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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

3 de enero de 2009

La Nobleza (condición cuasi desconocida)








por el
R.P. Leonardo Castellani






(capítulo 25 de su libro El Nuevo Gobierno de Sancho)














Del fatigado fin y terminamento que tuvo el glorioso segundo gobierno de Sancho.


l llegar a este punto el arábigo cronista de los 364 días que duró el fatigado cuanto fructuoso gobierno del ilustre y descomunal manchego, escudero de don Quijote y retoño natural de Cervantes, Sancho Panza Primero y Único, cambia repentinamente Cide Hamete (h.) de estilo y tono, tan rotamente que formales historiógrafos llegan a sospechar se deban estas últimas páginas a otra menos agraciada mano, y dejando los rubicundos Febos del comienzo, así como los golpes de bombo, zambomba y zapatetas con que terminaba a la morisca sus diarias estenografías, entre broma y broma empieza a dejar asomar atisbos de intenciones trascendentales que en tal péñola no se sospechaban, por más que se supiese de cuánto tiempo antes el moro Hamete habíase reducido al gremio de nuestra Santa Madre la Iglesia Católica. Pero al llegar a este punto declara también el traductor que, estando ya fatigado de tan prolija como ingrata tarea -puesto caso que los traductores en esta Ínsula se pagan módicamente-, y faltando por otra parte en el legajo que le legara el moro gran copia de hojas, desaparecidas unas y otras evidente y maliciosamente borradas, ha resuelto suprimir por ahora y prometer para una segunda parte todos los restantes días, por no ser éste en modo alguno cuento de mil y una noches sino «grande e general ystoria», y saltar de golpe al heroico y fatigado remate que tuvo no sólo el gobierno, más aún la persona del gran Sancho, sin lo cual fueran altamente defraudados y pondríanle pleito los lectores. El cual fin y acabamiento sucedió después que Sancho se negó a reformar los refranes y licenció al Fabril de Frases Hechas, como antes quedó narrado.

Estos dos graves errores originaron un general descontento, principalmente entre los lenguaraces, traductores, intérpretes, imitadores, pasticheros y demás literatos de la ínsula, los cuales emigraron a la ínsula llamada La Otra Banda, y se aliaron con una gran ínsula vecina muy adelantada y poderosa llamada del Río Enero, comenzando con dinero proporcionado por otras dos inmensas ínsulas defensoras de la civilización y del derecho una intensa campaña contra el gordito y optimista Gobernador, presentándolo como enemigo del Progreso, la Cultura y la Democracia, y armándole conspiraciones por todos lados.

Sancho que por desgracia suya no previó la fuerza virulenta que tienen las lenguas sueltas y alquiladas plumas, a las que siempre despreció un poco, así como a los escribidores engreídos, cometió el tercer error, que fue no alquilar otras plumas y lenguas mucho peores y más salaces para su defensa, y en cambio esperarlo todo de sus obras buenas, de su nunca desmentida excelente intención, y del buen sentido del pueblo. Bien es verdad que en este punto falló como consejero, según parece, el Capellán del Reino. Y así llegó aquella noche triste -que en los anales de la Ínsula Agatháurica se llama todavía la Noche Magna y Fatídica- en que las fuerzas libertadoras y extranjeras cercaron el palacio Dusal y las fuerzas fieles se presentaron a Sancho para animarlo y corroborarlo, desolado y sentado solo en medio de su inmenso y sepulcral palacio.

La presentación fue en este modo.

Entró primero un grupo sumamente heterogéneo de gentes vestidas de toda guisa, creo que hasta monjas y clérigos había entre ellos, y no pocos militares, estancieros y profesores. Los guiaba un hombre alto, delgado, atezado, de paso flexible y gauchesca indumentaria.

-¿Qué hay? -dijo Sancho.

-Señor -dijo el gauchito-, somos los nobles de la Ínsula.

-En mi Ínsula no existían nobles. Éramos todos democráticos.

-Existían, señor, pero desconocidos. Ni ellos mismos lo sabían claro.

-¿Y usté quién es, que me parece lo conozco?

-Soy el hijo mayor de Martín Fierro. Así nos pasaba a nosotros. Apenas nos topábamos nos parecía bruscamente conocernos. Vivíamos desapartados. Ésa fue nuestra fatalidad.

-¿Y qué es un noble? -dijo Sancho.

-Difícil es de definir, señor. Eso se siente y no se dice.

-Es un hombre de corazón -saltaron en el grupo voces por todos lados-. Es un hombre que tiene alma para sí y para otros. Son los nacidos para mandar. Son los capaces de castigarse y castigar. Son los que en su conducta han puesto estilo. Son los que no piden libertad sino jerarquía. Son los que se ponen leyes y las cumplen. Son los capaces de obedecer, de refrenarse y de ver. Son los que odian la pringue rebañega. Son los que sienten el honor como la vida. Los que por poseerse pueden darse. Son los que saben cada instante las cosas por las cuales se debe morir. Los capaces de dar cosas que nadie obliga y abstenerse de cosas que nadie prohíbe. Son los...

-Basta -dijo Sancho-, entiendo. ¿Entonces noble es aquel que sabe hacer las cosas bien y no puede prestarse a la chapucería?

-Así es, señor. Y ésa fue nuestra desgracia.

-¿Cómo desgracia?

-Nos desalojó de por todo el mercantilismo de la época. Cuando no nos dejaban hacer las cosas excelentemente, renunciábamos despechados, y ocupaba nuestro puesto un plebeyo simulador, un imitador o pastichero. Y así imperceptiblemente el oro se volvió oropel, el oropel chamelote y el chamelote basura y todo se vino abajo.

-¡Qué lástima! -dijo Sancho-. Había que, haber aguantado de cualquier forma y haber sido santamente más bribón que los bribones, y, como dijo el profeta Jeremías, más caradura que un judío.

-Nos faltó la unión, señor. Muy personales éramos. El águila anda sola.

-Así es -dijo Sancho-. Esto era lo que yo sentía y no entendía en mis rutas por la Ínsula. De golpe me encontraba con gente que a la media palabra nos entendíamos y solamente verlos moverse me parecían hermanos. Y eran toda gente escondida, silenciosa, humillada, alejada, achatada mismo, como diría Ramón Doll.

-Señor -dijo el gaucho-, somos nosotros, que ahora ante el peligro nos hemos unido y queremos antes de nada nombrarlo a Su Excelencia Caballero y Noble.

-¿A mí, noble? -dijo Sancho-. Mi madre fue porqueriza y mi padre estripaterrones y yo no soy más que un palurdo, con muchas mañas y muchos refranes.

-Aquí entre nosotros hay varones pobres, Gobernador, aunque de suyo para volverse noble es conveniente cierta holgura. Pero éstos suplían con la fe cristiana.

-¿Son cristianos ustedes?

-Casi todos.

-¿No hay judíos?

-Hay dos, Esplendencia, pero convertidos.

-¿Convertidos, seguro?

-Nos ofende dudándolo, Esplendor. No estarían de otro modo con nosotros, y más en este instante de aprieto.

-Es cierto -dijo Sancho-. Yo contra los judíos no tengo nada, si son como mi compadre Ricote, aunque todos los que he conocido no recuerdo ninguno que tire por este camino, quiero decir, que no sea comerciante. ¿Hay comerciantes entre ustedes?

-Ninguno, Esplendencia, aunque hay dos o tres abogados que no ejercen, y uno que ejerce, pero que es muy pobre.

-Bueno, si ustedes quieren hacerme el honor de nombrarme noble -dijo Sancho sonrojándose todo como una delicada doncella-, yo... no saben el consuelo que me dan en este momento en que mi Reino y mi vida están puestos en aventura.

Desplegó el gaucho un gran estandarte con la efigie de María Santísima de Luján y lo plantó en el suelo; y una amplia espada desenvainando que arrojó por todo el ámbito del recinto un resplandor peligroso y triunfal, pidió a Sancho que se arrodillara y rezara un Credo y una Salve, mientras él recitaba la consagración y le daba sobre las espaldas un sonoroso planazo que Sancho recibió más firme que un virote; después de lo cual una doncella le calzó unas grandes nazarenas y un clérigo lo roció con agua bendita. Mas Sancho levantándose lleno de ánimo y bríos antes que lo indicara el Ceremoniero, arrancó de manos de Martín Fierro (hijo) la antigua espada y ciñéndosela él solo a la cinta dijo con hidalguía:

-Ahora me siento capaz de morir matando, como a gobernadores cumple. Ahora brotó en mi alma la enterrada semilla del espíritu de mi Señor Quijote. Vayan las mujeres a casa, antes que se acabe de cerrar el cerco, que no debe tardar mucho según oigo que arrecia la gritería.

