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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

1 de junio de 2008

1 de Junio, Festividad de Santa Ángela de Mérici





por Edelvives


Nació alrededor del año 1470 en Desenzano, junto al lago de Garda, en la región de Venecia. Tomó el hábito de la Tercera Orden Franciscana y reunió un grupo de jóvenes para instruirlas en las obras de caridad. El año 1535 fundó en Brescia un instituto femenino, bajo la advocación de Santa Úrsula, dedicado a la formación cristiana de las niñas pobres. Murió el año 1540.

El nombre de Santa Ángela de Mérici es de los que mayor celebridad han alcanzado en la historia de la Iglesia. En pleno Renacimiento, cuando se está elaborando un mundo nuevo, en el momento en que la herejía de Lutero empieza sus estragos, esta humilde creyente sin letras comprende que la ignorancia es la gran plaga de la Iglesia, y organiza para la educación de las niñas lo que San Ignacio de Loyola en favor de los jóvenes. Por donde se ve cómo Dios sabe escoger a su debido tiempo instrumentos dóciles para realizar sus designios providenciales.

Funda la Compañía de Santa Úrsula, primera Congregación de mujeres dedicadas a la enseñanza. Para cumplir su misión, las primeras Ursulinas vivirán en medio del mundo; transformarán el ideal de la vida religiosa, que para las mujeres no pasaba del claustro y del hábito monacal.

Por otra parte, la fundadora determina que, dócil a la autoridad eclesiástica, el Instituto se adapte a los tiempos y lugares. «A estas dos Compañías de Ursulinas y Jesuitas, deben principalmente muchas naciones de Europa haber conservado la verdadera doctrina católica».

Una familia piadosa. Infancia de una santa

Ángela nació el 21 de marzo de 1474, en Desenzano, puerto de pesca a orillas del lago de Garda, a treinta kilómetros de Brescia. Su padre, Juan de Mérici, y su madre, Biancosi, vivían en la granja de los Grezze, subsistente en la actualidad, de la cual eran propietarios. Ángela era la última de cinco hijos: tres niños y dos niñas.

La casa paterna era un verdadero santuario; se vivía y trabajaba continuamente con el pensamiento de «Dios me ve»; se rezaba en común; por la tarde, la lectura de un libro de piedad o la Vida de los Santos daba fin a los trabajos del día.

Ángela seguía con extremado esmero e íntima satisfacción estas piadosas prácticas. Con tan santas ideas y elevados pensamientos, se trazó un género de vida que tenía mucho de retiro y soledad. Con la ayuda de su hermana, que tenía aspiraciones muy semejantes, transformó en oratorio una habitación reducida, donde se retiraban cada tarde a horas determinadas para orar y cantar las divinas alabanzas. A estos ejercicios juntaba Ángela los rigores de la penitencia. A los nueve años consagró a Dios su virginidad, haciendo voto de guardarla, y persuadió a su hermana para que hiciera lo mismo. Desde entonces renunció a todos los adornos mundanos, y su única preocupación era complacer en todo a Nuestro Señor Jesucristo.

Ángela estaba dotada de rara hermosura: poseía una abundante cabellera, cuyos bucles de oro flotaban a merced del viento. Un día, oyendo alabar su belleza se turbó y, no pudiendo cortar sus doradas trenzas sin singularizarse imprudentemente, optó por anular su brillo empleando una extraña loción, compuesta de agua, hollín y miel.

Tenía trece años cuando, a sus instancias, fue admitida a la primera comunión. Hubiera querido comulgar todos los días, pero la lamentable costumbre de las comuniones tardías y raras, esclavizaba a las almas amantes de Jesús en la Eucaristía. Por lo cual, cuando Jesús venía a su alma estaba en el colmo de la felicidad: pasaba todo aquel día sin querer tomar ningún otro alimento, y tenía sabrosísimos coloquios con su dulce y amable Jesús.

Nueva morada. Huida al desierto

Hacia el año 1487, Juan de Mérici, que contaba sólo unos cuarenta años, fue atacado por una fiebre maligna que en contados días le quitó la vida. Dos años más tarde su virtuosa mujer le seguía a la tumba. Con motivo de esta repetida desgracia, las dos huérfanas buscaron quien pudiese guiarlas y dirigirlas por el buen camino emprendido, y abandonaron la población de Desenzano.

