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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

17 de enero de 2009

La política y el orden de la convivencia (1)







Por D. Rubén Calderón Bouchet




I. INTRODUCCIÓN







ay verdades que el pensamiento tradicional ha establecido de una vez para siempre y que resulta una necedad absoluta ponerlas en duda, así fuere para consolidar sus puestas en una prueba por el absurdo. Una de estas verdades es que el hombre es un ser social por naturaleza y por lo tanto que existe en su dinamismo específico una tendencia dialógica tan inevitable y seguramente ordenada como la necesidad de respirar y de comer. No se puede lograr un pleno desarrollo de la personalidad espiritual si no es a través de una vinculación con los otros hombres, que supone una jerárquica distribución de valores.
Se ha hablado de la igualdad de los hombres como si esta noción, puramente matemática, pudiera darse en el terreno de los seres vivientes donde cada ejemplar está determinado por cualidades irreiterables que concurren en la constitución del orden con aquello que tiene de único. Un orden social es el resultado de una disparidad de aptitudes y condiciones armonizadas y equilibradas en un proceso histórico determinado por la asistencia de poderes auténticamente políticos. Quiero decir que no basta la presencia de un poder para que las diferencias y las desigualdades de los individuos y las diversas comunidades puedan difundir sus bienes y cooperar al establecimiento de la amistad civil. Es fundamental y necesario que ese poder sea realmente político, es decir, creador, por su autoridad y eficacia, de una concreta participación en el bien común.
El pensamiento revolucionario ha dispuesto la aparición de un poder que se propone hacer exactamente lo contrario, como si su principal tarea fuera destruir los cuerpos orgánicos previos a su aparición, para modelar sobre el caos eso que un lenguaje totalmente desaprensivo llama una sociedad de iguales. Si pensamos con cierto rigor en el sentido de la locución sociedad de iguales, ésta carece de sentido, pues no puede haber difusión de cualidades fecundantes entre quienes han sido reducidos a meras significaciones cuantitativas.
Cuando se avanza en el conocimiento de los diversos sectores de la realidad considerados por distintas ciencias, cada una de éstas impone un método y una atención peculiar que tiene la irrefrenable tendencia a creerse poseedora de una autonomía absoluta. Así, quien estudia el orden social y las diversas maneras de atender a sus exigencias se detiene como hipnotizado en el fenómeno del poder. No tarda en creer, como lo creyó Maquiavelo, que éste se ejerce para solaz exclusivo del Príncipe y, sin atender a otras razones, supone que los súbditos constituyen el escabel imprescindible para servir a la potestad de sus gobernantes. Con el sano propósito de contribuir a esta autonomía se lo examina como si se tratara de un proceso que nada tiene que ver con las otras manifestaciones sociales y hasta se le da un nombre muy particular: politología, que antes que nada pone de relieve la displicencia etimológica de quienes lo inventaron.
Tenemos en marcha un estudio del poder que prescinde de toda referencia al orden ético como si se tratara de un viejo prejuicio que se ha encargado de barrer el viento de la historia. No importa para el caso que se esgrima, como ingrediente imprescindible, las socorridas consignas democráticas y se engañe a las clientelas electorales haciéndolas sentir dueñas de una ilusoria soberanía. La potestad erigida en nombre de las masas tiene por misión providencial, casi exclusiva, destruir todo cuanto se oponga a la formación de una multitud homogénea y desconocer todos los privilegios capaces de protestar en nombre de la dignidad, del saber, de los servicios prestados, de la simple capacidad personal o de otras excelencias humanas que la democracia condena en nombre de la igualdad y el valor de las adiciones numéricas.
El orden social es jerárquico por su naturaleza intrínseca y por los indudables beneficios que para la perfección humana tiene la desigualdad de los talentos, las aptitudes y las energías que se pongan en ejercicio. Así como no hay dos individuos iguales, tampoco lo son las familias y los pueblos. Cada uno con su genio, con su talento y con las condiciones físicas y espirituales que haya recibido de la naturaleza o desarrollado en las fatigas de su existencia histórica. Todas estas diferencias, acentuadas por la educación, concurren a la promoción del perfeccionamiento, y lejos de ser negadas y combatidas deben ser prolijamente animadas para enriquecer con sus notas la sinfonía de la civilización.
Desde Dante, pasando por Marsilio de Padua, hasta Kant y Marx, el propósito de los grandes pensadores políticos fue la creación de un orden que garantizara para todo el mundo los beneficios de la paz. Si observamos hoy los esfuerzos realizados por la Iglesia Católica, la masonería, las Naciones Unidas, la democracia y el comunismo, la paz sigue siendo el motivo principal de sus declaraciones y de la propagación de sus principios. El llamado de Cristo a la unión de todos los hombres en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo se ha convertido finalmente en consigna mundial, pero ya no bajo el auspicio de la Santa Trinidad, sino en el de un proyecto puramente humano, que cada una de esas instituciones presenta como remedio infalible para curar a los hombres de sus divisiones.
La diferencia entre el programa de unión ofrecido por Cristo y las múltiples asociaciones por la paz que pululan por el mundo, reside ante todo en que el contrato de unión ofrecido por la mediación de la Iglesia provenía directamente de Dios. Era la Nueva Alianza y el Arca renovada que, sobre las aguas de la Historia, ofrecía a la humanidad no sólo un refugio para protegerla de la muerte eterna sino también el concurso de una renovada fuerza creadora para llevarla, más allá de sí misma, al encuentro definitivo con el Padre, en el Reino que el Hijo y el Espíritu Santo habían preparado para sus elegidos.
La paz debía ser conseguida por la perfección y el ascenso espiritual de los hombres. No podía ser el resultado de una igualitaria amputación de excelencias en el lecho de Procusto de la democracia. Era la culminación de una faena de solidaridad con las más altas exigencias del espíritu en una sociedad de personas, en la que no se puede entrar sin haber dado, en cada caso, la nota más elevada de su repertorio vital.
Sería excesivamente prolijo examinar la modalidad con que cada una de las sociedades señaladas toma a su cargo la pretensión de la Iglesia y asume la responsabilidad de alcanzar para los hombres un remedo de salvación. Tienen entre ellas algunas notas comunes, cuya tónica general consiste en despojar la compleja realidad del hombre de alguno de los aspectos que la integran, desdeñando el concurso de ese ingrediente en la economía salvadora.
La masonería, en su momento más importante, se presenta como una suerte de Iglesia ecuménica con la pretensión de unir por yuxtaposición todo aquello que por negación contumaz o ignorancia se separó de la unidad católica. De este modo, la fe no es el conocimiento sobrenatural de los principios revelados por Cristo y se convierte en un sentimiento que puede llenarse, en cualquier momento, con un contenido objetivo indiferente.
La democracia, basándose en el hecho innegable de que todos los componentes de una sociedad participan en su ordenamiento, pretende dividir esa participación en partes alícuotas, como si se tratara de una operación cuantitativa y no cualitativa. Se niegan así los servicios familiares y las distinciones históricas en el curso evolutivo de un pueblo, pero como la naturaleza rechaza el vacío, las prelacías nacidas de la dignidad, el coraje y el trabajo son substituidas por aquellas impuestas por la publicidad y el dinero. A su vez todos los cuerpos comunitarios reales y orgánicos son reemplazados por artificios propagandísticos que, como los partidos políticos, no existen si no se habla de ellos.
En todas estas substituciones lo que tenía cabal existencia cede su puesto a un artificio publicitario que, además de anemiar la vida social del hombre, la mete en el estrecho cauce de la utopía ideológica. El poder político que tenía por misión fundamental unir los cuerpos intermedios, armonizar sus contiendas y remediar sus deficiencias, se arroga ahora la faena de demolerlos en beneficio de un plan irrealizable.
El racionalismo burgués encontró en la ideología kantiana la expresión —acaso la más inteligente— de sus aspiraciones. Kant supo, desde que comenzó a pensar, que la universalización del hombre no podía hacerse sobre el fundamento común de las inclinaciones instintivas, porque si bien éstas eran idénticas en cualquier parte del mundo, sus propósitos estaban determinados por el instinto de conservación que se resolvía en la defensa del individuo particular y no en la de la especie humana en común.
La razón adquiere así la función de un instinto específico con una permanente disposición a imponer sus propias leyes contra las inclinaciones particulares. De este modo resuelve a favor de la especie lo que el instinto puro trata de hacer a favor de los individuos. La razón pierde su movimiento teonómico y se convierte en una fuerza antroponómica de claro cuño biológico y no espiritual.
Cuando San Juan Evangelista hace de Jesús el Logos, descubre la razón como principio viviente, como la realidad viva más alta que atrae con fuerza irresistible al espíritu humano para que logre, en la plenitud de su crecimiento —que es a la vez familiar, político y religioso— la transfiguración de toda su naturaleza. El Logos es así la fuente de agua viva de que habla el Evangelio, y el que se alimenta con su energía sobrenatural participa en ese ágape espiritual con todo lo que es, incluidas las desigualdades auspiciadas por la complicada movilidad de la historia. Solamente los defectos, los errores, los pecados y las miserias son paulatinamente abandonados en el ascenso teonómico, pero ninguno de los honores que constituyen el patrimonio de nuestras conquistas.
En el encuentro definitivo con el Logos se obtiene la paz perpetua, porque allí culmina la unión con el Ser y la resolución de todas las contradicciones en la asunción de la perfección última. Si no hemos comprendido mal a Kant, su paz perpetua en el abrazo internacional de todos los pueblos es el Contrato Social de Rousseau a escala mundial, con el agravante de que todos los pueblos históricos alcanzan esa situación abandonando sus excelencias y desigualdades en el triunfo de la razón abstracta y no en la participación de la vida concreta del Logos Divino.
Por estas y otras razones que podríamos ir acumulando en sucesivas reflexiones, no se puede pensar con rigor en la naturaleza del orden político sin tener en cuenta el destino que Dios ha ofrecido al hombre en su revelación. No existe una política que prescinda de la religión sin provocar un profundo deterioro en nuestra ordenación teonómica. Explicar la relación que guarda la política con la religión es llevar hasta la dimensión social del hombre los recaudos que imponen la armonía entre naturaleza y gracia.
El orden político, en su primera fase, es un orden compulsivo como lo es toda educación en la que se trata de rectificar los impulsos naturales vulnerados por el pecado original; por esa razón se impone la existencia de leyes que deben ser obedecidas bajo amenaza de sanciones penales. No obstante, el buen ciudadano es aquel que ha convertido la ley en regla de su obrar espontáneo y personal. Esta es una buena consecuencia de la cultura ciudadana y no una obligación de necesidad absoluta. El Estado se conforma con que el ciudadano cumpla las leyes sin penetrar en la índole moral de este cumplimiento. No importa que lo haga por temor a las sanciones o bajo la presión de cualquier otra instancia compulsiva. La asunción de la ley y su conversión en norma del obrar moral es faena religiosa y absolutamente necesaria en la libertad total de la gracia para alcanzar la corona y la mitra del rey-sacerdote, prometidas para aquellos que estarán con Cristo en la plenitud de la Gloria.
Esta diferencia en las exigencias de una y otra ciudadanía ha hecho pensar a los que ven las promesas de Cristo a la luz natural de la ciudad terrestre en una peligrosa inclinación a la anomía, a la indiferencia por la ley y a una utópica proclividad a soñar con una libertad ilusoria, que las condiciones impuestas por la vida en sociedad niegan. Es el reproche al cristianismo que inspiró en su época la crítica de Celso y, en tiempos más cercanos a nosotros, la penetrante acusación de Nietzche.
Así como las disposiciones naturales cuando se desvían de su objeto propio se convierten en caminos de perversión, el movimiento ascendente del alma sostenida por la gracia puede apartarse de sus propósitos sobrenaturales y conducir el espíritu del hombre a concebir una ilusoria parodia del Reino de Dios, como si pudiera darse algo semejante en este mundo y por la sola fuerza compulsiva de la voluntad humana. Una empresa de esta naturaleza es la que anima la dinámica de la Revolución.