Íbase a cumplir la orden cuando se abrieron de nuevo los portalones y entró otra delegación, compuesta casi toda ella por viejitos y viejitas infinitamente venerables, dulces y mansitos, con unos ojos grandes, penetrantes y duros, que avanzaban caminando por los mármoles como si no tocaran el suelo.

-¿Qué es esto? -dijo Sancho-. ¿El asilo San José?

-Somos la sabiduría -dijo el muchacho joven y resuelto que los conducía-. Somos los varones y mujeres de la Ínsula que hemos llegado a ser sabios y venimos a defenderlo; y no solamente a defenderlo, sino a proclamarlo uno de nosotros.

-Medrados estamos -dijo Sancho- con tales defensas y tantas proclamaciones. Leña es lo que se quiere aquí ahora. ¿Sabios en qué son ustedes?

-Somos sabios en sabiduría.

-¿Son todos maestros y profesores universitarios? Echáronse a reír todos los viejitos con un armonioso rumor de agua y niños jugando; y al fin contestó el jovenzuelo.

-Algunos aquí son simples madres de familia, de aquellas antiguas familias numerosas, mujeres muy sencillas, pero muy listas y muy piadosas. Yo mismo no soy profesor, y lo que sé de la vida me lo enseñó la cárcel.

-¿Quién es usté?

-Soy el otro hijo de Martín Fierro -dijo el mozo.

-Gran hombre debió ser aquel Martín -dijo Sancho- por las mentas.

-Hombre entero fue -dijo el mozo no sin orgullo-, que lo único que supo hacer fue no renegar un solo instante de su Dios, de su tierra y de sus padres; y obrar en consecuencia.

-¿Y en eso está la sapiencia?

-Eso es imprescindible por de pronto; pues, ¿qué puede saber de nada quien a ser hombre no aprende?

-Y ustedes dicen que yo... Yo soy una bestia -dijo Sancho- y un paleto.

-Usté ha gobernado con un sentido común inconmensurable -dijo Fierro-, aunque ha abusado un poco de la fanfarria. Y el sentido común es la médula de la sapiencia.

-Dios sea alabado si algo me ha dado -dijo Sancho medio llorando y tratando de hablar fino-, y a ustés vaya la espresión de mi mayor...

Adelantose el gauchito con garbo y puso entre las manos del acongojado Gobernador un gran diploma en pergamino miniado de azul y oro que lo nombraba en premio de sus servicios a la patria Idóneo en Ética y Sabio honoris causa, mientras aplaudían y hasta lloraban de emoción los circunstantes y medio se desmayaban algunas señoras, sobre todo oyendo la grita y vociferío que hacían al otro lado del foso los enemigos.

Quiso Sancho salirles al encuentro, después de guardar el diploma en el seno, cuando se desportalaron otra vez las puertas y entró una tercera delegación de gente muy modosa, tranquila y decidida, cantando una especie de himno en latín, y con rosarios y crucifijos en las manos.

-¿Hay procesión? -dijo Sancho.

-Señor, son los Católicos de la Ínsula que vienen a ponerse a sus órdenes.

-¿Tan pocos católicos hay en mi Ínsula?

-No somos tan pocos. ¿Y las otras dos delegaciones?

-Yo creía que casi todos eran católicos en mi Ínsula.

-De nombre lo eran todos -dijo el avispado muchachón que dirigía-; y con el nombre mercaban y granjeaban algunos falsos; de corazón hemos quedado nosotros.

-¿Y mi amigo el Doctor Pedro Recio, que yo busco infructuosamente entre los nobles?

-Hace mucho que se pasó, señor, a los enemigos.

-¿Y el Bachiller Carrasco, que debía estar entre los sabios?

Todos los delegados callaron tristemente.

-¿Y el Capellán? -prorrumpió de golpe Sancho, levantándose temblón y desesperado y alzando las manos al cielo-. ¿Y el Capellán, Santo Dios, que debería estar entre vosotros?

Los Católicos se miraron entre ellos y al fin dijo uno de ellos titubeando:

-Estaba con nosotros ahora mismo. Cuando entramos en el castillo y el cerco enemigo se cerró del todo nadie lo ha vuelto a ver de nuevo.

Sonrió tristemente Sancho y meneó la cabeza murmurando no sé qué refrán o dístico; mas de repente se puso serio y preguntó ansioso:

-¿Y la descomunión? ¿No existía la descomunión?

-Existía pero no se usaba. Todos tenían el derecho de llamarse católicos y bastaba reclinarse contra una barandilla para que los sacerdotes les diesen la hostia, aunque sea a un criminal y a un loco.

-¿Pero no se conocían por las obras?

-Señor, bastaba hacer un diner danzante en honor de los leprosos y un bridge de caridad por las provincias pobres para ser católica distinguida; bastaba hacer un discurso en el tercer Centenario de la Compañía de Jesús para ser archicatólico y Ministro de Educación.

-Entonces -dijo Sancho con animación- se ve que no había jerarcas prácticos.

-Todos los jerarcas eran prácticos -dijo el joven adalid-, grandes truchimanes en juntar plata, llevar libros, hacer altares y aplicar el derecho canónico al prójimo. Los que faltaban eran gobernantes teóricos.

-¿Gobernantes teóricos?

-Sí, señor, gobernantes teólogos.

-Pero yo creía que los hombres inteligentes no servían para gobernar.

-Esa voz hacen correr los mediocres engreídos, cuando les entra la angurria del mando. Al revés, sólo al inteligente le toca regir. El que no sabe es como el que no ve -dijo el joven.

-Los hombres sabios no son hombres ejecutivos -dijo Sancho, por gusto de discutir más que por otra cosa.

-Mejor no ejecutar nada que ejecutar mal -retrucó el otro-. Dígame, ¿para guiar un barco, hay que tener ojos o hay que tener manos?

-Las dos cosas -dijo Sancho.

-Si sólo disponemos de un ciego y un manco, ¿quién debe ser timonel?

-El manco debe mandar al ciego que mueva la rueda y el ciego moverla -dijo Sancho-, y me extraña la pregunta. Eso es claro.

-Bien, Gobernador. Eso enseña Santo Tomás. Y eso prueba, Gobernador, que usté es soberanamente inteligente y por eso fue buen gobernador; y por tanto, siendo bautizado y habiendo cumplido su deber de estado, nosotros hemos resuelto nombrarlo Católico Auténtico y Pasable, a pesar de su mal genio, sus caprichos, su terquedad, la paliza que le aplicó al Porteño Pequeño, el duelo a revólver que tuvo con el Gran Figurón y las hablillas que corren de si tuvo o no tuvo usté algo que ver con Aldonza Lorenzo cuando le llevó el mensaje de don Quijote.

Sonrió Sancho de nuevo más tristemente que antes sin saber qué responder, y el gauchito se acercó a imponerle un escapulario del Carmen y entregarle la gran cruz de acero de la ceremonia; mas en este punto fue cuando empezó a tronar la artillería enemiga batiendo los muros y empezó a ensordecer el rugido de la soldadesca y los gritos de los capitanes arengando a su gente en uruguayo y brasileño, al mismo tiempo que las tropas enemigas se lanzaban al asalto, cantando a coro su himno nacional llamado El Himno de los Redactores de la Prensa, que el cronista intercala en este punto y nosotros intercalamos por ende y por fidelidad histórica, aunque vemos claramente que los tales versos, a pesar de su valor poético, rompen enteramente el hilo de la historia.

Dice, así:



Coro de los Redactores de la Prensa


Los santos fueron varones, ellos supieron morir,


hasta en las santas mujeres era un algo de varón


y esto es lo que no ha sabido ni podía concebir


una nación donde es libre tener o no religión.


Nos los pintan los pintores cual muñecos extasiados


en lumínicas delicias con un halo de zafir.


