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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

17 de febrero de 2011

17 de Febrero, San Julián de Capadocia Mártir










or los años 308, cuando el emperador Galerio Máximo se empeñaba en continuar su persecución contra los cristianos, siguiendo sus impías intenciones Firmiliano, gobernador de Cesarea de Palestina, se deleitaba teniéndolos en duras prisiones, para prolongar su martirio. Llegaron cinco cristianos de Egipto, a fin de visitar a los ilustres confesores de N. S. Jesucristo, que se hallaban en `prisión.´ Ellos eran Ekias, Jeremías, Isaís, Samuel y Daniel, venían de cumplir con la misma labor con los condenados de las minas de Cilicia. Al entrar a la ciudad fueron detenidos por los guardias, quienes viéndolos extranjeros, les preguntaron, que quienes eran y por qué venían. Estos ingenuamente respondieron, que venían a visitar a sus hermanos, los cuales estaban en prisión. De inmediato, dicha respuesta fue dada a conocer al Gobernador, quien ordenó colocarlos en la cárcel, mientras pensaba en otros procedimientos.

Mandó luego a que se presentasen al tribunal el día l6 de febrero, junto con Anfilo, sacerdote, Valente, diácono, Porfirio, Seleuco, Paulo y Teodulo, venerable anciano, familiar del mismo gobernador, respetable por su virtud. Siguió a esto un molesto interrogatorio, y haciéndoles padecer indecibles tormentos, hallándoles constantes en la confesión de la fe a N.S. Jesucristo, mandó a que fuesen degollados.

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