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Una Vez Más

Poema de Paul Verlaine
Traducido por el R.P. Leonardo Castellani



mar la patria es el amor primero
y es el postrero amor después de Dios;
y si es crucificado y verdadero,
ya son un solo amor, ya no son dos.


Amar la patria hasta jugarse entero,

del puro patrio Bien Común en pos,

y afrontar marejada y viento fiero:

eso se inscribe al crédito de Dios.


Dios el que no se ve, Dios insondable;

de todo lo que es Bien, oscuro abismo,

sólo visible por oscura Fe.

No puede amar, por mucho que d'Él hable

del fondo de su gélido egoísmo,

quien no es capaz de amar ni lo que ve.

Evolucionismo: ¿Dogma científico o tesis teosófica? (2)


Orlando Fedeli
Fábio Vanini, biólogo
Marina Marques Vanini, doctoranda en Biología
Marcelo Murai, Maestro en Biología
Luciana Kauer Murai, graduada en Biología
Dr. Daniel Almeida de Oliveira, Médico






4 -- EVOLUCIONISMO Y FILOSOFIA


a ingenuidad geométrica de algunos "científicos" llega al absurdo de imaginar que el evolucionismo darwiniano es un posicionamiento puramente científico, sin ninguna relación con la historia, con la filosofía o con la religión. Ellos imaginan que el evolucionismo surgió apenas, y tan sólo, de los estudios científicos de Darwin y de sus seguidores, todos herméticamente aislados en sus laboratorios, profilácticamente preservados de cualquier contagio metafísico o teológico.

Separando, de este modo, el darwinismo de su contexto histórico y cultural, quedan imposibilitados de tener verdadera comprensión del problema y de su significado histórico.

En verdad, el evolucionismo es un capítulo injertado en la Historia de la Filosofía y en la Historia de la Religión, el Occidente. Sólo puede ser verdaderamente entendido en su contexto cultural.

“(...) el pensamiento evolucionista de Darwin no era una simple hipótesis científica que ocurrió para combatir ideas religiosas admitidas en ciertas cuestiones de hecho. Era, antes, el producto y, una parte esencial, de una Weltanschauung -- una visión del mundo -- próximamente ligada a la producción de la revolución industrial y a las revoluciones políticas, principalmente a la Revolución Francesa, estos grandes acontecimientos históricos desarrollados entre los años 1776 y 1848”. (Howard E. Gruber, op. cit. p. 47). Por tanto, el darwinismo sólo puede ser entendido como parte de una “visión del mundo” -- de una Weltanschauung -- y de una Weltanschauung revolucionaria. El propio Darwin, en su Autobiografía confiesa que fue al leer una obra de Malthus sobre población que tuvo la idea de la selección natural, a través de la lucha por la sobrevivencia, la cual haría ser eliminado siempre el más débil.

Stephan Jay Gould, defensor de un evolucionismo reformado, citando los últimos estudios de Howard E. Gruber y Silvan S. Schweber sobre la vida de Darwin muestra como o fundador del evolucionismo moderno no se fundamentó en la biología para establecer su teoría. "Al leer la narración pormenorizada de Schweber de los momentos que precedieron a la formulación de la teoría de la selección natural por Darwin, fui particularmente tocado por la ausencia de influencias decisivas a partir de su propio campo, la biología. Los precursores inmediatos fueron un científico social [Comte], un economista [Adam Smith] y un estadístico [Adolph Quetelet]" (S. Jay Gould, El pulgar del Panda, p.55). Jay Gould dice que a obra de Schweber demuestra que "las piezas finales [de la teoría de la evolución de Darwin] no surgieron a partir de nuevos hechos de la historia natural, sino de las incursiones intelectuales de Darwin en campos distantes. Al leer una extensa revisión del "Cours de Philosophie positive -- el trabajo más famoso del filósofo [Sic!] y científico natural [Sic!] Augusto Comte -- Darwin quedó particularmente impresionado con la insistencia del autor en que una teoría adecuada debe ser profética [Sic!] y, en lo mínimo, potencialmente cuantitativa" ( S. Jay Gould, O pulgar del panda, p. 55).

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17 de Enero, Festividad de San Antonio, Abad















VIDA DE SAN ANTONIO ABAD


Por San Atanasio de Alejandría



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ATANASIO, OBISPO, A LOS HERMANOS EN EL EXTRANJERO


xcelente es la rivalidad en la que ustedes han entrado con los monjes de Egipto, decididos como están a igualarlos o incluso a sobrepasarlo en su práctica de la vida ascética. De hecho ya hay celdas monacales en su tierra y el nombre de monje se ha establecido por sí mismo. Este propósito de ustedes es, en verdad, digno de alabanza, ¡y logren sus oraciones que Dios lo cumpla!


Ustedes me pidieron un relato sobre la vida de san Antonio: quisieran saber como llegó a la vida ascética, que fue antes de ello, como fue su muerte, y si lo que se dice de él es verdad. Piensan modelar sus vida según el celo de su vida. Me alegro mucho de aceptar su petición, pues también saco yo provecho y ayuda del solo del solo recuerdo de Antonio, y presiento que también ustedes, después de haber oído su historia, no sólo van a admirar al hombre, sino que querrán emular su resolución en cuanto les sea posible. Realmente, para los monjes la vida de Antonio es modelo ideal de vida ascética.


Así, no desconfíen de los relatos que han recibido de otros de él, sino que estén seguro de que, al contrario, han oído muy poco todavía. En verdad, poco les han contado, cuando hay tanto que decir. Incluso yo mismo, con todo lo que les cuente por carta, les voy a transmitir sólo algunos de los recuerdos que tengo de él. Ustedes, por su parte, no dejen de preguntar a todos los viajeros que lleguen desde acá. Así, tal vez, con lo que cada uno cuente de lo que sepa, se tendrá un relato que aproximadamente le haga justicia.