Mejor sería pintarlos suelos y mal afeitados


los santos, como soldados desos que saben morir.


Pero el Río de la Plata, la Argentina, es tierra ubérrima,


puede unir los corazones en más dorada ilusión:


el Progreso Inevitable y la Ganancia Integérrima


y una Nación donde es libre tener o no religión.


Fueron algo duro y fuerte y a la vez dulce y gimnástico.


Sabían de un imposible donde pugnaban por ir.


Fueron algo grave y dulce pero impetuoso y elástico


pues sabían cada instante por quién se debe morir.


Pero nosotros vivimos la vida con cuentagota,


pues es comprometedora la suprema aspiración.


No todos pueden ser reyes, puede haber países sota


y tierras donde sea libre tener o no religión.


El héroe de antaño tuvo ni un sentido del negocio,


hicieron cosas enormes pero sin saber muñir.


Nosotros, conglutinados con la lealtad del socio


podemos estructurarnos un país de porvenir.


Los santos y los poetas con sus gozos y miserias


con los otros metafísicos pueden ir en procesión.


Nosotros nos ocupamos en hacer las cosas serias


y una nación donde es libre tener o no religión.


Miren cómo es grande y seria, cómo progresa Yanquindia.


Yanquindia cómo ha sabido la mejor parte elegir,


en tanto que South América como una histérica india


que se olvida de la vida pensando en saber morir.


Que canten los engrupidos de un Ideal Imposible


su orgiástica clarinada de violencia y decisión,


Nos Fraternidad Eterna somos, y PAZ Infalible


y vivir todos contentos teniendo o no religión...


¡Capitalistas y pobres en inmensa comunión!


Oyó Sancho atentamente las formidables marejadas del poderoso y laberíntico himno desde las barbacanas y después volviéndose lentamente hacia la muchedumbre de las tres delegaciones, les preguntó con esa voz lejana y como soñada de los agonizantes:

-Señores, no sé lo que me pasa. En estos momentos mi alma se ha conturbado y ¿qué diré? ¿Cómo lo explicaré? Me parece que nada de esto, por terrible que parezca, existe de verdad y que todo es mentira, ficción y sueño. ¿Existen ustedes? ¿Existo yo?

-Yo existo por lo menos -dijo con resolución el joven líder de los Últimos Católicos- y existiré siempre.

-¿Cómo te llamas?

-Yo soy el gaucho Picardía, entenado de Martín Fierro.

-Te volviste católico ahora.

-Siempre lo fui -dijo Picardía-, a pesar de ser enamorado y amigo de las bromas. Usté sabe que los católicos somos siempre en una nación los más pícaros de todos -le dijo guiñando un ojo.

Mirolo con severidad Sancho, por entender que no eran aquellos gravísimos momentos buena coyuntura para chistes; pero Picardía se echó a reír como un chiquilín, diciendo:

-¿Acaso no robamos el cielo, o nos lo regalan sin merecerlo, después de haber estado haciendo el tonto toda la vida? ¿Y no es esto la mayor picardía?

-Fuera de bromas -dijo Sancho-, contéstemén a mi pregunta. ¿Existe la Ínsula Agatháurica? ¿Existe la afamada República del Plata? ¿No es un sueño de nuestras mentes idealistas? ¿Es una verdadera nación este montón abigarrado de gentes que no se entienden? ¿Es una verdadera capital este agloberrado horripilante de barracas con pretensión de rascacielos? ¿No hay cuatro -296- ínsulas o catorce o tres o dos almenos en este inmenso territorio desarticulado? ¿Cómo puede ser una nación real este conbloberrado heterogénero de vasos no comunicantes? ¿Y quién es el que gobierna aquí de veras y al fondo? ¿Y cuál es nuestro ideal, qué es lo que tenemos que hacer en el mundo? ¿Y cuál es nuestro canto y cuál nuestra bandera y cuál nuestra lengua verdadera, sacando la lengua de comerciar y sacando el tango? ¿Y cuál es nuestra religión, somos moros o cristianos, si éstos son todos los católicos que hay y el jefe dellos es Picardía?

-Señor, Agathaura existe -gritaron todos los fieles-, y nosotros queremos que exista.

-Agathaura formal existe solamente en mi mente y en las entretelas de mi alma, y en las almas de ustedes primero: en ese querer entrañable que Agathaura exista. Afuera de nosotros -dijo Sancho tristemente- sólo existe el material de Agathaura, la estofa de Agathaura, las ruinas de Agathaura, las ruinas de un sueño pasado y el material escombroso de un inmenso sueño futuro. Este país está por hacer, hay que construirlo todo desde abajo. Señores, no me lo nieguen, desde el primer día de mi desastroso gobierno me di cuenta...

-¿Y qué importa? -gritaron todos-. ¿No es ésa la mejor manera de existir una ínsula? ¿Como ruinas de un sueño pasado y material rebelde crudo de un ensueño presente?

-Entonces ¿están conformes con eso sólo?

-¿Conformes? Alegres estamos y jubilosos y damos gracias al cielo por ello. Eso nos basta, ni merecíamos tanto.

-Entonces -dijo Sancho-, no me toca a mí hacerme el melindroso. ¡A las armas y al foso! ¡A todo el que muera, yo no le prometo una estatua sino la gloria eterna! -gritó desenvainando la enorme espada que le arrastraba, habiendo sido del señor don Quijote, y haciendo resonar las nazarenas-. ¡Afuera las espadas, y vamos a regar con nuestra sangre -precedida de la de muchos enemigos- la semilla mental invisible de la Agathaura futura!

Lo que después siguió es ya demasiado conocido por la historia de la Ínsula, a la que no es nuestro intento suplantar mas solamente completar en estas desgajadas crónicas. Lo único que añadiremos es que Sancho no murió propiamente en este combate, que sostuvo con valentía, aunque allí ciertamente perdiera el Reino, el nombre y también la honra, a causa de que sus vencedores escribieron luego por su cuenta la historia de su casiaño de gobierno, y esparcieron en ella las groseras calumnias de que no supieron librarse hasta el descubrimiento deste legajo ni siquiera historiadores como el licenciado Alonso Álvarez de Avellaneda y el doctor don Armando Legomale. Nos consta fehacientemente que Sancho el Único murió en la Patagonia, que dejó testamento y un hijo oculto al cual designó el solo sucesor legítimo de su trono, y que sus últimas palabras y confesión fueron recogidas por el capellán del Reino, ex arzobispo cismático de Caseros, el fraile Aldaba, que providencialmente fue a caer allá después de los mil vericuetos y trastornos de su aprovechada vida.

Cuya última entrevista y testamento hemos de escribir por cierto, pero en un libro diferente a éste, más serio y documentado, que anunciamos desde ahora al benévolo lector -no sea que nos vaya a salir también a nos un El Quijote apócrifo-, con el epígrafe de La verdadera vida y milagros de la sin par Dulcinea del Toboso, alias Aldonza Lorenzo, amada de don Quijote y querida de Sancho, de acuerdo a las fuentes originales y a nuevos manuscritos inéditos recientemente manufacturados; o sea, por verdadero título Su Majestad Dulcinea.