Bartolomé Biancosi, hermano de su madre, las tomó a su cargo y las llevó consigo a Salo, población situada igualmente a orillas del lago de Garda, a unos 25 kilómetros al norte de Desenzano. Era un rico comerciante y, sobre todo, un cristiano ejemplar muy respetado por sus conciudadanos. En esta mansión hospitalaria, donde todo favorecía sus deseos de perfección, fue fácil a las dos jóvenes trazarse acertado reglamento de vida, distribuyendo el día entre el trabajo y la oración, sin dejar un solo instante a la ociosidad.

Si la desgracia había aumentado el cariño entre Ángela y su hermana, haciendo que cada día sirviesen con más amor a Dios, el bienestar de su nueva existencia contrariaba sus deseos de mortificación. Enardecidas con la lectura de los Padres del desierto, determinan un día buscar en la montaña alguna cueva donde poder llevar vida eremítica. Con mucho ardor y decisión parten después de oír misa, solas, sin provisiones y sin manifestar nada a nadie. Al anochecer escogen un abrigo entre los árboles y las rocas. Su buen tío, inquieto al ver que no volvían a casa al mediodía, búscalas por todas partes, y acaba por descubrir a las dos fugitivas en el retiro donde se creían completamente aisladas del mundo.

No les dice ninguna palabra de reproche: se contenta con manifestarles los peligros a que las exponía una piedad mal entendida. Pero, lejos de combatir el atractivo de sus sobrinas por la vida silenciosa y retirada, les prepara en su propia casa una celda. En ella pudieron practicar lo que en el desierto no les hubiera sido fácil poner por obra.

Santa Ángela, Terciaria Franciscana

Hacía ya unos seis años que Ángela y su hermana vivían en casa de su tío, cuando esta hermana tan querida fue arrebatada a su cariño por una muerte repentina, sin que el sacerdote tuviese tiempo de administrarle los últimos sacramentos. Ángela quedó muy apenada por esta nueva desgracia.

Una angustia dolorosa la apesadumbraba; temblaba por la suerte de esta alma, llamada de improviso al tribunal de Dios. Algún tiempo después, cuando llevaba la comida a los segadores, vio sobre su cabeza, en una revuelta del camino, una nube luminosa, y en ella a la Santísima Virgen, que le presentaba a su hermana llena de gloria y rodeada de un cortejo de ángeles. «¡Oh Ángela! -dijo la feliz predestinada-, persevera como has empezado, y gozarás conmigo de la misma alegría y felicidad».

Este acontecimiento tuvo grandísima influencia sobre nuestra Santa, y fue causa de que cada día se desprendiese más de las cosas de la tierra.

Por esta época determinó entrar en la Orden Tercera de San Francisco, cuyo espíritu y Regla abrazó en toda su plenitud y eficacia. Desde aquel momento se llamó «Hermana Ángela». Revestida del hábito franciscano, que llevó hasta la muerte y con el cual quiso ser enterrada, nuestra Santa pudo, aun permaneciendo en el mundo, vivir como perfecta religiosa.

También por este tiempo, en 1495 ó 1496, la muerte le arrebató a su tío Bartolomé; Ángela volvió a habitar la casa paterna en Desenzano, en donde permaneció veinte años más.

Al principio de su regreso a Desenzano, Ángela administró el patrimonio que había heredado; pero, por amor a la pobreza, poco a poco fue despojándose del mismo y acabó por vivir de limosna. Sus penitencias fueron cada día más rigurosas: una tabla o una estera sobre el suelo formaban su cama, y unos sarmientos o una piedra le servían de almohada. Salía de casa raras veces; el cilicio, las flagelaciones y los ayunos continuos, mortificaban sin compasión su cuerpo. La Sagrada Eucaristía, que recibía todos los días con el asentimiento de su director, la alimentaba y sostenía milagrosamente.