Bien, cuando recibí su carta quise mandar a buscar a algunos monjes, en especial los que estuvieron unidos con él más estrechamente. Así yo habría aprendido detalles adicionales y podría haber enviado un relato completo. Por el tiempo de navegación ya pasó y el hombre del correo se está poniendo impaciente. Por eso me apresuro a escribir lo que yo mismo ya sé –porque lo vi con frecuencia–, y lo que pude aprender del que fue su compañero por un largo período y vertía agua de sus manos. Del comienzo al fin he considerado escrupulosamente la verdad: no quiero que nadie rehuse creer porque lo que haya oído le parezca excesivo, ni que mire en menos a hombre tan santo porque lo que haya sabido no le parezca suficiente.


NACIMIENTO Y JUVENTUD DE ANTONIO


Antonio fue egipcio de nacimiento. Sus padres eran de buen linaje y acomodados. Como eran cristianos, también el mismo creció. Como niño vivió con sus padres, no conociendo sino su familia y su casa; cuando creció y se hizo muchacho y avanzó en edad, no quiso ir a la escuela, deseando evitar la compañía de otros niños, su único deseo era, como dice la Escritura acerca de Jacob (Gn 25,27), llevar una simple vida de hogar. Por su puesto iba a la iglesia con sus padres, y ahí no mostraba el desinterés de un niño ni el desprecio de los jóvenes por tales cosas. Al contrario, obedeciendo a sus padres, ponía atención a las lecturas y guardaba cuidadosamente en su corazón el provecho que extraía de ellas. Además, sin abusar de las fáciles condiciones en que vivía como niño, nunca importunó a sus padres pidiendo una comida rica o caprichosa, ni tenía placer alguno en cosas semejantes. Estaba satisfecho con lo que se le ponía delante y no pedía más.

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Catecismo para adultos (9)





por el R.P. Leonardo Castellani






CRISTO FUNDO UN REINO VISIBLE







ay dos tesis que son gemelas: Cristo fundó bien deliberadamente una Sociedad Visible; y esa Sociedad ha llegado hasta nosotros con el nombre de Iglesia Católica y con las notas esenciales de la fundada por Cristo.

A inicios del siglo XVI aconteció en esta sociedad una catástrofe que quiso llamarse "la Reforma" y quedó con el nombre de Protestantismo. Esta Reforma o Protesta inventó la "Iglesia Invisible", de la cual durante 1615 años nadie supo nada. Grosso modo, pueden distinguirse en ella tres matices:
  • Lutero y Calvino: ninguna sociedad
  • Restantes sectas en general: sociedad invisible
  • Anglicanos "Hight Church": reciente: una sociedad con tres ramas, por tanto bastante indeterminada: Anglocatólicos, Romancatólicos y Rusocatólicos.
Los adversarios de estas dos tesis, que comenzaron por la segunda son todas las "iglesias protestantes" en general, que ahora las llaman "denominaciones" y cuyo nombre verdadero es "sectas". ¿Cuántas son? Nadie lo sabe. Hace unos 30 años se hizo un catálogo de "Iglesias" en Yanquilandia que dio la existencia de 263 sectas de las cuales 10 con más de un millón de adictos pero divididas dentro de sí en 5, 10 y hasta 20 sectas; y después una verdadera nube de sectitas, hasta llegár a la "Iglesia de Dios vivo" que contaba 120 miembros, divididos en 6 "asambleas" que dicen ellos. Este es el resultado del "Libro Examen" que fue predicho por Bossuet en 1688, 171 años despues de la catástrofe protestante, como inevitable, en su libro "Historia de las Variaciones de las Iglesias protestantes".

Esta no fue una herejía como las otras, sino una verdadera revolución religiosa que se convirtió en poco tiempo en una verdadera catástrofe; de la cual Lutero no fue la causa sino la chispa. Por diversas causas el terreno religioso estaba cargado de pólvora, y no la única ni mucho menos fue la "corrupción" de la Iglesia Romana (o el Papismo) como pretenden ellos.

La cuestión es que se propagó como un incendio por toda Europa menos España, la cual gracias a la Santa Inquisición se salvó de las tremendas guerras de religión que asolaron el resto; de las cuales la última duró 30 años y dejó diezmadas a las Germanias, acabando en la Paz de Westfalia (1648) a más de un siglo de matanzas, que no fue paz sino un empate por cansancio. Esta guerra fue de Austria o sea el Sacro Romano Imperio Germánico contra diversas coaliciones de Príncipes Protestantes ayudados por el ciego Cardenal Richelieu.

Los resultados fueron, como dije, catastróficos: la mitad de Europa separada de la Iglesia Católica con un odio inextinguible; la formación de una cultura disidente, en donde nació el capitalismo, el liberalismo y al fin la Revolución Permanente y el Comunismo; la extinción total del catolicismo en varias naciones, Inglaterra, Escandinavia, Dinamarca y Suiza por ejemplo; la guerra intermitente de esas naciones con las católicas, la salvación parcial de Francia por medio de las armas y la violencia, y el estado actual de nuestro mundo lleno de guerras y rumores de guerras; en medio de las cuales el Papa coreado por todos nosotros gritamos: "paz, paz" y no hay paz.

LA PRUEBA

Es tan evidente que Cristo quiso fundar y fundó un "Reino" visible, que casi es suerfluo probarlo: desde ser concebido en la anunciación del Ángel: "y le dará Dios el trono de David su padre, y su Reino no tendrá fin"; hasta antes de morir, en que aprueba la petición del Buen Ladrón: "Acuérdate de mí cuando estés en tu Reino". La primera palabra de su prédica es la misma de su Anunciador el Bautista: "Convertíos, porque está cerca el Reino".

Convertíos, es decir, cambiad de mente.


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16 de enero de 2009

Si que existe




por el Dr Aníbal D'Ángelo Rodríguez

Tomado del Blog de Cabildo








Uno de los que circulan en Madrid y Valencia


EL EPITAFIO

os ómnibus llevan en Londres (y pronto en varias ciudades más) esta frase: “Probablemente dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta la vida”.

Pocas veces he visto una prueba más patética del estado actual de la intelectualidad progresista que esta frase. Parece inventada por un católico para desacreditar a los enemigos de la fe.

Blaise Pascal advirtió, ya en el siglo XVII, el carácter y las implicaciones de la pregunta por la existencia de Dios. Es el famoso tema de la apuesta en la que se evalúa todo lo que se gana apostando a que Dios existe y todo lo que se pierde apostando a lo contrario. Y Pascal dejaba en esta apuesta totalmente de lado el premio y el castigo después de la muerte. Él hablaba de ventajas e inconvenientes en esta vida.

Ahora los progres han dado un corto pasito más: el que Dios no exista es probable y nos piden que apostemos a partir de esa probabilidad aunque no nos dicen cómo llegaron a tal conclusión. En verdad no hay ninguna prueba científica de la existencia de Dios —si de eso se trata— pero tampoco hay ninguna prueba científica de la no existencia. Las apuestas están 50 y 50 (en este terreno, claro) Si alguien descubrió que es más probable que Dios no exista, me gustaría ver sus pruebas.

Pero lo terrible es la conclusión que saca el progresismo de esa supuesta probabilidad. Primero “Deja de preocuparte” que es lo mismo que decir “deja de ser un ser humano”, pues si algo distingue a los hombres de los animales es que los animales se ocupan y los hombres primero se pre-ocupan. Primero se preguntan para qué viven, para que trabajan, para qué se toman el trabajo de ocuparse.

Y lo paradojal es que para “dejar de preocuparse” hay que comenzar por preocuparse y tomar una decisión sobre la probable existencia de Dios. (Si se afirma que “es probable” que Dios no exista se está afirmando también que es probable que exista. Todo es cuestión de porcentaje de probabilidades).

Hace más de un siglo (desde la aparición del darwinismo) que tratan de convencernos de que no somos más que una especie animal más. Y a fe mía que han convencido a millones y millones de personas. Lo ha logrado el aceitado mecanismo ideológico de los medios de difusión y las aulas horras de toda preocupación, vaciadas de toda sabiduría en beneficio de los conocimientos.

Entonces nos enfrentamos al mundo del hombre sin preocupaciones pero ocupado, ocupadísimo. ¿En qué? Enseguida lo veremos.

La conclusión final lo explica todo: “disfruta de la vida”. En otro contexto, yo aprobaría. Sacar, en efecto, los frutos de nuestra vida no tiene por qué ser malo, si se entiende rectamente. Lo malo es que, situado en el párrafo completo, el disfrute de la vida se refiere a placeres de los sentidos… y nada más.

