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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

4 de febrero de 2011

4 de Febrero, Festividad de San Andrés Corsino, Obispo y Confesor








an Andrés, de la noble y antigua casa de Corsini, en la ciudad de Florencia, nació en la misma ciudad el año de 1302, á los 30 de Noviembre, día en que se celebra la fiesta del glorioso Apóstol, cuyo nombre se le dio. El día antes que le diese á luz su piadosa madre, tuvo una visión que la asustó mucho, llenándola de cuidados. Parecíala que había parido un pequeñito lobo, el cual, entrando en la iglesia de los Pa­dres carmelitas, se convirtió de repente en un manso corderillo. Estaba dotado Andrés de un natural excelente; pero, por otra parte, tan vivo y tan inclinado á todo género de pasatiempos, que ni los buenos ejemplos de sus padres, ni los prudentes consejos de los mejores maestros, fueron bastantes para que no se verificase con muchas ventajas el sueño de su piadosa madre. Contribuyó mucho á esto la compañía de otros caballeritos de su edad, algunos ligeros, otros disolutos, que en poco tiempo y sin mu­cha resistencia le condujeron por el espacioso camino del vicio.

Un día en que Andrés se disponía para salir á cierta diversión, menos decente, advirtió que su buena madre se estaba deshaciendo en lágrimas. Parte por ternura y parte por curiosidad, la preguntó el motivo de su llanto: Lloro, hijo mío, le respondió la virtuosa se­ñora, porque con harto dolor de mi corazón veo demasiadamente verificada la primera parte de un sueño que tuve la noche antes del día en que naciste para tanto desconsuelo mío. Soñé que daba á luz un pequeño lobo; pero no te disimularé que igualmente soñé que este lobo se convertía en un apacible corderillo, luego que entraba en la iglesia de los PP. Carmelitas. Tu padre y yo creímos que, consa­grándote desde luego á la clementísima Virgen, podíamos eludir el funesto efecto de un pronóstico tan triste; pero nuestra precaución sólo ha servido para que tu proceder desordenado traspase el alma con mayor tormento. Esas costumbres perdidas acreditan con sobrada verdad que mi visión fue más que sueño. Dichosa yo si antes de mo­rir pudiera ver todo el pronóstico cumplido, logrando él gusto de verte convertido en cordero inocente, ya que ahora te lloro sangriento y lascivo lobo.
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