Placa colocada en Santiago de Chile


Enviado por Aldo H. Delorenzi



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Reflexión desde la vida de los Santos




Santo Tomás de Aquino

por el R.P. Jesús Marti Ballester


enviado por Aldo H Delorenzi





SANTO TOMÁS, ¿SANTO Y SABIO, O SABIO Y SANTO?

a Verdad, tan intensamente buscada y gloriosamente vivida. Acertado anduvo el pintor moderno que, al caricaturizar el siglo XX, lo simbolizó en una cabezota de proporciones enormes y en un corazón del tamaño de una avellana. ¡Brochazo más exacto del Siglo XX!…Y en efecto qué de cosas no han salido de tal magín!: locomotoras aerodinámicas gigantescas, fábricas de electricidad, veloces aviones, radiodifusión, aviones cohete, vuelos espaciales, satélites en cadena, televisión, lana de cristal, telescopios potentes como un millón de ojos humanos, Rayos X, radium, transfusión de sangre, Rayos ultravioleta, anestesia por hielo, maravillas de la neurocirugía, Internet, cibernética, teléfonos celulare, sofimática, Rayos láser…Todo eso y mucho más ha concebido esa inteligencia gigantesca. Pero, ¿el corazón?; ¿el sentido moral?- Cero en el cociente: "Parturient montes, nascetur ridiculus mus". Y, ¡qué consecuencias! Porque el hombre cabal, íntegro y equilibrado ha de crecer en todas direcciones y ha de desarrollar a un mismo ritmo entendimiento y voluntad, cabeza y corazón, es por lo que Alexis Carrel ha apodido decir que la humanidad del siglo XX está coja. No ha acertado pues el siglo XX a darnos el tipo exacto del hombre íntegro, cabal, perfecto y equilibrado, porque tales notas sólo se hallan en quien logra proporciones exactas entre su intelecto y su corazón. Y es el caso que el santo enraíza en el hombre y que donde no hay hombre no puede haber santo. Es por lo tanto necesario que estudiemos a Santo Tomás como hombre íntegro y, a través de este prisma, lograremos en ciernes, la síntesis del trabajo. Y por ello, como con una apostilla luminosa, podremos prologar el tema con el clásico aforismo: "Santo Tomás es el más santo de los sabios y el más sabio de los santos".

SANTO TOMÁS, SABIO.

Un grupo de estudiantes se acerca a la portería del convento. La campanilla llama al Prior: -¿Fray Jacobo María Luís? Que suban cuando gusten - ha contestado el Padre. Celda monacal…Ventana ojival que junta las manos en perfecta actitud orante…Una mesa grande llena de libros…Un gran crucifijo…Libros hay también en el jergón… Padre, nos parece tan absurdo el misterio de la Santísima Trinidad!!!…Hemos estudiado mucho, discutido más y hemos acordado que, pues no lo entendemos, ese misterio no puede ser real… El Padre Monsabré les abarca con una mirada franca por la que pasan chispazos de inteligencia. - Yo conozco un fraile - les dice - que contra la Trinidad sabe más que vosotros. Se admiran los estudiantes. Y aún se pasman más cuando el Padre empieza a leerles la questión 2ª de la 1ª parte de la Suma de Santo Tomás: "Videtur quod non". - "Videtur quod non". - "Videtur quod non"… Y en los estudiantes el pasmo crece… Y llega a la cúspide. Y sigue el Padre: "Sed contra est…Sed contra est… Sed contra est". Respondeo dicendum… Y les clavó las banderillas. Y aquel libro asombró a los estudiantes. Y aquél y los otros, han pasmado a los siglos. Porque las Pirámides de Egipto asombran menos. Por eso, expresando el sentir de la cristiandad, pudo muy bien decir Juan XXII en la cananización del Santo: "Después de los Apóstoles, ningún otro Doctor ha iluminado a la Iglesia con tanta luz". Y San Pío X: "En sus libros aprovecha más el hombre en un solo año que en el estudio de los demás en toda la vida". Y poco más o menos decía Lacordaire, el célebre dominico predicador de Notre Dame de París.

SANTO TOMAS, SANTO

Lector hebdomadario en refectorio es fray Tomás. El prior le manda que corrija una frase que, por otra parte, ha leido correctamente. Fray Tomás la corrige. - Los compañeros se admiran y le recriminan porque no ha hecho prevalecer su criterio sabiendo que estaba en lo cierto. Y responde Tomás: - "No interesaba entonces leer bien, sino obedecer al prior". Antes le vimos sabio; acabamos de verlo santo. Veamos ahora cómo se relacionan su santidad y su sabiduría hasta el punto de que este genio prócer sea sabio por santo y santo por sabio.


TOMÁS, SABIO POR SANTO.

Porque la pureza de pensamiento exige la pureza de alma. Porque cuando el hombre se apaga para la carne se enciende para la idea. Porque - ha dicho Gratry - la mortificación de los sentidos es un prerrequisito par pensar y ella sola puedee conducir a la clarividencia. Y, por eso, si el Aquitanense es Doctor por el vuelo soberbio de su alado genio, es Angélico por la impoluta nitidez de su casta carne que, procedente de las riberas del Tirreno, se había revestido de las alburas del Carmelo y del Hermón. Atleta de la fe, casto, sobrio, pronto al ímpetu, pero lejos de todo exceso, era todo él un alma, una inteligencia servido por unos órganos, según la clásica definición. Sabio por santo. - Así pensaba el Aguila y así hablaba el Buey Mudo: - "Te aconsejo - dice en su "Carta a un estudiante", de palpitante actualidad para nosotros, - que seas tardo en el hablar y que, absteniéndote de frecuentar lugares de disipación y en que se habla mucho, conserves la pureza de conciencia. Frecuenta, en cambio, la oración; y, amigo del retiro, podrás llegar al santuario de la sabiduría". Y así lo cumplía el Gigante: Tres años permaneció taciturno y respetuoso en la escuela de Alberto Magno, entre sus condiscípulos religiosos y laicos, franceses, italianos y españoles, alemanes, ingleses y flamencos, hasta el punto de que aquella juventud apasionada, parlera y bulliciosa le motejase como "Buey Mudo". ¿Por qué estuviste tres años callado en la escuela de Alberto Magno? - le preguntó más tarde un amigo íntimo; y el santo, que rindió siempre tributo a la amistad, contestó a su interlocutor: - Porque aún no había aprendido a hablar en presencia de Alberto. ¡Digna atmósfera su silencio de su alma gigante! En esta, como en otras ocasiones, Santo Tomás nos descubre que sabía y vivía que los más hermosos cantos de la naturaleza se oyen en el silencio de la anoche: el ruiseñor, el sapo de voz de cristal, el grillo, cantan en la noche. El gallo anuncia el día, pero no lo espera. El silencio del Angélico es el del místico que ve a Dios cerca y que intensamente desea acercárselo más. Por eso sigue en sus consejos a un estudiante: "estima tu celda, si deseas ser introducido en la bodega del vino". Consecuencia de su embriaguez de Bien fue su clarividencia.

Y SI FUE SABIO POR SANTO FUE SANTO POR SABIO.

Porque siendo Vida la Verdad, cuando ésta crece, se intensifica la otra. Llega a la meta de la santidad quien realiza al ápice el plan de Dios sobre su vida. Ahora bien, si el intelectual - en frase de Sertillanges - es un consagrado, aparece claro a la luz de esta verdad, que entonces hará éste carne en su vida el plan de Dios, cuando llene íntegramente su vocación de intelectual. Santo Tomás pues, siendo sabio y únicamente por serlo - por cuanto en el orden divino todo caso humano y cristiano es un caso incomunicable y único - plasmó el plan de Dios y, por ende, su santidad. Destinado a ser lumbrera, no quiso ocultar bajo el celemín el resplandor grandioso que la Madre Iglesia esperaba del Sol de Aquino. Y por ello, porque anduvo su camino - el que la Providencia le señalara, el único bueno para él, pues que para el sabio todos los caminos son malos menos el suyo, - Fray Tomás fulgura en la gloria "perfecte amantium quia facie ad faciem contemplantium", en frase de San Agustín, "quasi scintillae in perpetuas aeternitates". Es esto lo que él pidió al Crucificado que le hablaba. El hecho místico sucedió así: Una noche entró en éxtasis ante el Crucificado. El Hermano Domingo de Caserta lo vió levantado en alto mientras oía una voz sobrenatural: "Bene scripsisti de me, Thoma". ¿Qué recompensa quires por tu trabajo?… Y dijo el Santo Doctor: "Ninguna más que Vos, oh Señor". Santo Tomás llegó a la cúspide de la Gran Pirámide donde últimamente, se unen la Verdad y la Vida. Subió por aristas distintas; culminó en vértice común.

SANTO TOMÁS SABIO POR SANTO Y SANTO POR SABIO.

En él - dijo Grabman - es imposible separar el santo del sabio. Porque la Verdad y la Vida, como la Sofía y el Amor eternos, siendo realidades distintas, coinciden. Un punto eterno le da origen. El mismo punto eterno, común y único prende, en su meta infinita, el broche eterno de la unión substancial.