Aquí es donde naufraga definitivamente el sueño progresista. Pensaban que iban a hacer del hombre un Dios y han terminado por igualarlo con el animal. “Disfruta de la vida” quiere decir aquí haz lo que quieras, sin límite ni medida.

Por lo pronto, yo le agregaría un “…si puedes” porque en todo momento millones de personas no podrán aceptar esta graciosa invitación de la modernidad. Pero eso es lo de menos. Lo de más es el caso de los que si pueden: los ricos, sanos y amados. Esos no necesitan avisos en los ómnibus porque ya hoy disfrutan de la vida en el sentido en que los invita el texto, ya han tirado hace rato la chancleta.

¡Ay! Parece que no les basta, porque se suicidan, se drogan, se mueren. Sobre todo esto último. Individualmente, mueren como moriremos todos. Pero aquí hablamos de muerte colectiva, la muerte de las naciones. Parece que el instinto de muerte los domina. No quieren hijos. El “disfrute” como objetivo fundamental ha vaciado de contenido la vida, le ha insuflado un egoísmo monumental. Y el entierro de los pueblos europeos cuya población disminuye año a año no tiene mejor epitafio que lo que hoy escriben en los ómnibus de sus ciudades.


SUGERENCIAS

Cambiar la frase que ostentan los ómnibus por:

“Dios no existe, tonto. Tirá la chancleta de una vez. Chancletas Thompson, las mejores”.

Ir preparando una gigantesca lápida para poner en la Plaza San Pedro, una vez que este templo se haya convertido en mezquita. En la lápida dirá:

“Aquí vivieron unos pueblos de cuya peripecia histórica deberías aprender, caminante. Nacieron, crecieron y dieron frutos maravillosos. Una música, un arte y una literatura como nunca hubo. Unos conocimientos científicos asombrosos. Una fe que levantó templos sin parangón y edificó vidas impares.
Luego vino una enfermedad que, como un virus, debilitó todo, lo empequeñeció y lo banalizó.
Estos pueblos murieron porque dejaron de creer y —por tanto— de crear. No sólo obras de arte y ciencias. Dejaron de criar hijos porque llegaron a la conclusión de que no tenían nada importante que dejar a la próxima generación.
No se equivocaban. Alá el misericordioso les otorgó hundirse en la nada con toda lucidez, sabiendo bien lo que hacían. Por disfrutar la vida dejaron de vivir. Aprende la lección, caminante”.

16 de Enero, Festividad de San Marcelo I, Papa y Mártir




n la serie de los romanos Pontífices, San Marcelo hace el número treinta. Su pontificado es de muy escasa duración, un año nada más, que transcurre del 308 al 309. Todavía no era la suya una época muy apta para los pontificados largos, aun cuando la salud personal lo hubiera permitido. Si cualquier simple cristiano corría continuos peligros de perder la vida, mucho más los que por imperativo del deber tenían que actuar como jefes de la perseguida comunidad, en este caso con el carácter supremo y forzosamente visible a que su jerarquía le obligaba.

La Iglesia era ya una verdadera potencia en este tiempo. La fuerza avasalladora de su espíritu había ido superando todas las dificultades que, a lo largo del siglo II se levantaron contra ella. Las persecuciones de Decio y Valeriano sirvieron para robustecería. Y cuando el último de éstos murió, prisionero de los persas, su hijo y sucesor, Galieno, optó por abrir una era de tolerancia, como quien está convencido de que era imposible, e incluso injusto, destruir aquella religión que tan firmes raíces había logrado echar en el alma de sus seguidores.

¿Progresaría este convencimiento en sus inmediatos sucesores? La Providencia tenía dispuesto que no fuera así. Todavía habían de tardar en aparecer en el horizonte los días de la paz y la victoria definitivas. Durante los años 284 al 305 tiene lugar el largo reinado de Diocleciano, el cual, respetuoso para con los cristianos, sólo al final se desató en una implacable persecución que había de ser la última, pero también la más violenta y general de cuantas se habían decretado. En los años 303 al 305, cediendo a las instigaciones de Valerio, firmó el emperador sucesivos edictos persecutorios, y en todas las regiones del Imperio, excepto en las Galias y Gran Bretaña, innumerables mártires sellaron con su vida la fe que proclamaban. El papa San Marcelino fue una de sus víctimas en el año 304.

Sucedió a este Pontífice en la silla de Pedro, el presbítero romano Marcelo, que había sido, en los días de la persecución, uno de aquellos héroes tan frecuentes en la Iglesia de entonces, firmes puntales de la comunidad combativa, a la que, superando dificultades sin cuento, había tratado de sostener con su intrépida caridad y arrojado celo. De él la historia nos dice poco, y la leyenda no mucho. Empezando por la fecha misma de su elección, nos encontramos con que ésta no pudo hacerse hasta mayo o junio del 308, según el catálogo liberiano, o en el 307, según otras fuentes, lo cual significa que hubo un paréntesis de tres o cuatro años, desde la muerte del papa anterior, en que la Iglesia estuvo privada de su jefe visible. Al dolor de la sangre derramada por tantos hijos suyos se unió también el de orfandad y el de desamparo.

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15 de enero de 2009

Se estudia la eventual sucesión presidencial


por Carlos Manuel Acuña

Tomado de Nuevo Encuentro



pesar de la estricta y comprensible reserva con que se maneja este asunto en las más altas esferas gubernamentales, pudo saberse que desde hace un tiempo - al menos varias semanas previas al fin del año pasado - se estudia la eventual sucesión presidencial. El dato revela que el estado de salud de la señora Cristina Fernández de Kirchner es mucho más grave de lo que se supone y de lo que quieren disimular los partes médicos, con el agregado de que la situación se vislumbraba tiempo atrás.

Al respecto, quienes conocen las complejas intimidades del poder, sostienen que por ese motivo Néstor Kirchner buscó la alternativa de obtener una banca de senador nacional para desde allí saltar a la presidencia provisional del Senado y convertirse en la tercera figura de reemplazo en el máximo nivel institucional del país.

Como los caminos se hacían difíciles, con grandes y notorios impedimentos legales y políticos, se decidió esperar pero el hecho es que la salud de Cristina Kirchner le jugó una mala pasada a su marido y adelantó todas las alternativas de este peligroso juego que incluye la necesidad de reemplazarlo a Julio Cobos de cualquier manera. De allí que el desenlace de la crisis del campo se convirtió en una verdadera piedra en el camino del kirchnerismo, lo que también explica los ataques que soporta el vicepresidente de la República y el temor gubernamental a un nuevo estallido por parte de este sector que ha logrado obtener las simpatías urbanas, circunstancia que abrió una perspectiva muy dinámica alentada por el incremento del costo de vida, la congelación de los ingresos, el aumento de la desocupación y otros factores que inciden negativamente en la situación del país

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Evolucionismo: ¿Dogma científico o tesis teosófica? (1)


Orlando Fedeli
Fábio Vanini, biólogo
Marina Marques Vanini, doctoranda en Biología
Marcelo Murai, Maestro en Biología
Luciana Kauer Murai, graduada en Biología
Dr. Daniel Almeida de Oliveira, Médico


Excelente y completo estudio sobre el Evolucionismo. Por su extensión lo publicaré en varias etapas. En ésta van el Indice y los tres primeros temas

Tomado de Asociación Cultural Monfort


Indice

I - EVOLUCIONISMO Y RELIGION
1 - Evolucionismo y relativismo
2 - Evolucionismo: el concepto y su origen
3 - Evolucionismo - panteísmo y gnosis
4 - Evolucionismo y filosofía
5 - Darwinismo y marxismo
6 - Evolucionismo y nazismo
7 - El evolucionismo actual y las filosofías dialécticas
8 - Evolucionismo y misticismo gnóstico

II - EVOLUCIÓN Y METAFÍSICA
1 - El problema del origen de la vida
2 - Evolución y principios del ser
3 - Evolucionismo y analogía del ser
4 - Evolucionismo y causa final
5 - El problema de las especies y los universales
6 - Evolucionismo y causalidad

III - EVOLCION DE LA teoría EVOLUCIONISTA
1 - Introducción
2 - El lamarcksimo
3 - El darwinismo
4 - El neo-darwinismo, el evolucionismo sintético
5 - Escuela evolucionista del "equilibrio puntuado"

IV - ¿El EVOLUCIONISMO ES CIENTÍFICO?
1 - Fraudes, contradicciones, afirmaciones gratuitas de los evolucionistas
2 - Opiniones de científicos contra la teoría evolucionista
3 - El origen de la vida - tentativas maquinistas para producir vida

V - FÓSILES
1 - Introducción
2 - Micro-organismos
3 - La aparición de los insectos
4 - Invertebrados y vertebrados
5 - La transición de los peces a los anfibios
6 – De los anfibios a los reptiles y mamíferos
7 - El problema de los mamíferos marinos
8 - Los dedos de los caballos y la evolución
9 - Los roedores
10 - Seres mamíferos y seres alados
11 - El origen de los seres alados
12 - Origen de las aves
13 - Dinosaurios

VI - ORIGEN DEL HOMBRE
1 - Introducción
2 - Fraudes evolucionistas
a) El “Hombre” de Java
b) El “Hombre” de Piltdown
c) El “Hombre” de Nebraska
d) El “Hombre” de Pekín
e) La mandíbula infantil de Ehringsdorf
3 - pretendidos ancestros del Hombre
a) El Ramapithecus
b) Los Australopithecus
c) “Lucy”
d) El Cráneo 1470 del Hombre del lago Turkana
4 - Fósiles humanos auténticos

VII - EVOLUCIÓN Y FE
1 - El problema de la Evolución para la Fe
2 - Eva
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"Quant à la réalité de l'évolution organique, ma croyance est inébranlable... Il n'en est pas moins vrai que les explications clasiques de la genèse des espèces sont loin de contenter tous les esprits. Pour ma part, je les tiens toutes pour des contes de fèes à l'usage des adultes... Il faut avoir le courage de reconnaître que nous ignorons tout de ce mécanisme"
(Jean Rostand, Ce Que Je Crois, Graset, Paris, 1953).

