidos, de ninguna manera ideales, legendarios. Tiberio, el poderoso, astuto y cruel sucesor de Augusto. Poncio Pilato, el procurador, representante del poder imperial en la provincia judía. Los dos reyezuelos Herodes y Felipe, 'tetrarcas' -es decir, jefes de una cuarta parte de determinado territorio -, en este caso, respectivamente, de Galilea e Iturea. Lisinias, tetrarca de Abilene...
Precisamente este Lisinias, tetrarca de Abilene, marca a las claras ese interés de Lucas por ser concretísimo para aquellos a los cuales escribe. Es como el intendente de General Pico; porque lo cierto es que, en la historia, nadie lo recuerda. Hay una inscripción, en una piedra por allí perdida y hoy guardada en algún museo, que certifica su existencia, pero ningún dato sobre él. Por otro lado Abilene es una región al oeste de Damasco sin ninguna importancia y que no tiene nada que ver con la historia bíblica ni de Israel. Tan descolgada viene esta mención de Abilene, de General Pico, que algunos piensan que representa un detalle curioso de algún interés personal que Lucas tenía por ese lugar. Muchos, incluso, sugieren que, a lo mejor, Lucas era originario de Abilene; y lo llevan a mencionar la región sus recuerdos de infancia en su General Pico. Vaya a saber. La cosa, de todos modos, es que la mención contribuye a esta intención explícita de Lucas de marcar que está contando una historia realísima, bien en el mundo y en su tiempo, y no una mera leyenda religiosa ni, mucho menos, un mito.
También lo de Anás y Caifás tiene su colorido local. Lucas dice: "ocupando el Sumo Sacerdocio Anás y Caifás". Todos sabemos que solo había un único Sumo Sacerdote, un Pontífice, un pontificado. Mencionar a ambos era como decir 'había dos presidentes'. La realidad, tal cual la sabemos por múltiples fuentes, era que efectivamente el cargo lo ejercía Caifás. Anás había sido Sumo Sacerdote antes que él. Lo que pasaba era que Caifás, siendo yerno de Anás, había sido impuesto en el cargo por su suegro y, en la práctica, el poder seguía pasando por él. Una especie de Alfonsín o Duhalde de la época, después de haber dejado la presidencia.
Ven, Dios no actúa en paisajes bucólicos, en situaciones ideales, allí donde hay gente piadosa o las circunstancias le son favorables, sino en el mundo real, aquí en donde nos toca luchar a todos, vivir como varones y mujeres, y ¡hacernos santos! No son las circunstancias las que transforma Dios, sino a las personas en medio de ellas.
Y ese es el primer mensaje del evangelio lucano puesto en boca de Juan el Bautizador. Dios viene al encuentro de la libertad humana. Cristo es precedido por Juan, último y acabado fruto de una larga línea de profetas y predicadores, tratando de orientar a su pueblo y educarlo en la libertad. Juan es el desembocar de la historia humana que comienza con la aparición del primer 'homo sapiens' y que, en Israel, pretende lograr de sus miembros una respuesta libre, de entrega y amor, a la definitiva y plena intervención de Dios, mediante Su Hijo Jesucristo. Dios, haciéndose huesos y sangre, hígado y cerebro, historia, tiempo y espacio, en el seno de la Virgen. También pasando a través de la libertad de su aceptación, de su 'hágase en mí según tu palabra'.
¡'A la conversión'!, llama Juan. El término 'conversión', tiene, como fondo semítico, el verbo hebreo "sub", 'dar vuelta', 'enderezar'. Traducido al griego, 'metanoein', 'cambiar de mente', 'pensar bien'. En el lenguaje bíblico, inescindiblemente, cambiar de cabeza y de corazón. No podemos entender las cosas de Dios con el lenguaje, los intereses, los deseos y las ideas de los diarios, de la televisión, de la estupidez del ambiente, de las cortas miras de nuestros contemporáneos, del espíritu 'light' de nuestra época, del revanchismo y envidia de los políticos promotores de piqueteros, de los irresponsables gestores de la cosa pública, de los destructores de la moral, de los compradores de votos, de los estudiantes que no estudian, de los padres que no son padres, de los hombres que no son hombres... La Palabra de Dios, como toda palabra, debe ser oída, apreciada, entendida, por varones y mujeres libres, o que quieren en serio la libertad.
No: no la vas a oír, no la vas a apreciar, si abajado a la chabacanería de este mundo, a sus miras pedestres, a sus slogans de cuarta, a sus diversiones por centímetro cuadrado de piel... Ni en medio de la estulticia, del error, de la mentira, de la ideología anticristiana, de todo ese mundo de ideas y deseos desviados que, por ósmosis, flotando en el ambiente, en la sociedad, en los medios, penetra aún en los mejores.
El encuentro con Cristo, por más gratuito que sea, por imposible que sea conseguirlo al hombre si Él no viene a nosotros -sostiene hoy Lucas-, no puede producirse sino con quien de alguna manera se prepara -mediante la conversión, la búsqueda, la nostalgia de cosas mejores, el hambre de lo bello, el pensar riguroso, el intento del dominio de uno mismo para atender las ansias superiores-, a hacerse adecuado oyente de Su Palabra.
De allí que sea siempre Juan el Bautizador la figura humana con la cual la liturgia abre el tiempo de Adviento: estas semanas dedicadas a preparar nuestro encontrarnos con el Jesús que llega, abrigado al calor del vientre de María.
Y, como hace dos mil años, Jesús pretende alcanzar a nuestras vidas no en una situación ideal, de paz, de serenidad, de holgura y de salud, sino en esta nuestra situación bien 'aquí y ahora', en este contexto político, en esta Argentina quebrada, obras sociales que no andan, servicios públicos que peligran, nuestros bienes menguados y confiscados, delincuentes sueltos por la calle... Con nuestros particulares problemas de familia, de General Pico, de Abilene, nuestros noviazgos y matrimonios, nuestros hijos, nuestros estudios, nuestras ilusiones, nuestros fracasos, nuestras alegrías y tristezas...
Juan no viene a pedir ni a hacer que cambien las cosas, sino que cambiemos nosotros, que preparemos, en nuestros corazones, un camino para Dios, que rectifiquemos nuestras vidas, que insistamos en nuestras cualidades buenas, y que domeñemos y ahuyentemos a las malas, las mediocres, las menos nobles, nuestros 'senderos sinuosos'...
Para que la llegada del Señor nos encuentre erguidos, expectantes, bien dispuestos, preparados para poder acompañarlo, cabalgando a su flanco, tanto a sus batallas, como, finalmente, al consumado triunfo de su gloria.