Navidad


por Gilbert K. Chesterton


Tomado de Stat Veritas









a Navidad, que en el siglo XVII tuvo que ser rescatada de la tristeza, tiene que ser rescatada en el siglo XX de la frivolidad. La Navidad, como tantas otras creaciones cristianas y católicas, es una boda. Es la boda del más indómito espíritu de gozo humano con el más elevado espíritu de humildad y sentido místico. Y el paralelo de una boda es bien válido en más de una manera; porque este nuevo peligro que amenaza la Navidad es el mismo que hace tiempo ha vulgarizado y viciado las bodas. Es lógico que haya pompa y gozo popular en una boda; de ninguna manera estoy de acuerdo con los que querrían que fuera algo privado y personal, como la declaración de amor o el compromiso de matrimonio. Si una persona no está orgullosa de casarse, ¿de qué podrá enorgullecerse?, ¿y por qué se empeña entonces en casarse? Pero en casos normales todo este jolgorio que se organiza está subordinado al matrimonio porque existe “en honor” del matrimonio. Fueron a ese lugar a casarse, no a alegrarse; y se alegran porque se han casado. Sin embargo, en tantas bodas de famosos se pierden de vista por completo este serio objetivo y no queda nada más que la frivolidad. Porque la frivolidad es el intento de alegrarse sin nada sobre lo que alegrarse. El resultado es que al final hasta la frivolidad como frivolidad empieza a desvanecerse. Quienes empezaron a juntarse sólo por diversión acaban haciéndolo sólo porque está de moda; y no queda ni siquiera la más débil sugestión de regocijo, sino tan sólo de ruido y alboroto.
De manera parecida, la gente está perdiendo la capacidad de disfrutar la Navidad porque la ha identificado con el regocijo. Una vez que han perdido de vista la antigua sugestión de que es por alguna cosa que ocurre, caen naturalmente en pausas en las que se preguntan con asombro si es que ocurre algo de verdad. Que se nos diga que nos alegremos el día de Navidad es razonable e inteligente, pero sólo si se entiende lo que el mismo nombre de la fiesta significa. Que se nos diga que nos alegremos el 25 de diciembre es como si alguien nos dice que nos alegremos a las once y cuarto de un jueves por la mañana. Uno no puede ser frívolo así, de repente, a no ser que crea que existe una razón seria para ser frívolo. Un hombre podría organizar una fiesta si hubiera heredado una fortuna; incluso podría hacer bromas sobre la fortuna. Pero no haría nada de eso si la fortuna fuera una broma. No sería tan bullicioso, le hubiera dejado puñados de billetes bancarios falsos o un talonario de cheques sin fondos. Por divertida que fuera la acción del testador, no sería durante mucho tiempo ocasión de festividades sociales y celebraciones de todo tipo. No se puede empezar ni siquiera una francachela por una herencia que es sólo ficticia. No se puede empezar una francachela para celebrar un milagro del que se sabe que no es más que un engaño de milagro. Al desechar el aspecto divino de la Navidad y exigir sólo el humano, se está pidiendo demasiado a la naturaleza humana. Se está pidiendo a los ciudadanos que iluminen la ciudad por una victoria que no ha tenido lugar.
Hoy nuestra tarea consiste en rescatar la festividad de la frivolidad. Es la única manera de que vuelva a ser festiva. Los niños todavía entienden la fiesta de Navidad: algunas veces festejan con exceso en lo que se refiere a comer una tarta o un pavo, pero no hay nunca nada frívolo en su actitud hacia la tarta o el pavo. Y tampoco hay la más mínima frivolidad en su actitud con respecto al árbol de Navidad o a los Reyes Magos. Poseen el sentido serio y hasta solemne de la gran verdad: que la Navidad es un momento del año en el que pasan cosas de verdad, cosas que no pasan siempre. Pero aun en los niños esa sensatez se encuentra de alguna manera en guerra con la sociedad. La vívida magia de esa noche y de ese día está siendo asesinada por la vulgar veleidad de los otros trescientos sesenta y cuatro días.

2 de enero de 2009

La Sábana Santa, imagen de Cristo muerto (11)


por el R. P. Raimondo Sorgia, OP




11. Investigaciones en torno a la Sábana



l cerrar la introducción se hablaba de la posibilidad de que desde el espacio nos llegue hoy el rayo de una estrella situada a años-luz de nosotros, y de que sea vista por quien está mirando al cielo. Ciertamente en estos últimos treinta años muchos estudiosos han seguido dirigiendo sus telescopios hacia la Sábana, con resultados a veces distintos e incluso opuestos, como sucede en astronomía, al profundizar en el conocimiento de los cuerpos celestes objeto de sus estudios.

Frente a quien, convencido por las múltiples pruebas a favor, se declara defensor de la plena autenticidad de la Sábana como lienzo fúnebre que envolvió el cuerpo de Cristo después de su muerte en la cruz, surge de vez en cuando alguien que, sintiéndola como un cuerpo extraño, intenta por todos los medios rechazarla, poniéndola entre las más celebres falsificaciones que se hayan dado en la historia.

Veamos, por el contrario, una síntesis de las pruebas que aseguran la autenticidad de la Sábana Santa. Da confianza y conmueve la seriedad con que la ciencia del siglo XX se acerca a los interrogantes que rodean al hombre en general y en particular a éste de la Sábana. Si no está al servicio de una ideología, el científico de hoy camina de puntillas, con humildad, alrededor de realidades que le sobrepasan. Podemos confiar en que el científico auténtico no esconderá nada, y no afirmará nada antes de haber verificado cada hipótesis. Las opiniones personales cuentan más bien poco.

Este es el motivo por el que conmueve la humildad del científico digno de tal nombre. Y da tranquilidad pensar que podrán surgir nuevos interrogantes, pero la ciencia, que ya ha admitido el encontrarse delante de un misterio, digno del máximo respeto y de la más atenta consideración, sabrá cómo responder también a las nuevas preguntas.

Desde 1898, hasta hoy, las más variadas disciplinas del saber humano, como la anatomía, arqueología, exégesis bíblica, química, física, electrónica, fotografía, se han aplicado con creciente perfección al análisis de este documento; de modo que, como señala oportunamente una experta en los estudios sobre la Sábana, hoy su autenticidad no se encuentra en discusión (M. E. Patrizi, La macro-fotografia nello studio della Sindone, en «Il Tempo», 30-III-1978).

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Juan Donoso Cortés: Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo (22)




Capítulo V



Continuación del mismo asunto.






l más consecuente de los socialistas modernos, desde el punto de vista de la cuestión que venimos ventilando, me parece ser Roberto Owen, cuando rompiendo en abierta y cínica rebelión contra todas las religiones, depositarias de los dogmas religiosos y morales, negó de un golpe el deber, negando no sólo la responsabilidad colectiva, que constituye el dogma de la solidaridad, sino también la responsabilidad individual, que descansa en el dogma del libre albedrío del hombre. Negado el libre albedrío, Roberto Owen niega la transmisión de la culpa y la culpa misma. Hasta aquí no puede dudarse sino que hay lógica y consecuencia en todas estas deducciones; pero donde comienza la contradicción y la extravagancia es cuando Owen, negada la culpa y el libre albedrío, afirma y distingue el bien y el mal moral, y cuando, afirmando y distinguiendo estas cosas, niega la pena, que es su consecuencia necesaria.

El hombre, según Roberto Owen, obra en consecuencia de convicciones invencibles. Esas convicciones le vienen, por una parte, de su organización especial, y por otra, de las circunstancias que le rodean; y como él no es autor ni de aquella organización ni de esas circunstancias, síguese de aquí que así las primeras como las segundas obran en él fatal y necesariamente. Todo esto es lógico y consecuente; pero por lo mismo es ilógico, contradictorio y absurdo afirmar el bien y el mal cuando se niega la libertad humana. El absurdo llega hasta lo inconcebible y lo monstruoso cuando nuestro autor intenta fundar una sociedad y un gobierno en esta yuxtaposición de seres irresponsables. La idea del gobierno y la idea de la sociedad son correlativas a la de la libertad humana. Negada la una, procede la negación de las otras juntamente; y cuando no se niegan o se afirman todas a la vez, no se hace otra cosa sino afirmar y negar la misma cosa a un mismo tiempo. Yo no sé si hay en los anales humanos testimonio más insigne de ceguedad, de inconsecuencia y de locura que el que Owen da de sí cuando, después de haber negado la responsabilidad y la libertad individual, no satisfecho con la extravagancia de afirmar la sociedad y el gobierno, pasa todavía más adelante, y da consigo en la extravagancia inconcebible de recomendar la benevolencia, la justicia y el amor a los que, no siendo ni responsables ni libres, ni pueden amar ni pueden ser justos ni benevolentes.