["En cuanto a la realidad de la evolución orgánica, mi creencia es inquebrantable. No deja de ser verdad que las explicaciones clásicas de la génesis de las especies están lejos de contentar todos los espíritus. De mí parte yo las considero todas como cuentos de hadas para uso de adultos.... es preciso tener el coraje de reconocer que ignoramos todo sobre ese mecanismo"] (Jean Rostand, Lo que yo creo, Graset, Paris, 1953)
(Jean Rostand fue Premio Nobel de Medicina y defensor del evolucionismo)


I - EVOLUCIONISMO Y RELIGION

1 - EVOLUCIONISMO Y RELATIVISMO

l evolucionismo es uno de los "dogmas" de la mentalidad moderna. Extrapoló el campo puramente biológico, y es aplicado a todo: nada es más considerado estable, pues que se cree que todo evoluciona. En este sentido, la creencia en el evolucionismo puede ser señalada como una de las causas del relativismo triunfante en nuestros días. No habría ningún valor absoluto. Ni verdad, ni moral, ni belleza, ni religión, ni dogmas, nada tendría estabilidad, pues que todo estaría bajo la ley de la evolución, esta sí, tomada como siendo absoluta.

Por tanto, el evolucionismo actual es más que una teoría biológica: es un principio absoluto -- un dogma religioso-- de una metafísica relativista. Y he ahí una contradicción sintomática y reveladora: ¡el relativismo se fundamenta en un principio absoluto! La amplitud atribuida al evolucionismo es de tal porte metafísico que -- como no podía dejar de ser --- alcanza la esfera religiosa: el propio Dios es considerado como un eterno devenir, y no como el Ser inmutable, "Aquel que es" (Ex. III, 12).

El Padre Teilhard de Chardin -- que Stephan Jay Gould juzga haber sido el principal responsable por la famosa fraude del Hombre de Piltdown (Cfr. JAY GOULD, Stephen, La Conjura de Piltdown, in La gallina y sus dientes, ed. Paz y tierra, São Paulo, 1992, pp. 201 a 226, y, del mismo autor, El Pulgar del Panda, Martins Fontes, S. Paulo, pp. 95 a 109) -- declaró: "¿La evolución es una teoría, un sistema, o una hipótesis?" "Es mucho más que eso. Es una condición general a la cual se deben doblegar todas las teorías, todas las hipótesis, todos los sistemas; una condición a que deben dar satisfacción en adelante para que puedan ser tomadas en consideración y para que puedan ser ciertas". (TEILHARD de CHARDIN, O fenómeno Humano, p. 245).

Julian Huxley, por su vez, muestra cómo el dogma de la evolución se impone como el fundamento de la moderna religión relativista: "En el tipo de pensamiento evolucionista, no hay lugar para seres sobrenaturales (espirituales) capaces de afectar el curso de los acontecimientos humanos, ni hay necesidad de ellos. La tierra no fue creada. Se formó por evolución. El cuerpo humano, la mente, el alma, y todo lo que se produjo, incluyendo las leyes, la moral, las religiones, los dioses, etc., es enteramente resultado de la evolución, mediante la selección natural". (Cfr. HUXLEY, J. Evolution after Darwin, p. 246, apud OSSANDON VALDÈS, Juan Carlos, En torno al concepto de evolución, artículo en la revista Philosophica, de Santiago de Chile, Suplemento doctrinario de la revista Jesus Christus, número 50, de Buenos Aires). (ya publicado en este blog, hacer click sobre el enlace).

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Para leer el artículo completo haga click sobre la imagen de los antepasados de los evolucionistas.

Trifulca en el blog, y un par de aclaraciones


por el Dr. Antonio Caponetto

Tomado del blog de Cabildo

- I -



on ocasión de los 90 años del entrañable maestro Rubén Calderón Bouchet, redacté una breve nota aparecida en “Cabildo” a comienzos del 2008. Era una simple nota de gratitud y de reconocimiento admirativo, cuando mucho más se merecía el homenajeado.

El maestro bloguero —que odia ser llamado blogmaster— tuvo la gentileza de reproducirla en nuestro Blog —con algún retoque circunstancial— con ocasión del cumpleaños 91 de Don Rubén, esto es, principiando enero de 2009. Ahorita nomás.

Esa reproducción de una nota antigua —amical y sencilla, como digo— sirvió de inesperada ocasión para que un conjunto de personas debatiera acaloradamente en el blog sobre una diversidad de cuestiones que poco y nada tienen que ver con el merecido homenaje a Don Rubén.

No puedo entender ni admitir esta costumbre moderna de buscar una ocasión cualquiera como excusa, para desfogar odios, rencores e insultos en forma anónima, cayendo incluso en formas verbales ajenas al decoro y en gestos para nada caballerescos o caritativos. Los comentaristas —o como se los llame, y salvo honrosas excepciones, que deben ser celebradas expresamente— reducen el espacio digital a un conventillo, y a poco de andar, el blog, se convierte en lo más parecido a las paredes de un baño público, que yo conozca. Insultos, bravatas, pendencias, inquinas, vulgaridades y —sobre todo— un espíritu de “canilla libre”, de anarquía total. Cada cual dice lo que quiere y como quiere, amparado en la impunidad que le da el “nick” o pseudónimo virtual. El neologismo “postear” suele acabar así en sinónimo de putear, y la evagatio mentis parece ser la norma suprema del posteador típico.

Yo he sido y soy víctima de esta mala costumbre, pues de vez en vez me llegan noticias de que en ignotos blogs, otros no menos ignotos personajes, dicen de mí o sobre escritos míos lo que se les ocurre, sea a favor o en contra. A los generosos adherentes no sé bien cómo agradecerles; a los fervorosos atacantes los veo sumidos en un torbellino de ignorancias o de maledicencias tan burdo, que ningún hombre de bien puede condescender a responder nada. Vivir pendiente de tales polémicas ciberespaciales se me hace locura. Y en mi caso particular, supuesto lo quisiera, el tiempo no me da para tales menesteres. Navego muy poco por internet, y no tengo edad para cambiar de hábitos. Aunque me gusta admitir que hay sitios verdaderamente notables, y “posteadores” que son un modelo de ciencia y de estilo.

Así las cosas, y es la primera aclaración que deseo hacer, no creo prudente prestar nuestro Blog para estas peleas de bajo fondo entre anónimos. Quien tenga algo que decir, responsable y respetuosamente, que lo diga. Nos enriquecerá a todos. El Blog, la web y la edición gráfica de “Cabildo” están prontos a dar cabida a quienes, con rúbrica y seriedad, quieran hacernos llegar sus fundadas enseñanzas sobre éstos u otros temas análogos. Pero pendencias apócrifas y soeces, no, por favor. Para eso ya hay bastante espacio en la red. Si se llamara a esto censura previa, diré que sí, sin el menor remordimiento. Censurar, reprimir, discriminar, y otros verbos prohibidos hoy, gozan de plena legitimidad si no se equivoca el fin y si se los sabe conjugar. Censurar la mugre, verbigratia, no debe molestar sino a los pringosos.

Hasta aquí lo que juzgo debería ser nuestro criterio en el uso del blog, sin que el reto genérico que esbozo suponga desconocer los muchos y valiosos aportes que, a lo largo de estos años, nos han hecho llegar tantos y tantos espontáneos y desconocidos lectores.

- II -

En cuanto a los temas esenciales que se han planteado a propósito del homenaje a Don Rubén (esenciales, digo, que no esas subalternidades que han salido a relucir entre algunos de los participantes) y teniendo en cuenta que se me pedía una intervención, hago llegar en dos líneas mi opinión. Mi opinión, no mi dictamen.

1) La monarquía es una forma legítima de gobierno, especialmente elogiada y ponderada por los maestros del pensamiento clásico, contrarrevolucionario y católico. Sus mayores y mejores calificaciones teológicas hay que buscarlas en la mismísima Sacra Escritura. Y el principio monárquico que asegura la unidad, es el primero que enuncia Santo Tomás como constitutivo de su Régimen Mixto. No veo porqué, entonces, los nacionalistas no deberíamos ser monárquicos y admirar a los grandes reyes sabios y santos de la historia. Si de buscar un modelo de gobierno se trata, el del monarca justo y el de la realeza al servicio del bien común, no ha de sernos indiferentes.
Será bueno sobre el particular —brevitatis causa y porque con Don Rubén empezó todo— leer su ensayo “La política y el orden de la convivencia”. Como será bueno leer también su “Nacionalismo y Revolución”, para que se advierta que nada obsta a la preferencia monárquica el reconocimiento equilibrado, discernidor y prudente de los méritos políticos hallables en las distintas expresiones del Nacionalismo. A cada quien lo suyo: éso es justicia.

2) Que doctrinariamente podamos ser monárquicos —esto es, aceptar las ventajas de un modo legítimo y ventajoso de gobierno— no significa que los argentinos tengamos un candidato a rey, o que haya un rey que nos represente y exprese en las actuales circunstancias. En ocasiones se ha usado la expresión “monarquía sin corona”, para aludir a ciertos gobiernos que no son formalmente monárquicos, pero que han sabido tener las ventajas de la institución regia. Sarmiento, por ejemplo, llamó a Rosas “el Felipe II de América”; y el necio creyó que lo degradaba. Quiero decir que las ventajas básicas de la institución regia se pueden dar sin tener necesariamente una casa dinástica de la que surja un rey.
Identificar al monarquismo con el delirio o el utopismo es el gran triunfo de la Revolución, incluso dentro de la Iglesia. E identificar a la nobleza o al principado con las frivolidades hedonistas de ciertos cortesanos que aparecen en las revistas de moda, es —sencillamente— el triunfo del vicio. No prueba el mal de la monarquía, sino el hecho ya sabido de que la corrupción de lo mejor es la peor de todas.

3) El gran tema de la legitimidad de la independencia americana, pero básicamente, el de su recta y genuina comprensión, ha sido abordado en forma notable por Enrique Díaz Araujo, en su obra “Teoría de la Independencia”. Hay que leerla y rumiarla con atención.
De mi cosecha, y en dos líneas imperfectas, diré lo que sigue: hay quienes se independizaron y quienes hicieron de la independencia —en teoría y en praxis— una negra acción para desmembrar el Imperio Hispano-Católico. Y hay quienes, desmebrado el Imperio Hispano Católico por las negras acciones, en primer lugar, de los pésimos monarcas borbones, no hallaron otra salida que la independencia. La primera “independencia” es la que lamentablemente se impuso. Lo lamentamos profundamente. La segunda —signada por el fidelismo inquebrantable a nuestras raíces y por nuestra necesaria autonomía política— sólo fue un noble ideal de los verdaderos patriotas, ahogado por el liberalismo masónico. Alto ideal al que no se debe renunciar. No es lo mismo independizarse de la casa natal con el propósito vil de que de la casa queden ruinas, de la madre agravios y del padre ultrajes; que ante el derrumbe de la casa natal, por culposa negligencia de sus tutores, optar por el autonomismo, custodiando los penates sagrados para volverlos a fundar y a fructificar.
He tratado de ser un poquito más explícito al respecto, en una breve carta a Marcelo Grecco titulada “El problema del 25 de mayo”. Circuló por varios sitios, pero debajo de estas líneas la copio, por las dudas. Me parece —a juzgar por algunos comentarios que he recibido— que echa un hilo de luz. Con un poco más de pretensión analítica, he abordado asimismo el tema en el capítulo final de “Hispanidad y Leyendas Negras”. Me remito a mí mismo —pidiendo las disculpas del caso— porque la naturaleza de esta intervención “bloguera” tiene que ser necesariamente breve. Pero al mismo tiempo, porque puede ser que alguien tenga interés en profundizar un poco.

4) El Nacionalismo o el Monarquismo —para el caso lo mismo da— no plantea soluciones inaplicables. Sencillamente no ha tenido nunca la posibilidad histórica de probar la aplicabilidad de sus soluciones. Lo señalé con abundancia de ejemplos en mi trabajo “Del Proceso a De la Rua”, principalmente en su Estudio Preliminar. Más bien creo lo contrario: que si se hubiesen aceptado y aplicado las soluciones propuestas por el Nacionalismo, las cosas no estarían hoy como están. Y no hablo de “aceptar y aplicar” nuestras soluciones en los grandes lineamientos principistas y metafísicos, sino en los más pedrestes y concretos asuntos temporales. No ser una voz escuchada y ejecutada no es lo mismo que ser una voz sin soluciones.

5) Sobre lo que podemos y no podemos hacer hoy los nacionalistas —uso el verbo poder como sinónimo de capacidad operativa, por un lado, y como límite moral por otro— traté de explayarme en la parte final de mi trabajo “La perversión democrática”. Específicamente en el capítulo titulado “El quehacer político del católico”. El que tenga ganas puede hacer una excursión por esas páginitas.

6) Para salvar el alma tenemos cuatro pilares insustituibles. Lo que se ha de creer, y está en el Credo; lo que se ha de recibir, y está en los Sacramentos; lo que se ha de obrar, y está en los Mandamientos; y lo que se ha de pedir, y está en el Padrenuestro.
Como los nacionalistas católicos procuramos ser fieles a nuestra catolicidad, asumida sustantivamente y no como un aditamento, contamos con estos cuatro pilares, como cualquier hijo de vecino. Se nos va literalmente la vida, la de aquí y la de acullá, en la tarea de no traicionar estos cimientos.

Pero la tarea de salvar el alma de la patria, no es ajena ni opuesta a la tarea de salvar la propia alma. Por lo que enseña San Agustín, que no puede ser distinta la fuente del bien privado que la del bien público. De allí la Doctrina de la Realeza Social de Jesucristo, norte y meta de nuestra concepción política. Y sobre el particular, es mucho y bueno lo que se ha escrito y predicado, resultando inmejorable la “Quas Primas” de Pío XI.

Para ningún católico serio y coherente, puede ser lo mismo predicar y sostener la Reyecía Social de Cristo, que ignorarla o negarla como se suele hacer en nuestros días. A mi juicio, es este el tema y el combate hegemónico que hoy debemos plantearnos, más allá de las siempre atractivas discusiones sobre monarquismo, nacionalismo o independentismo.

Dejo aquí, no sin agradecer a quienes han participado en este modesto debate bloguero con elevado espíritu.

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Para leer el artículo "El problema del 25 de Mayo", publicado en este blog, haga click sobre este enlace

Leyenda Negra (1)




por Vittorio Messori


Tomado de Conoze






ailando con lobos, la película norteamericana que se pone del lado de los indios, ganó siete Oscars.

Hacia mediados de los años sesenta el western se dispuso a experimentar un cambio; las primeras dudas acerca de la bondad de la causa de los pioneros anglosajones provocaron una crisis del esquema «blanco bueno-piel roja malo». Desde entonces, esa crisis fue en aumento hasta conseguir la inversión del esquema: ahora, las nuevas categorías insisten en ver siempre en el indio al héroe puro y en el pionero al brutal invasor.

Como es lógico, existe el peligro de que la nueva situación se convierta en una especie de nuevo conformismo del hombre occidental PC, politically correct, como se denomina a quien respeta los cánones y tabúes de la mentalidad corriente.

Mientras que antes se producía la excomunión social de todo aquel que no viera un mártir de la civilización y un campeón del patriotismo «blanco» en el coronel George A. Custer, ahora merecería la misma excomunión todo aquel que hablara mal de Toro Sentado y de los sioux, que aquella mañana del 25 de junio de 1876, en Little Big Horn, acabaron con la vida de Custer y con todo el Séptimo de Caballería.

A pesar del riesgo de que aparezcan nuevos eslóganes conformistas, es imposible no acoger con satisfacción el hecho de que se descubran los pasteles de la «otra» América, la protestante, que dio (y da) tantas desdeñosas lecciones de moral a la América católica. Desde el siglo XVI las potencias nórdicas reformadas -Gran Bretaña y Holanda in primis- iniciaron en sus dominios de ultramar una guerra psicológica al inventarse la «leyenda negra» de la barbarie y la opresión practicadas por España, con la que estaban enzarzadas en la lucha por el predominio marítimo.

Leyenda negra que, como ocurre puntualmente con todo lo que no está de moda en el mundo laico, es descubierta ahora con avidez por curas, frailes y católicos adultos en general, quienes, al protestar con tonos virulentos en contra de las celebraciones por el Quinto Centenario del descubrimiento ignoran que, con algunos siglos de retraso, se erigen en seguidores de una afortunada campaña de los servicios de propaganda británicos y holandeses.