Entre las almas que en esta época trabaron amistad con nuestra Santa, se contaba una joven cuyo nombre no nos es conocido, y que durante largo tiempo fue su compañera. Juntas rezaban, trabajaban y visitaban a los pobres. Este cariño entre ambas amigas, fue también roto por la muerte hacia el año 1506.

Un mes, poco más o menos, después de este acontecimiento, Ángela va al campo en compañía de algunas amigas. Mientras éstas meriendan, ella se retira para orar a la sombra de un emparrado, en un lugar llamado Brudazzo. De pronto, las nubes se separan, rodéala una luz resplandeciente y surge una escala semejante a la de Jacob, que llega hasta el cielo. Muchedumbre innumerable de vírgenes suben y bajan por ella, vestidas con túnicas resplandecientes y llevan diadema real. Van de dos en dos dándose la mano, y un cortejo celestial de ángeles músicos las acompañan con arrobadoras melodías. Separándose del grupo, una de las vírgenes -en la que Ángela reconoce a la amiga que acaba de perder- se acerca a nuestra Santa y le dice: «Ángela, has de saber que Dios te ha enviado esta visión para indicarte que, antes de morir, fundarás en Brescia una Sociedad de vírgenes muy semejantes a éstas».

Ángela comunicó a sus compañeras lo que acababa de suceder, y ellas se pusieron bajo su dirección para consagrarse a obras de celo, educar a los parvulitos, reunirlos para enseñarles las oraciones y el catecismo, visitar y socorrer a los pobres y enfermos, entrar en los talleres y lugares de trabajo para combatir la blasfemia. Era como un bosquejo de la obra anunciada por la visión. La acción de la naciente Sociedad se dejó pronto sentir; un renuevo de vida cristiana floreció en Desenzano y en toda la región. Ángela se trocó entonces en persona veneranda; venían a visitarla, a recibir sus consejos y encomendarse a sus oraciones.

Sin embargo, la visión había hablado de Brescia: en efecto, en dicha población había decidido la Providencia poner las bases de la futura Congregación.

Había por entonces en Brescia una familia rica, los Pentagola, grandes bienhechores de toda buena obra, de las iglesias y de los monasterios, que iban cada año a pasar los meses de verano en su casa de campo de Patengo, aldea próxima a Desenzano. Habiendo conocido las virtudes y los méritos de Ángela, pronto fueron amigos y protectores de su naciente Sociedad. Aconteció en 1516 que los Pentagola, recién llegados a Brescia, tras una estancia de cuatro meses en Patengo, perdieron por muertes súbitas y seguidas a sus dos hijos. Abrumados de pena acuden a la caridad de Ángela y le ruegan los vaya a consolar. Obedeciendo a sus superiores espirituales, que le mandan acceder a la súplica, Ángela toma las providencias que juzga necesarias para asegurar durante su ausencia el buen funcionamiento de su pequeña Sociedad de Desenzano, y sale para Brescia, en donde van a cumplirse las divinas promesas.

En Brescia. Peregrinaciones a Jerusalén y a Roma

Brescia acababa de sufrir el triste azote de la guerra que durante veinte años desoló a Italia, y particularmente al Milanesado y al Véneto. En medio de tal desolación, Ángela aparece en verdad como el ángel de Dios. Predica a todos la conversión y reforma de vida. Su pobre celda, cerca de la iglesia de San Bernabé, puede apenas contener a los que desean verla; aquello parece una Universidad, pues entre otras gracias sobrenaturales, Ángela ha recibido el don de la ciencia infusa; habla latín sin haberlo estudiado nunca; explica los puntos más difíciles de las Sagradas Escrituras y trata los asuntos teológicos con tan grande precisión, que los más graves doctores acuden a sus consejos de vidente.

Un estudiante de la Universidad de Padua, fue a Brescia para cerciorarse de cuanto se decía de la sierva de Dios. Presentóse magníficamente vestido, con bonete encarnado de doctor, y en él la pluma vistosa y larga que imponía la moda de aquella época.

-- Estudio -le dijo- con gran deseo de llegar a ser sacerdote, y anhelo saber si es ésta, efectivamente, la voluntad de Dios.