Los límites que me he impuesto a mí propio al emprender esta obra me impiden pasar aquí tan adelante como fuera menester por el anchísimo campo de las contradicciones socialistas. Las expuestas bastan y aun sobran para dejar puesto fuera de toda duda el hecho incontrovertible de que el socialismo, desde cualquier punto de vista que se le considere, es una torpe contradicción, y que de sus escuelas contradictorias ninguna otra cosa puede salir sino el caos.

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El Pequeño mundo de Don Camilo (8)

Por Giovanni Guareschi

Capítulo 8

El Tesoro




LEGÓ a la casa parroquial el Flaco, un joven excombatiente de la resistencia que oficiaba de mensajero de Peppone cuando éste luchaba en los montes, y que ahora estaba empleado de mandadero en la Municipalidad. Traía una carta grande, de lujo, escrita a mano en letra gótica y con el membrete del partido.

Vuestra Señoría queda invitada a honrar con su presencia la ceremonia de proyecciones sociales que se desarrollará mañana a las 10 horas en la Plaza de la Libertad.
El Secretario del Comité, camarada Bottazzi Alcalde José.

Don Camilo encaró al Flaco.

–Dile al camarada Peppone alcalde José, que no tengo ningún deseo de ir a escuchar las acostumbradas pamplinas contra la reacción y los capitalistas. Las sé de memoria.

–No, – explicó el Flaco – no habrá discursos políticos. Será una ceremonia patriótica de proyecciones sociales. Si usted se niega a concurrir significa que no entiende nada de democracia.

Don Camilo meneó gravemente la cabeza.

–Si las cosas son así, no he dicho nada.

–Bien. Dice el jefe que vaya de uniforme y con todos los utensilios.

–¿Qué utensilios?

–Sí, el baldecito y el pincel; hay mucho que bendecir.

El Flaco hablaba de este modo a don Camilo precisamente porque el Flaco era un tipo que por su talla especial y agilidad diabólica, en la montaña podía pasar entre las balas sin recibir un rasguño. Así, cuando el grueso libro lanzado por don Camilo llegó donde estaba la cabeza del Flaco, este ya había saltado fuera de la rectoral y apretaba los pedales de su bicicleta.

Don Camilo se levantó, recogió el libro y fue a desahogarse con el Cristo del altar.

–Señor, – dijo – ¿será posible que no se pueda saber qué están tramando esos para mañana? Nunca vi cosa tan misteriosa. ¿Qué significarán todos estos preparativos? ¿Qué significan los ramos que están plantando en torno del prado entre la farmacia y la casa de los Baghetti? ¿Qué diablura estarán maquinando?

–Hijo, si fuese una diablura, en primer lugar no la harían a la vista de todos y, en segundo lugar, no te llamarían para la bendición. Ten paciencia hasta mañana.

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1 de enero de 2009

1 de Enero, Cicuncisión de Nuestro Señor Jesucristo y Octava de su Natividad





Sto. Tomás de Aquino




Suma Teológica. Parte III. Cuestión 37






bjeciones por las que parece que Cristo no debió ser circuncidado.

1. Cuando llega la verdad, cesa la figura. Ahora bien, la circuncisión fue impuesta a Abrahám en señal de la alianza que se establecía con la descendencia que nacería de él, como se ve por Gen 17. Y esta alianza se cumplió con el nacimiento de Cristo. Luego la circuncisión debió cesar al instante.

2. toda acción de Cristo es una instrucción para nosotros ; por lo cual se dice en Jn 13,15: Ejemplo os he dado para que, como yo hice, hagáis también vosotros. Pero nosotros no debemos ser circuncidados, según palabras de Gal 5,2: Si os circuncidáis, Cristo no os servirá para nada. Luego parece que ni Cristo debió ser circuncidado.

3. la circuncisión se ordena al remedio del pecado original. Pero Cristo no contrajo tal pecado, como consta por lo dicho anteriormente (q.4 a.6 ad 2; q.14 a.3; q. 15 a.l). Luego Cristo no debió ser circuncidado.

Contra esto: está lo que se dice en Lc 2,21: Cuando se cumplieron ocho días para circuncidar al Niño.

Respondo: Hay que decir: Cristo debió ser circuncidado por muchos motivos. Primero, para demostrar la verdad de su carne humana, contra Maní, que sostuvo que Aquél tuvo un cuerpo fantástico (véase supra q.5 a.2; q.16 a.l); y contra Apolinar, que defendió que el cuerpo de Cristo era consustancial con la divinidad (véase supra q.5 a.3; q.18 a.l); y contra Valentín, que afirmó que Cristo trajo su cuerpo del cielo (véase supra q.5 a.2).

Segundo, para dar por buena la circuncisión, instituida antiguamente por Dios.

Tercero, para demostrar que era de la raza de Abrahán, la cual había recibido el precepto de la circuncisión en señal de la fe que había tenido en El.

Cuarto, para quitar a los judíos el pretexto de no aceptarle si hubiera sido un incircunciso.

Quinto, para recomendarnos con su ejemplo la virtud de la obediencia. Por eso fue circuncidado al octavo día, como estaba mandado en la ley (cf. Lev 12,3).

Sexto, para que el que había venido en semejanza de carne de pecado, no desdeñase el remedio con que se había acostumbrado a purificar la carne de pecado .

Séptimo, para que, cargando sobre sí el peso de la ley, librase a los demás de la carga de la misma, conforme a las palabras de Gal 4,4-5: Dios envió a su Hijo, nacido bajo la ley, para que rescatara a los que estaban bajo la ley.

A las objeciones:
1. La circuncisión, que consiste en la ablación del prepucio del órgano de la generación, significaba el despojo de la vieja generación, de la que somos liberados por la pasión de Cristo. Y por eso la realidad de esta figura no se cumplió plenamente en el nacimiento de Cristo, sino en su pasión, antes de la que la circuncisión mantenía su virtud y su posición. Y, por ese motivo, fue conveniente que Cristo, antes de su pasión, fuese circuncidado como hijo de Abrahán.

2. Cristo asumió la circuncisión en el tiempo en que estaba preceptuada. Y por eso su acción debe ser imitada por nosotros en el sentido de que observemos las cosas que están mandadas en nuestro tiempo. Porque como se dice en Ecl 8,6: Para cada negocio hay un tiempo y una oportunidad.

Y además porque, según dice Orígenes, como hemos muerto con Cristo cuando él murió, y hemos conresucitado con él cuando resucitó, así hemos sido circuncidados con una circuncisión espiritual por medio de Cristo. Y por este motivo no tenemos necesidad de una circuncisión carnal. Y esto es lo que enseña el Apóstol en Col 2,12: En el cual, es decir, en Cristo, fuisteis circuncidados con una circuncisión no hecha a mano por despojo del cuerpo carnal, sino con la circuncisión de Nuestro Señor Jesucristo.

3. Como Cristo asumió por propia voluntad nuestra muerte, que es efecto del pecado, sin tener El ningún pecado, para librarnos de la muerte y para hacernos morir espiritualmente al pecado, así también asumió la circuncisión, instituida para remedio del pecado original, sin tener El tal pecado, con el fin de librarnos del yugo de la ley y para realizar en nosotros la circuncisión espiritual, es a saber: para que, tomando la figura, cumpliese la realidad.

La Economía política y el Cristianismo




por S.E.R. Zeferino Card. González Díaz de Tuñón O.P.



II



na vez iniciada en la ciencia esta dirección, el principio católico se apoderó de ella, y bajo su inspiración apareció la verdadera ciencia de la Economía política, representada por la Economía político-cristiana. Sólo en esta escuela pueden encontrarse las verdaderas teorías de la ciencia, porque sólo el cristianismo puede dar una base sólida, segura y humanitaria a la Economía política. La Economía político-cristiana enseña que no es el fin de la sociedad, aun considerada en el orden puramente natural y civil, la simple producción de las riquezas, sino más bien su mayor difusión posible entre los hombres, pero con subordinación al bienestar moral. La Economía político-cristiana no sacrifica la prosperidad y riquezas de los individuos a la riqueza y prosperidad de las naciones, sino que procura conciliar la prosperidad de las naciones con el bienestar del mayor número posible de individuos; atiende con marcada predilección a las clases indigentes, y enseña que no debe procurarse la prosperidad [11] y la abundancia de algunas clases, en perjuicio de los individuos y del mayor número de indigentes, y mucho menos aun en detrimento de sus intereses morales y religiosos.