Pierre Chaunu, historiador de hoy, fuera de toda duda por ser calvinista, escribió: «La leyenda antihispánica en su versión norteamericana (la europea hace hincapié sobre todo en la Inquisición) ha desempeñado el saludable papel de válvula de escape. La pretendida matanza de los indios por parte de los españoles en el siglo XVI encubrió la matanza norteamericana de la frontera Oeste, que tuvo lugar en el siglo XIX. La América protestante logró librarse de este modo de su crimen lanzándolo de nuevo sobre la América católica.»

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Santoral del 13, 14 y 15 de Enero

13 de Enero, Conmemoración del Bautismo de Nuestro Señor.







por el R.P. Gustavo Podestá

Sermón (1997)


ara el porteño el agua, amén de sus características aprendidas en la escuela -inodora, incolora, e insípida- apenas sirve para lavarse o bañarse cuando sale de las canillas, o sumergirse en ella cuando llena las piletas de los clubes o de los countrys, o jugar con ella, movediza y iodada, en las diversas playas de América donde nos dispersamos en verano.

De tomarla ni hablar, su insipidez -transformada en gusto a cloro gracias a los enérgicos tratamientos de Aguas Argentinas- y la asociación, forzada por la propaganda, entre sed y Coca Cola, hacen que la vieja jarra de cuando yo era chico ocupe inútil un lugar al fondo del aparador de donde ya nunca sale.

Vinculamos pues agua y limpieza, cuanto mucho frescura. Así, hablar del agua del bautismo inmediatamente nos lleva a pensarlo como un lavado metafórico de nuestro interior. 'La mancha del pecado', decimos; 'me siento sucio, Padre'; 'impureza'. Primitivas formas de expresar que algo no va bien adentro nuestro, que nos apartamos de nuestros ideales, de nuestro concepto de bien. Ricoeur, el filósofo francés, ha estudiado inteligentemente esta antiquísima manera de expresión y sus asociaciones freudianas.

Para el hombre de campo, en cambio, el concepto de agua posee resonancias más ricas. Baste pensar en estos últimos años, que el agua se hizo desear y cayó a destiempo sobre trigos, maíces y girasoles; cuando faltó durante meses y anegó luego en minutos. Agreguemos la sed junto a la manga los días de vacunación o de yerra; el agua fresca que se toma largamente en medio del trabajo o al volver a las casas terminada la faena. De ahí que en el campo el agua tiene más que ver con la fecundidad, con la fertilidad, con el reponer fuerzas y apagar sedes y, por lo tanto, con la vida, que con la limpieza o la pureza.

Ahora el agua del bautismo adquiere un sentido más profundo: no solo es el agua que lava las manchas del pecado, sino la que renueva, la que nos da vitalidad, nuevo vigor, salud brío, lozanía. 'Nos infunde la gracia', decimos.

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14 de Enero, Festividad de San Hilario, Obispo, Confesor y Doctor





acido en Aquitania, probablemente en Poitiers, de una familia pagana, Hilario adquirió allí mismo, si no propiamente en Poitiers, al menos en Burdeos, una sólida cultura literaria y filosófica. Pero atormentado desde un principio por el problema del destino humano, vanamente buscó en los filósofos antiguos o contemporáneos una explicación satisfactoria. Es entonces cuando descubre el Evangelio, y especialmente el de San Juan con la doctrina del Verbo encarnado descendido del Cielo expresamente para traerles a los hombres la luz. El mismo refiere cómo lo conquistó esta Verdad sobrenatural (De la Trinidad, I-I4).


Bautizado, llevó inmediatamente una vida cristiana fervorosa, y aun austera. Y aunque casado, algunos años más tarde fue electo obispo se su ciudad natal (350).


El arrianismo, que desde hacía treinta años desgarraba las Iglesias de Oriente, era desconocido todavía en las Galias. Hilario oyó pronunciar ese nombre cuando dos sínodos secesivos, celebrado el uno en Arlés, y el otro en Milán, a instigación de los obispos Ursacio, Valente y Saturnino, intentaron deponer al Patriarca de Alejandría, Atanasio, gran adversario de Arrio. Mantenedor de la ortodoxia y adherido, sin saberlo explícitamente, a la Fe de Nicea, Hilario fue “el Atanasio del Occidente” que le cerró el paso a la corriente herética. Cayó en desgracia: llamado ante otro Sínodo en Béziers, fue condenado el exilio, y tuvo que partir para la Frigia (356).


Emulo de San Atanasio, sacó provecho de su sufrimiento y no perdió el tiempo. En contacto con teólogos orientales, estudió más de cerca las cuestiones trinitarias. Fue entonces cuando escribió su obra “sobre la Trinidad”. “Aunque alejado, hablaremos mediante estos libros; y la palabra de Dios, que no podrá ser vencida, se propagará con toda libertad” (De la Trinidad, X, 4).


Exiliado sin ser sin embargo depuesto de su sede, Hilario debió haber gozado de cierta libertad, puesto que asistió en 359 al Concilio de Seleucia. Estuvo allí con un espíritu de conciliación: “Durante todo el tiempo de mi exilio, aunque me mantuve en mi resolución de no ceder en nada acerca de la confesión de Cristo, no quise sin embargo rechazar ninguna medida honesta y aceptable de restablecer la unidad” (Cont. Constancio II). Y seguramente que su autoridad ya era reconocida, puesto que se le designó como miembro de la delegación enviada por el Concilio al emperador Constancio. Autoridad tajante, por lo demás, sin duda, puesto que en él se vio “un sembrador de discordia y un perturbador del Oriente”, que era urgente se volviera a las Galias.

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15 de Enero, Festividad de San Pablo, Primer Ermitaño









a aparición de Pablo en el escenario de la vida puede compararse a la de un meteoro cuyo paso es señalado únicamente por medios potentes de captación. En su larga carrera mortal pasó San Pablo desapercibido a los ojos del común de los mortales, y sólo la mirada de águila de San Jerónimo logró captar los destellos de virtud que irradiaba su personalidad desde las fragosidades del desierto de la Tebaida.

Pero hubo un tiempo en que este testimonio de San Jerónimo sobre la vida y virtudes de San Pablo se puso en tela de juicio, y se dudó incluso de la originalidad de su información sobre el santo ermitaño. En efecto, en nombre de la crítica histórica se lanzó la hipótesis de que el Santo Doctor se inspiró en su obra en una versión griega anterior. El famoso padre Juan Bolando afirmó que la redacción latina jeronimiana no era original. Amelineau encontró un texto copto de la vida de San Pablo conteniendo restos de una narración compuesta por un discípulo de San Antonio Abad y utilizada por San Jerónimo. Actualmente se admite que los escritos griegos en torno a la vida de San Pablo dependen del texto jeronimiano. De esta manera la critica histórica, después de dimes y diretes, ha confirmado la solidez histórica de unos brevísimos datos que San Jerónimo ha recogido de fuentes autorizadas, para que sirvieran de ejemplo a los mortales que aspiran a una vida perfecta. Como San Antonio Abad encontró en San Atanasio un digno biógrafo, le fue dado también a San Pablo contar con la pluma autorizadísima de un gran doctor de la Iglesia.

Se cree que nació San Pablo hacia el año 228. Su casa natal apenas se diferenciaba de las de sus conciudadanos menos favorecidos por la fortuna, obradas con adobes de limo del Nilo, secados al sol. Sus padres eran ricos y hacendados. No sabemos cuáles eran las relaciones de la familia con los poderes de ocupación. Desde hacía casi dos siglos Egipto había perdido su independencia para incorporarse, al igual que otros pueblos de Africa y Asia, al vasto Imperio romano. Las órdenes de los césares romanos cruzaban el mar y llegaban a Egipto a través de los funcionarios imperiales. Pero sucedía muchas veces que, a pesar de las promesas de los emperadores, y en contra de su voluntad, no se hacia justicia al pueblo que enviaba sus barcos cargados de víveres a la capital del Imperio y alimentaba a funcionarios y soldados estacionados en su suelo. La familia de Pablo estaba obligada, como cualquier otra, a pagar los gastos de las tropas de ocupación y a contribuir con su tributo al erario imperial.