-- Tiene usted que mejorarse mucho -le respondió ella- antes de abrazar un estado que pide sencillez y modestia, pues me parece que está muy inclinado a la vanidad.

El joven, confundido, confesó su equivocación y comenzó con denuedo la reforma de su vida.

Consiguió también Ángela reconciliar personajes de la aristocracia que hacía largo tiempo se profesaban un odio mortal; este hecho tuvo una resonancia considerable. El duque de Milán, Francisco Sforza, encantado de la sabiduría de sus consejos, la llamaba su «madre espiritual» y procuraba retenerla a su lado.

Aunque Ángela nada haya manifestado de sus tentaciones, no se puede dudar que el demonio, ante tanta santidad, redoblaría sus esfuerzos para inducirla a vanidad, valiéndose de las astucias propias del espíritu maligno. Se sabe de cierto, que un día el demonio se le presentó en forma de ángel de luz y le dirigió palabras de alabanza. Ángela advirtió el engaño; un ángel que adula, no puede ser más que un demonio. «Retírate -le dijo-, tú eres el espíritu de la mentira. No soy más que una pecadora indigna de ser visitada por los ángeles del cielo».

En el mes de mayo de 1524, Ángela emprendió con uno de sus primos, Biancosi, y un rico gentilhombre bresciano, la peregrinación a Tierra Santa; pero, al desembarcar en Candía, perdió de repente la vista. No obstante, resolvió seguir el viaje. Al llegar a la santa colina del Calvario renovó sus votos, y en la iglesia del Santo Sepulcro recibió nuevas luces acerca de su misión.

A la vuelta, como el navío hiciera escala nuevamente en Candía, Ángela fue conducida a una iglesia donde se veneraba un Santo Cristo milagroso. Púsose en oración y al momento recobró la vista. Los peregrinos siguieron su travesía con gran alegría y satisfacción, y llegaron sanos y salvos a Venecia, después de haberse salvado milagrosamente de una terrible tempestad, y haberse podido librar de la persecución de los piratas berberiscos.

Apenas desembarcaron en Venecia, la sierva de Dios fue objeto de la admiración de todas las gentes; las autoridades civiles y religiosas le ofrecieron la dirección de los hospitales. Ella lo rehusó muy agradecida y, viendo lo que hacían para retenerla, huyó en secreto y se encaminó a Brescia.

Al año siguiente fue a Roma para ganar el jubileo. Al entrar en la basílica de San Pedro encontró a un camarero del Papa, que había sido compañero suyo de viaje al regresar de Tierra Santa, el cual la presentó al Sumo Pontífice. Sabedor de las maravillas debidas a la santidad de esta humilde mujer, Clemente VII hubiera querido que fijase su residencia en Roma, para ponerla al frente de las casas de caridad; pero Ángela le dio a conocer su visión de Brudazzo y la misión que de Dios había recibido. El Papa la escuchó y bendijo la fidelidad que ponía para seguir el divino llamamiento.

Fundación de las Ursulinas

Cinco años han de pasar antes de que la fundadora ponga las bases de su Instituto. La guerra ha vuelto a Italia, por la histórica rivalidad de Francisco I y Carlos V. En 1529, Brescia es de nuevo atacada; sus habitantes buscan refugio en Cremona y no vuelven hasta que se firma la paz, por Navidad del mismo año.

La Providencia interviene al fin, y Nuestro Señor en persona ordena a Ángela que ponga manos a la obra sin más pérdida de tiempo. Nuestra Santa escoge entonces doce jóvenes de Brescia, y les propone, de parte del divino Maestro, llevar una vida retirada en sus respectivas casas; luego, en sucesivas reuniones las instruye en el amor y práctica de la pureza, mortificación, obediencia, pobreza y en la perfecta caridad. Hacia el fin del año 1533 sus hijas espirituales son veintiocho, y las reúne todos los días. Les hace ver los males de la Iglesia: pues Inglaterra es arrastrada al cisma por su rey; Lombardía amenazada por el protestantismo que destroza a Alemania, y en todas partes la ignorancia religiosa trae males sin cuento; a la vez, les pone de relieve el bien que puede producir en el mundo la fundación de un grupo de religiosas que sepan hermanar la vida activa con la contemplativa.

