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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

9 de febrero de 2011

Pederastas, hipócritas y progresistas






Por José Javier Esparza








nas lamentables afirmaciones de Fernando Sánchez Dragó -todo eso de su flirt sexual con niñas japonesas de 13 años- han desencadenado una formidable polvareda. Como no podía ser de otro modo, la izquierda político-mediático-sindical se ha lanzado a la yugular del escritor, culpable por otra parte de simpatizar con el PP, y ha pedido su expulsión de la ciudad. Pero si usted ha conseguido mantener la cabeza tranquila por encima de la refriega, tal vez se haya hecho una reflexión: porque, en efecto, éstos que ahora piden la cabeza de Dragó por sus efusiones pedófilas ¿no son los mismos que imponen la educación sexual obligatoria desde la primera infancia?, ¿no son los mismos que mantienen la edad de consentimiento sexual en los 13 años?, ¿no son los mismos que llevan tres decenios intentando sexualizar a todo trance a los menores de edad? Parece que aquí hay mucha hipocresía, ¿no?

El dogma progre

No olvidemos lo fundamental: el dogma que el desorden establecido predica sobre este punto sigue siendo el que nació en los años sesenta, en la estela de la revolución sexual. Ese dogma dice así: la sexualidad es una función natural que aparece de manera espontánea, hay que dejar que se desarrolle libremente en el niño, sin normas coercitivas, e incluso conviene potenciarla porque es un instrumento de emancipación del sujeto. Ante esa radiante fuerza emancipatoria, cosas como la familia o la moral no son más que siniestros obstáculos represivos que hay que eliminar. Por eso, hoy, el desorden establecido adoctrina a los niños en su propia versión ideológica de la educación sexual, dispensa de manera universal y gratuita las píldoras abortivas y permite a las adolescentes de 16 años abortar sin conocimiento paterno. Por eso, también, en España la edad mínima de consentimiento para mantener relaciones sexuales está en los 13 años, la más baja de Europa y una de las más bajas del mundo. Por cierto: el objetivo inicial del PSOE -corría 1995- era situar esa edad mínima en los 12 años.

Estamos ante una cuestión filosófica de primer orden y conviene explicar de dónde viene todo esto. Es muy importante recordar que ese mito de la “libre espontaneidad sexual” de los niños descansa sobre una estafa: la de la antropóloga Margaret Mead. Esta señora era una norteamericana que allá por los años treinta del siglo pasado trató de convencer al mundo de que la forma natural de vivir la sexualidad, en civilizaciones vírgenes y no corrompidas por el cristianismo, era la pura espontaneidad, la libertad sin trabas. Para ello se instaló en una tribu de Samoa y se dedicó a recoger los testimonios de una serie de mujeres. De ese trabajo de campo salieron dos libros que en su día fueron muy importantes: Adolescencia, sexo y cultura en Samoa (1928) y Sexo y temperamento en tres sociedades primitivas (1935). Sus conclusiones causaron conmoción: todas nuestras ideas tradicionales sobre la conducta sexual -la continencia, la virginidad, etc.- eran puro artificio, obra de la represión; por el contrario, las culturas primitivas como la samoana, que conservan intacto el sentido natural del sexo, son un paraíso de libertad sin traumas donde, además, no hay diferencias de jerarquía entre hombres y mujeres. El discurso progresista de la posguerra encontrará aquí, en los trabajos de Mead, una de sus principales fundamentaciones científicas.

La gran estafa

¿Dónde estaba el problema? En que todo era mentira. En los años sesenta, el antropólogo neozelandés Derek Freeman viajó a Samoa, se instaló entre las mismas tribus que Mead había estudiado y descubrió que las teorías de esta señora no tenían nada que ver con la realidad. Para empezar, Mead apenas había estado nueve meses en Samoa y no hablaba los dialectos locales, de manera que todas sus conversaciones fueron con intérprete. Por el contrario, Freeman estuvo cuatro años entre los samoanos y dominaba su idioma. Sus hallazgos eran exactamente opuestos a los de Mead: lejos de ser un paraíso de sexualidad sin trabas, la vida tribal de los samoanos estaba plagada de violencia, incluida la violencia sexual. Más aún: varias de las mujeres entrevistadas en su día por Mead confesaban ahora a Freeman que habían mentido a la norteamericana. Conclusión: Margaret Mead había visto lo que quería ver, no la realidad. Y la realidad era esta otra: el buen salvaje no existe, no hay sexualidad natural, y las reglas sobre los comportamientos sexuales no son fruto de ninguna malvada represión.

Los partidarios de las teorías de Margaret Mead contraatacaron con distintas críticas, sobre todo de tipo metodológico, pero no lograron rebatir la fundamental afirmación de Freeman, a saber: que Mead se había inventado la mayor parte de sus supuestos hallazgos. Freeman concluyó su trabajo en 1971. El control ideológico de la izquierda era tan férreo que nadie se atrevió a publicarlo hasta 1983. Se tituló Margaret Mead and Samoa: The Making and Unmaking of an Anthropological Myth. Por supuesto, en España, donde siguen circulando los libros de Mead, jamás se ha editado a Derek Freeman.

Cuando constatamos la obsesión del desorden establecido por sexualizar a la infancia, con esas nuevas asignaturas obligatorias sobre educación sexual o con la dispensa universal y gratuita de píldoras abortivas, conviene recordar que todo eso obedece a una ideología preestablecida; que esa ideología bebe en fuentes como Margaret Mead, y que la investigación ha demostrado que esas fuentes venían adulteradas desde su mismo origen.

Por cierto: desde hace mucho tiempo, varios organismos internacionales están recomendando a España que eleve la edad mínima de consentimiento sexual, porque eso de los 13 años es un exceso notorio. Incluso hay una moción aprobada por el Congreso para que ese umbral se eleve a los 15 años. Sin embargo, nadie en el Gobierno parece dispuesto a hacerlo. ¿Por qué?

Una nota más sobre pederastia, progresismo e hipocresía: hace algunos meses, Ignacio Peyró escribió en Alba un texto muy interesante, “Un cuento de izquierdas”, donde explicaba cómo la normalización de la pederastia fue un objetivo de la izquierda cultural desde los años sesenta. Pero sobre este punto, con su permiso, hablaremos la semana que viene.

Publicado en www.gaceta.es

2 comentarios:

Madri leño dijo...

Gracias por esta desconocida información. No sorprende que "la base científica" para promulgar leyes tan sinsentido y contranatura sea una gran mentira, otra más.
Por desgracia, la gran mayoría de nuestra sociedad seguirá con su encefalograma plano, merced al apelmazamiento neuronal que les provoca la TV. de la que tanto creen gozar.
Cada vez se parecen más a la sociedad de Un mundo feliz de Aldous Huxley. La diferencia estriba en que en lugar de "soma, soma" aquí piden "tele, tele".
Gracia y un saludo.

El Cruzamante dijo...

Gracias a Ud por su comentario.
Un fraterno abrazo en Xto Rey.