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14 de enero de 2009

Juan Donoso Cortés: Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo (24)






Capítulo VII




Recapitulación. Ineficacia de todas las soluciones propuestas. Necesidad de una solución más alta






asta aquí hemos visto de qué manera la libertad del hombre y la del ángel, con la facultad de escoger entre el bien y el mal, que constituye su imperfección y su peligro, era una cosa no sólo justificada, sino también conveniente. Vimos también cómo del ejercicio de esa libertad constituida salió el mal con el pecado, el cual alteró profundísimamente el orden puesto por Dios en todas las cosas y la manera convenientísima de ser de todas las criaturas. Pasando más adelante, después de habernos dado cuenta de los desórdenes de la creación, nos propusimos demostrar y demostramos, a nuestro entender cumplidamente, que así como al ángel y al hombre, dotados del libre albedrío, les fue dada la tremenda potestad de sacar el mal del bien y de inficionar todas las cosas, el uno con su rebelión el otro con su desobediencia y ambos con su pecado, Dios, para hacer contraste a esa libertad perturbadora, se reservó la potestad de sacar el bien del mal y el orden del desorden, usando de ella larga y convenientemente, hasta el punto de poner las cosas en un ser más concertado y perfecto que el que hubieran alcanzado sin los ángeles rebeldes y sin los hombres pecadores. No siendo posible evitar el mal sin suprimir la libertad angélica y la humana, que eran un gran bien, Dios, en su infinita sabiduría, hizo de modo que el mal, sin ser suprimido, fue transformado hasta el punto de servir, en su mano omnipotente, de instrumento de mayores conveniencias y de más altas perfecciones.

Para demostrar lo que a nuestro propósito cumplía, observamos que el fin general de las cosas era manifestar todas a su manera las perfecciones altísimas de Dios y ser como centellas de su hermosura y magníficos reflejos de su gloria. Consideradas desde el punto de vista de este fin universal, no nos fue difícil demostrar que de la obediencia humana y de la rebelión angélica se siguieron bienes incomparables, y que así la una como la otra sirvieron para que las criaturas, que antes reflejaban solamente la divina bondad y la divina magnificencia, reflejaran también toda la sublimidad de su misericordia y toda la grandeza de su justicia. El orden no fue universal y absoluto sino cuando las criaturas tuvieron en sí todos estos espléndidos reflejos.

De los problemas relativos al orden universal de las cosas pasamos a los que se refieren al orden general de las cosas humanas; discurriendo por este anchísimo campo, vimos propagarse el mal en la humanidad con el pecado; allí vimos de qué manera la humanidad estuvo en Adán y cómo la especie fue en el individuo pecadora. Así como el pecado, considerado en sí mismo, fue poderoso para turbar el orden del universo, lo fue también y con mayor razón para poner en desorden todas las cosas humanas. Para la inteligencia de lo que antes dijimos y de lo que diremos después, conviene advertir aquí que, así como el fin universal de las cosas es manifestar las perfecciones divinas, el fin particular del hombre es conservar su unión con Dios, lugar de su alegría y su descanso; el pecado desordenó las cosas humanas, apartando al hombre de esa unión, que constituye su fin especial, y desde ese momento el problema, por lo que hace a la humanidad, consiste en averiguar de qué manera el mal puede ser vencido en sus efectos y en su causa: en sus efectos, es decir, en la corrupción del individuo y de la especie con todas sus consecuencias; en su causa, es decir, en el pecado.

Dios, que es simplicísimo en sus obras porque es perfectísimo en su esencia, vence al mal en su causa y en sus efectos por la secreta virtud de una sola transformación; pero ésta tan radical y portentosa, que por ella todo lo que era mal se muda en bien, y todo lo que era imperfección, en perfección soberana. Hasta aquí hemos venido exponiendo la manera y forma con que Dios transforma en instrumentos del bien los efectos mismos del mal y del pecado. Procediendo todos ellos de una corrupción primitiva del individuo y de la especie, no son otra cosa en la especie ni en el individuo, considerados en sí, sino una desgracia lamentable; quien dice desgracia, dice efecto necesario; y si la causa de donde el efecto se sigue es de aquellas que obran de una manera constante, quien dice desgracia, tanto quiere decir como desgracia, por su naturaleza, invencible. Imponiendo la desgracia como una pena, Dios hizo posible su transformación por medio de su aceptación voluntaria por parte del hombre. Cuando el hombre, ayudado de Dios, aceptó heroicamente como una pena justa su desgracia, su desgracia no cambió de naturaleza, considerada en sí misma, lo cual sería imposible de todo punto; pero adquirió una nueva y extraña virtud: la virtud expiatoria y purificante. Conservando siempre su invencible identidad, produce efectos que naturalmente no están en ella, siempre que se combina de una manera sobrenatural con la aceptación voluntaria. Esta doctrina consoladora y sublime nos viene a un tiempo mismo de Dios, de la razón y de la Historia, constituyendo una verdad racional, histórica y dogmática.


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El Señor del Mundo






por Juan Manuel de Prada




Tomado de XL semanal








eo en estos días, editada con esmero y primor por la Biblioteca Homo Legens, una novela de Robert Hugh Benson que merecería figurar entre las más clarividentes utopías siniestras que jamás se hayan escrito, al lado de 1984 o Un mundo feliz. Sólo que, mientras las obras maestras de Huxley u Orwell nos hablan de pesadillas ya cumplidas –siquiera parcialmente–, la obra de Benson se está haciendo realidad ante nuestros ojos; de ahí que su valor profético sea todavía mayor. La novela de la que hablo se titula Señor del mundo, y retrata una época donde han triunfado el relativismo filosófico, el secularismo a ultranza y el humanitarismo sin Dios; un mundo en el que, en el nombre de la tolerancia, los creyentes son contemplados primero con recelo, luego con franca animadversión, ya por último perseguidos como facinerosos; un mundo, en fin, donde el progreso científico y la adoración del hombre han instaurado un simulacro de paraíso en la tierra, donde la eutanasia es administrada a los enfermos como una medicina benigna y la idolatría política encumbra a un gobernante que promete a los pueblos una era de bienestar infinito.

Señor del mundo es una novela sobre los Últimos Tiempos, como quizá ya haya adivinado el lector. Y en los Últimos Tiempos desempeña un papel primordial, según leemos en las Escrituras, la figura del Anticristo, que en el imaginario colectivo suele pintarse con rasgos demoniacos grotescos, como una especie de Nerón redivivo al que adornasen toda suerte de vicios; en lo que se contraviene a los profetas, que siempre anunciaron que el Anticristo aparecería ante los ojos obnubilados de los hombres como una suerte de mesías o salvador de la Humanidad. En Señor del mundo, Benson desestima las pinturas tremebundas y disparatadas que cierta tradición popular nos ha legado sobre el Anticristo y lo personifica en Felsenburgh, un político extraordinariamente seductor, de apariencia mansa y dialogante, que con discursos llenos de una retórica emotiva, salpimentados de constantes menciones a un reinado de paz en la tierra, logra enardecer a las multitudes, que acaban tributándole el culto reservado a los dioses.

Felsenburgh promete al mundo la paz; y desde luego se la da, aunque sea una paz falsa sostenida sobre un orden inicuo. También le promete la solución de los problemas económicos que lo afligen; y desde luego se la da, mediante una simbiosis de capitalismo y socialismo, hasta lograr detener la carestía e instaurar una nueva era de euforia y abundancia, aunque sean la euforia y la abundancia del hormiguero, donde los hombres, bien alimentados y asistidos en sus necesidades, se convierten en infrahombres satisfechos. Felsenburgh postula una nueva religión, una suerte de cristianismo falsificado caracterizado por la mística de la deificación del Hombre y del Progreso, que pronto tendrá sus seudoprofetas y seudoapóstoles, dispuestos a propagarla hasta los confines de la tierra. Naturalmente, la entronización de esta parodia de religión discurre paralela a la persecución de los cristianos, que en la novela de Benson son ya muy pocos y aparecen a los ojos de las masas embaucadas y cretinizadas como un puñado de delincuentes; una persecución que Felsenburgh no hace al estilo de aquellas sangrientas orgías de los Césares de antaño, sino de forma mucho más aséptica y taimada, envolviéndola de hipocresías cívicas (hoy diríamos «laicistas», para entendernos) que no hacen sino aumentar su prestigio a los ojos de la «opinión pública». En la novela de Benson, la Iglesia es vista como una sociedad totalitaria, artera e inhumana, que aspira al poder mundial y que por lo tanto conviene destruir.

Felsenburgh, en fin, es soberbio, mentiroso y cruel, aunque se finge virtuoso. Instaura un reinado de alegría postiza y exterior que esconde la más aciaga angustia. Es un hipócrita; pero no al estilo burdo del Tartufo de Molière, sino al estilo de los fariseos, que por todo el mundo eran tenidos por santos. También es un orgulloso hinchado de vanidad; pero disfraza esta lacra con los vistosos ropajes de las virtudes estoicas. Felsenburgh promete a sus súbditos una libertad de placeres y diversiones; pero frente a la desesperación no tiene otro consuelo que brindarles sino la eutanasia subvencionada.

Por supuesto, cualquier parecido entre Felsenburgh y los gobernantes contemporáneos es pura coincidencia.

Nota: La traducción de esta novela del inglés al castellano, del converso (del anglicanismo, a semejanza de Manning, Newman y Knox, clérigo él) Robert H. Benson, la realizó el R.P. Leonardo Castellani. (N.d.E.).