Y no es que el cristianismo condene las riquezas y el poder de las naciones, como tampoco condena en principio su legítima adquisición y posesión por parte de los individuos. Lejos de eso, el cristianismo hace del trabajo, principal productor y representante de la riqueza, una condición necesaria al hombre, una ley divina y hasta una virtud de las más recomendables. Lo que el cristianismo condena, porque no puede menos de condenarlo, es que las riquezas se tomen como fin y no como medio. Lo que el cristianismo reprueba son las teorías económicas que subordinan el hombre moral a las riquezas materiales; porque el cristianismo, que estimula, que aprueba y que manda el trabajo, quiere que la humanidad rica respete a la humanidad pobre; quiere que aquella no acumule riquezas materiales a expensas del bienestar material, moral y religioso de esta; quiere, sobre todo, que el gran principio de la caridad sea la base de las relaciones entre la primera y la segunda, y que los gobiernos y la legislación se inspiren en ella cuando se trata del mejoramiento de las clases indigentes.

Tal es, en resumen, la enseñanza católica en orden a la ciencia económica; tales son las bases y los principios de la escuela cristiana de Economía política, en [12] oposición con la escuela egoísta de Smith, Say y sus discípulos.

Porque es preciso no olvidarlo, y es preciso repetirlo muy alto. Si es cierto que el trabajo y la previsión constituyen dos elementos principales de la Economía política; si vienen a ser como los dos factores y generadores más importantes de la producción y distribución de la riqueza, no lo es menos que la religión de Jesucristo y las máximas del evangelio son las más propias para ejercer influencia tan poderosa como benéfica en la existencia y desarrollo de esos dos grandes elementos de producción, en esos dos grandes factores del movimiento económico. Que si la religión de Jesucristo y las máximas del evangelio aconsejan, y promueven, y prescriben, y santifican el trabajo, también aconsejan, y fomentan, y prescriben, y santifican la previsión, concediéndole el carácter honroso de la virtud. Porque, a los ojos del evangelio y del cristianismo, es una virtud, y virtud muy importante en el orden moral y religioso, esa previsión, en fuerza de la cual el hombre sin contentarse con el bienestar personal, se preocupa del bienestar de sus allegados y herederos. El hombre previsor ama, es verdad, el trabajo que produce las riquezas, pero al propio tiempo y cuando se trata de su consumo, usa de las mismas con moderación y templanza, sin dar entrada a un lujo devorador, ni a goces materiales inmoderados. La previsión, en fin, cuando se halla [13] inspirada y ennoblecida por el principio cristiano, comunica el espíritu de iniciativa, fecundiza el trabajo, se complace en los ahorros y en la moderación, pero sin matar la benevolencia y la caridad conciliando los caracteres y ventajas de la previsión con el desprendimiento y el amor del prójimo.

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El Cruzamante desea a sus lectores y amigos un Feliz y Santo Año Nuevo


Anno Domini MMIX


Protege, Señor, a los que nos consagramos a tu divino servicio; para que, entregados totalmente a las cosas celestiales, podamos, durante el nuevo año, servirte con cuerpo y alma.
Tuyos son los cielos, y tuya es la tierra. Tú fundaste el universo y todo cuanto en él se encierra. Tuyo soy yo también. Tuyo quiero ser en todos los instantes del nuevo año. Deposito sobre la patena de la oblación el nuevo año, que voy a comenzar, con todos sus trabajos, obligaciones, solicitudes, dolores y sacrificios, y lo uno todo a tu Santo Sacrificio, para mayor gloria de Dios y provecho de la Santa Iglesia; para la salvación de mi alma y para aumento de gracia y de virtud.
Señor, Tú nos das un nuevo año de vida; danos también fuerza y virtud, para que, durante este año, evitemos todo pecado, cumplamos siempre tu santa voluntad con pensamientos, palabras y obras, y te agrademos en todo momento.

Amén.



Cromagnon : Castigo y Misericordia


por el Dr. Antonio Caponetto


Tomado del Blog de Cabildo



a posibilidad y la licitud del castigo divino, son dos verdades que no han sido excluidas de las enseñanzas de la Iglesia. De ellas se habla con abundancia, desde las inspiradas páginas de las Sagradas Escrituras hasta en las fundantes respuestas del Catecismo, Castigo que pueden merecer tanto los hombres pecadores como las naciones corruptas, así en la historia cuanto en la eternidad. Reprimenda justiciera e inapelable, que bien recordaban y temían los genuinos creyentes, cada vez que la Secuencia Dies Iræ, por ejemplo, glosaba aquel texto de Sofonías, según el cual, en el día de la ira del Señor habría “estrépito y asolamiento”, aún “en las ciudades fuertes y en las altas torres”. Por cierto que esta pedagogía divina es omitida o burlada hoy, sistemáticamente, pues el sujeto contrahecho y subvertido a que ha quedado reducido el hombre, está muy lejos de discernir el acontecer desde la perspectiva sobrenatural. Pide signos entre los falsos profetas, y no sabe ver los que con verismo se le presentan. Ciega generación aquélla en la que está inserto, a la que tal vez, como lo dice el Señor, ya no se le dará ninguna otra señal, porque su corazón es de piedra.

Venga a cuento el introito para explicar el doloroso drama de los maremotos en el Pacífico, ocurridos precisamente allí, en un tiempo y en una geografía en la que el vicio abunda y han hecho una industria de la perversión de los niños. Escándalo impar para cuyos ejecutores previó Jesucristo la pena de ser arrojado al fondo del mar. Pero Asia y el Pacífico quedaban demasiado lejos de estos lares argentos, como para reflexionar demasiado; y mucho más lejos todavía la posibilidad de que algún obispo predicara sobre la ira celeste, las postrimerías, el temor de Dios y la necesaria enmienda. Paralelamente, demasiado cerca quedaba el fin de año y el veraneo, con su clima de gula y de relajo, de bacanal estruendosa y necia. El festín podía continuar su curso, y la blasfema muestra de un estulto reabrirse, y el sacrilegio multiplicarse, y el infierno negarse, y la infamia acrecer, y el Día de los Inocentes acallarse y la impiedad extenderse. Pero entonces, Dios necesitaba hacernos ver —con la visión cuajada de lágrimas— que ya no teníamos una patria de señores sino una república de cromagnones.

A pesar de que este nuevo y trágico signo ha venido envuelto en la sangre de nuestro prójimo, en el sentido más estricto del término, el fondo hondo, mistérico y cruento del episodio, aún sigue sin quererse considerar. Se han echado culpas políticas, y bien está que así sea, porque nos gobiernan degenerados de todo jaez. Se han echado culpas municipales, administrativas, contables o empresariales, y no serán nunca suficientes, porque la vileza corroe los cimientos mismos de todos esos ámbitos. Se han echado culpas a los funcionarios que parecían intangibles en su soberbia populista, y ahora enfrentan la furia del mismo demos y de los mismos ideólogos que les dieron sus inicuos respaldos. Pero hay culpas reales que se acallan, sea desde los púlpitos o desde los estrados, porque quienes los ocupan prefieren la adulación y la demagogia, y más temen a la impopularidad que a las consecuencias mortales de la mentira.