Las primeras religiosas de este Instituto emitieron los votos el 25 de noviembre de 1535 en Brescia, en la iglesia de Santa Afra: eran veintisiete; un mes después su número llegaba a sesenta; a los tres votos de religión añadían el de consagrarse a la enseñanza.

Ángela no quiso que se diera su nombre al nuevo Instituto: lo puso bajo la protección de Santa Úrsula, la virgen mártir de Colonia, que se le había aparecido tres veces para guiarla y animarla, y a quien las Universidades de la Edad Media habían escogido ya como patrona de la juventud y de los estudios.

-- Formaremos -decía- la Compañía de Santa Úrsula... Ella será vuestra patrona y la mía. Trabajaremos bajo su estandarte por la propagación de la fe y la extinción del vicio y del error; instruiremos en la santa doctrina de Jesucristo a las personas de nuestro sexo.

Y, repartiéndose los barrios de la ciudad, comenzaron diligentes su labor bienhechora. La Regla recibió la primera aprobación del cardenal Cornaro, obispo de Brescia, el 8 de agosto de 1536. Las Constituciones recibieron la primera aprobación de Paulo III, en 1544. En ese mismo año la Compañía adoptó la Regla de San Agustín.

El movimiento se tomó con gran entusiasmo y se propagó rápidamente por Italia, Alemania y Francia. En pocos años la Orden contó muchas casas.

Ángela, Superiora General. Su muerte

Algunos meses más tarde, el 18 de marzo de 1537, se reunía el primer Capítulo general, y la Hermana Ángela, a pesar de todas sus instancias, fue elegida Superiora General de la Compañía. Continuó durante tres años instruyendo, guiando y, sobre todo, edificando a sus primeras hijas, cuyo número iba aumentando rápidamente.

Cayó enferma al principio de enero de 1540, y, habiendo reunido a sus hijas apenadas y entristecidas alrededor de su lecho, les dio sus últimas instrucciones. Luego recibió los santos sacramentos «con angélica devoción», cerró los ojos y entregó suavemente su alma a Dios, el 28 de enero de 1540, musitando sus labios el santo nombre de Jesús. Ángela iba a cumplir sesenta y siete años.

Su cuerpo fue llevado con gran pompa y solemnidad a la catedral de Santa Afra, donde estuvo expuesto durante un mes. Los prodigios se manifestaron muy pronto ante el sepulcro de la «virgen de Brescia», y la iglesia llegó a ser pronto un centro de peregrinaciones.

Clemente XIII aprobó, el 30 de abril de 1768, el culto que el pueblo daba espontáneamente a la sierva de Dios. En 1790, el papa Pío VI iba a proceder a su canonización, mas la Revolución francesa se lo impidió, y Pío VII la canonizó el 24 de mayo de 1807.

Desarrollo y extensión del Instituto

Santa Ángela no había hecho más que poner los primeros fundamentos de la obra que Dios le había ordenado establecer, y que debía extenderse por el mundo entero con maravillosa rapidez.

Las hijas de Santa Ángela se dedicaron, sobre todo, a formar el corazón de la infancia en los principios de la vida cristiana, y a reformar de esta suerte la sociedad corrompida por la doctrina luterana. En pocos años tomaron tal desarrollo, aun en las comarcas más lejanas, que se vio verdaderamente que la obra correspondía a los designios de la Providencia, y que, si el hombre planta y riega, sólo Dios da el crecimiento. Por todas partes reclamaban a las hijas de Ángela, y todos deseaban procurar a la infancia maestras tan prácticas y experimentadas en el arte de la Pedagogía.

La Compañía de Santa Úrsula fue aprobada por la Santa Sede el 9 de junio de 1544. Las comunidades de Santa Úrsula eran independientes entre sí; pero un deseo general de unión se manifestó en el seno de la Orden a fines del siglo XIX. De aquí nació «La Unión romana de las Ursulinas», realizada por el papa Pío X, por un decreto del 14 de septiembre de 1903.

[Santa Ángela de Mérici, en El Santo de cada día, tomo III. Zaragoza, Editorial Luis Vives, 1947, pp. 311-319]

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