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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

30 de enero de 2011

30 de Enero, Santa Martina, Vírgen y Mártir







Tomado del Santoral del R.P. Juan Croisset, S.J.






ació Santa Martina en Roma, de padres tan distinguidos y tan calificados, que su padre fue tres veces cónsul, hacia el principio del siglo II. Eran cristianos, y así criaron á la niña con el mayor cui­dado en la piedad cristiana.

Desde sus más tiernos años hizo tantos progresos en la virtud, que fue ejemplar y aun confusión de muchos fieles adultos. Penetrada de las verdades de nuestra religión y favo­recida de dones celestiales, sólo se ocupaba en obras de caridad, pasando los días en la oración y el retiro. Estaba como escondida dentro de su propia virtud; y al paso que iba creciendo en edad, se iba también adelantando en espíritu.

Imperaba á la sazón Alejandro Severo, que, aunque se mostró benigno con los cristianos, no por eso dejó de haber muchos mártires, entre los cuales fue uno nuestra Martina. Es verosímil que la persecución fuese obra de los ministros del emperador, cubriéndose con las leyes del imperio y con los decretos de los emperadores que no estaban revocados. Habiendo llegado á noticia de los magistrados que Martina era cristiana, la mandaron comparecer para que diese cuenta de la reli­gión que profesaba. Compareció la santa doncella con modestia tan noble y tan cristiana, que los jueces no pudieron menos de mirarla con respeto, y aun con veneración. La preguntaron luego si era verdad que fuese cristiana. Ten­go la dicha de serlo, respondió la Santa con tono firme, y me hacen mucha lástima los que no logran la misma dicha que yo.
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