Es culpable la descristianización de las costumbres, la bestialización de las diversiones, la animalización de las fiestas, la secularización de la alegría. Es culpable la juventud promiscua, hedonista y tribal, a la que no sólo no se le señalan sus pecados sino que se glorifica post mortem, se adula en vida y se le levantan santuarios para inmortalizar sus desafueros. Es culpable la paternidad libertina y permisiva, cómplice y secuaz de la adolescencia descarriada. Es culpable la promoción de la vida licenciosa y lasciva, en la que se revuelcan por igual veinteañeros goliardos y cuarentones torvos. Es culpable el conjunto de modas impúdicas y lujuriosas, sodomitas y prostibularias, en cuyo cultivo compiten simétricamente progenitores estúpidos y proles desenfrenadas. Es culpable la pseudomúsica que ocupa el lugar del arte, y todo aquel que medra difundiéndola. Es culpable el que monta un boliche, del que se sale siempre muerto aunque no se tiren bengalas, y es culpable el que asiste a sabiendas de que hallará allí refugio a sus malandanzas. Es culpable la metódica violación del tercer mandamiento, y la madeja ruin de cuantos mercan con la desnaturalización de lo festivo y la traición a la noble virtud de la eutrapelia. Empezando por un presidente que en materia melódica ha declarado su afección por las hordas marginales, y terminando por un alcalde, que es todo él un cántico a la contracultura. Nada de esto se ha dicho en público, y difícilmente se quiera decir.

Pero Dios gobierna con las dos manos, escribe Marechal. Con la mano de hiel de su rigor, y la mano de azúcar de su misericordia. Si no lo hiciera, tendría la imperfección de un padre manco. Dios es rico en misericordia, conviene repetirlo. Y la misericordia divina tanto más se mueve cuanto nos ve débiles, orantes, penitentes y contritos. Así estamos nosotros en esta Argentina doliente, más doliente porque quiere desconocer las causas de su verdadero dolor. Implorando que a tanto castigo sobrevenga la misericordia. Que haya fiesta allí donde el amor se alegra, según decía el Crisóstomo. Y que la patria merezca salir de la caverna de primates para recuperar su sitial en la Historia.

31 de diciembre de 2008

Las grandes Herejías (7 y último)





por Hillaire Belloc



Capítulo 7




La fase Moderna





os acercamos al mayor momento de todos.

La Fe no está ahora en la presencia de una herejía particular – como lo estuvo en el pasado ante la herejía arriana, la maniquea, la albigense o la mahometana – ni tampoco está en presencia de una especie de herejía generalizada como lo estuvo cuando tuvo que enfrentar a la revolución protestante hace trescientos o cuatrocientos años atrás. El enemigo al cual la Fe tiene que enfrentar ahora, y que podría ser llamado “El Ataque Moderno”, constituye un asalto integral a lo fundamental de la Fe – a la existencia misma de la Fe. Y el enemigo que ahora avanza sobre nosotros está cada vez más consciente de que no existe la posibilidad de ser neutrales. Las fuerzas que ahora se oponen a la Fe están diseñadas para destruir. De aquí en más la batalla se librará sobre una bien definida línea divisoria y lo que está en juego es la supervivencia o la destrucción de la Iglesia Católica. Y toda su filosofía; no una parte de ella.

Sabemos, por supuesto, que la Iglesia Católica no puede ser destruida. Pero lo que no sabemos es la medida del área en la cual habrá de sobrevivir. No conocemos su poder para revivir ni el poder del enemigo para empujarla más y más hacia atrás hasta sus últimas defensas, hasta que parezca que el Anticristo ha llegado y estemos a punto de decidir la cuestión final. De tal envergadura es la lucha ante la cual se halla el mundo.

A muchos que no sienten simpatía por el catolicismo, a quienes heredaron la antigua animosidad protestante contra la Iglesia (aún cuando el protestantismo doctrinario ya está muerto), y a quienes piensan que cualquier ataque contra la Iglesia tiene que ser de alguna manera una buena cosa, a todos ellos la lucha ya les parece como un ataque, actual o inminente, contra lo que ellos llaman el “cristianismo”.

Por todas partes es posible hallar personas diciendo que el movimiento bolchevique (por ejemplo) es “decididamente anticristiano” – “opuesto a toda forma de cristianismo” – y debe ser “resistido por todos los cristianos, sin importar la iglesia particular a la que cada uno pueda pertenecer”, y así sucesivamente.

El discurso y los escritos de esta clase son insubstanciales porque no significan nada definido. No existe una religión que se llame “religión cristiana”. Nunca existió una religión así.

Existe y siempre existió la Iglesia y varias herejías procedentes del rechazo de algunas de las doctrinas de la Iglesia por parte de personas que seguían queriendo retener el resto de sus enseñanzas y de su moral. Pero nunca hubo, nunca podrá haber y nunca habrá una religión cristiana general, profesada por todas las personas dispuestas a aceptar algunas importantes doctrinas centrales y poniéndose de acuerdo en disentir respecto de otras. Desde el principio siempre estuvo, y siempre estará, la Iglesia por un lado y, del otro, una variedad de herejías condenadas ya sea a decaer, o bien, como el mahometanismo, a crecer y convertirse en una religión aparte. Nunca hubo y nunca podrá haber una definición de una religión cristiana común porque algo así no existió jamás.

No hay una doctrina esencial de una característica tal que, habiéndonos puesto de acuerdo sobre ella, podamos diferir en cuanto al resto. Por ejemplo, no es posible aceptar la inmortalidad pero negar a la Trinidad. Una persona podría autodenominarse cristiana aún negando la unidad de la Iglesia Cristiana; podría autodenominarse cristiana aún negando la presencia de Jesucristo en el Sagrado Sacramento; podría autodenominarse alegremente cristiana aún negando la Encarnación.

No; la lucha es entre la Iglesia y la anti-Iglesia; entre la Iglesia de Dios y el anti-dios; entre la Iglesia de Cristo y el Anticristo.
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El pequeño mundo de Don Camilo (7)


por Giovanni Guareschi




Capítulo 7



Incendio doloso









NA noche lluviosa, repentinamente la casa vieja empezó a arder. La casa vieja era una antigua tapera abandonada en la cima de un montículo escarpado. Aun de día la gente dudaba acercarse porque decían que estaba llena de víboras y de fantasmas. Lo extraño del caso era que la casa vieja consistía en una gran pila de piedras, pues hasta las más pequeñas astillas que habían quedado cuando la habían abandonado después de llevarse toda la madera que pudieron, el aire se las había comido. Y ahora la tapera ardía como una fogata.

Mucha gente bajó a la calle y salió del pueblo para contemplar el espectáculo, y no había persona que no se maravillara del suceso.

Llegó también don Camilo, quien se situó en el corrillo que miraba desde el sendero que conducía a la casa vieja.

–Habrá sido una hermosa cabeza revolucionaria la que ha llenado de paja la barraca y luego le ha prendido fuego para festejar alguna fecha importante. – dijo en voz alta don Camilo, abriéndose paso a empujones hasta quedar a la cabeza del montón

– ¿Qué dice de esto el señor alcalde?

Peppone ni siquiera se volvió.

–¿Qué quiere que sepa? – rezongó.

–¡Vaya! Como alcalde deberías saberlo todo. – repuso don Camilo, que se divertía extraordinariamente

– ¿Se festeja acaso algún acontecimiento histórico?

–No lo diga ni en broma, que mañana se difundirá en el pueblo que nosotros hemos organizado este mal negocio –interrumpió el Brusco que, junto con todos los cabecillas rojos, marchaba al lado de Peppone.

El sendero, al terminar los dos vallados que lo flanqueaban, desembocaba en una ancha meseta pelada como la miseria, en cuyo centro estaba el áspero montículo que servía de basamento a la casa vieja. La distancia a la tapera era de trescientos metros y se la veía llamear como una antorcha.

Peppone se paró y la gente se abrió a su derecha y a su izquierda.Una ráfaga de viento trajo una nube de humo hacia el grupo.

–Paja... ¡Cómo no!... Esto es petróleo.

La gente empezó a comentar el hecho curioso y algunos se movieron para acercarse más, pero fuertes gritos los detuvieron.

–¡No hagan estupideces!

Algunas tropas se habían detenido en el pueblo y en sus alrededores al final de la guerra; en consecuencia podía tratarse de un depósito de nafta o de bencina colocadas allí por alguna sección, o tal vez escondidas por alguien que las hubiera robado. Nunca se sabe.

Don Camilo se echó a reír.

–¡No hagamos novelas! A mí este asunto no me convence y quiero ver con mis propios ojos de qué se trata.Y decididamente se separó de la grey y se dirigió a la tapera a pasos rápidos.

No había andado cien metros cuando Peppone en dos zancadas lo alcanzó.


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