Este blog está optimizado para una resolución de pantalla de 1152 x 864 px.

Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

26 de julio de 2008

III. Arquetipo e individuo


por el R.P. Alfredo Sáenz




Pero el tema de los modelos no afecta sólo a las naciones y, consiguientemente, al estudio de la historia universal y patria, sino que tiene que ver también con el hombre individual. Son dos aspectos que se conectan entre si. Porque la inmanentización de la visión histórica tiene como colofón que la significación de los hechos se inicie y se agote en el hombre, un hombre hecho a imagen y semejanza de sí mismo. Es el drama del antropocentrismo contemporáneo, de un hombre sin referencias ni religaciones que lo trasciendan.

El hecho es que así como no hay enseñanza verdadera de la historia sin atingencia a los paradigmas, tampoco hay realización del hombre sin contemplación de sus arquetipos. Cabe ahora decir algo sobre el significado de la palabra arquetipo, cuyo origen se remonta a la tradición cultural del mundo griego. Typos, primitivamente, significaba golpe, ruido hecho al golpear, marca dejada como consecuencia de un golpe. Arjé agrega el sentido de principalidad, originalidad. Por tanto: golpe o marca original. El arquetipo es así una suerte de modelo original que golpea al hombre y lo atrae por su ejemplaridad, un primer molde –inmóvil y permanente–, una forma o idea concretada en una persona, que tiende a marcar al individuo, instándole a su imitación.

El Arquetipo supremo es Dios mismo, el ejemplar sumo, o mejor, el que contiene en sí las ideas ejemplares de todas las cosas. En lo que respecta al hombre, es Él quien originalmente le ha dado un toque, le ha puesto su marca, lo ha modelado al modo de un artesano, haciéndolo su icono, su imagen, su reflejo.

Universalizando la materia, podemos decir que la causa ejemplar es aquella a cuya imitación obra el agente, el paradigma o forma ideal que éste se propone al realizar una obra; su virtualidad causal consiste propiamente en ser imitada, en suscitar una semejanza no casual ni espontánea, sino pretendida, buscada.

«Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra», dijo Dios al crear al hombre. Los Padres de la Iglesia enseñaban que la imagen es algo ontológico en el ser humano, algo imperdible; la semejanza, en cambio, es más bien ética o moral; si la imagen es el ser, la semejanza es el quehacer. Todo el sentido de la vida del hombre consiste en ir de la imagen a la semejanza, acercándose así al Arquetipo original. En lenguaje de Scheler: «ser, en el sentido pleno de la palabra, es ser capaz de seguir en pos del Arquetipo». O, como escribe Caponnetto, «al hombre le corresponde el tránsito del deber-ser ideal y normativo al ser real, hacer que su esencia valiosa tenga existencia plena concreta».

La sabiduría griega logró atisbar esta vocación modélica que oculta el hombre en sus mismas entrañas. Especialmente Platón, en su célebre alegoría de la Caverna, donde lo que en definitiva se propone es convocar a los cautivos para que emerjan a la superficie y renuncien a lo rastrero, de modo que, superando su estado de extrañamiento, se eleven hacia la contemplación esplendente de las formas ideales. En el pensamiento de Platón, el descubrimiento de lo que debe ser el hombre normal, no es, como para nuestros contemporáneos, el resultado de una compulsa estadística que nos da la media aritmética, el uomo qualunque, sino que lo normal es lo normativo, y por tanto lo superior y ejemplar. Esta idea cautivó al mundo griego y se reflejó hasta en las artes. A Fidias se le ha comparado con Sócrates, porque en sus mármoles uno, y en sus enseñanzas el otro, ofrecieron las pautas de un elevado deber-ser, siempre en dependencia de los modelos arquetípicos.

****

Continuará...

0 comentarios: