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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

30 de diciembre de 2010

¿Es compatible la Revelación con la evolución?






por el R.P. José María Mestre

Tomado del Blog Stat Veritas







Teilard de Chardin, uno de los principales exponentes del “evolucionismo cristiano”.






lo largo del Concilio y del postconcilio se ha realizado en la Iglesia toda una labor de aggiornamento, esto es, de actualización o de compa­ginación con el mundo moderno y con su pensamiento, que le ha permitido —supuestamente— purificar sus principios y valores y asimilarlos dentro de la doctrina católica.

Uno de los postulados que había que purificar y asi­milar es el de la evolución. De hecho, desde el Conci­lio, exegetas y teólogos han intentado aplicar la idea de evolución a todo, incluso a la religión, que desde formas primitivas (totémicas y demoníacas) se habría ido trans­formando primero en politeísmo y luego en monoteís­mo, hasta llegar a las tres grandes culturas monoteístas, a saber, judaísmo, cristianismo e islamismo; y también se la han aplicado a las Divinas Escrituras, cuyos libros no habrían sido redactados de un tirón por personas in­dividuales, sino muy gradualmente, a través de los si­glos, por muchas manos anónimas, hasta llegar al esta­do en que las tenemos actualmente.

Y es que la evolución, para el hombre moderno, ha llegado a ser, más que un hecho científico y demostra­do, un modo de concebirlo y de pensarlo todo, o como se dice hoy, una cosmovisión.

Esta cosmovisión se aplica al origen del hombre y de las cosas como un principio casi evidente, que nadie puede ni debe discutir. Eso de que el hombre fue crea­do por Dios a partir del barro, y Eva a partir de Adán, y que todo fue hecho por Dios como se indica en los seis días de la creación, es un cuentito que se creía antes, o por decirlo más educadamente, era la manera de conce­bir las cosas en un pasado; pero hoy, con toda la ciencia y progreso modernos, esta visión de las cosas ya no es posible.

Veamos, si no, a modo de ejemplo, la explicación que el Padre Maximiliano García Cordero da de la crea­ción del hombre. En sus comentarios a la Biblia Nácar-Colunga[1], dice respecto a este punto: “La formación del hombre del polvo es una concepción primitivista y folklórico-ambiental que no prejuzga el problema del posi­ble origen evolucionista del hombre”. Y en su libro “Problemática de la Biblia”, el mismo Padre explaya más extensamente la afirmación anterior. Sigamos su explicación, que servirá de status quaestionis de nuestro artículo.

“Como siempre —nos dice el Padre Cordero, ha­blando de la creación del hombre—, el autor bíblico da una solución religiosa a un misterio que la ciencia mo­derna explicará hoy con nuevas categorías mentales a base de lo que en filosofía se llaman «causas segun­das». Los hagiógrafos, en su visión religiosa de la rea­lidad del mundo y de la vida, simplifican los problemas viendo a Dios interviniendo directamente en todo. Hay que tener en cuenta este modo de pensar y de expresar­se para luego calibrar el sentido de sus afirmaciones dentro de unas concepciones religiosas de su época”.

Por lo tanto, sigue diciendo nuestro autor, “sería in­fantil entender [la creación del hombre] al pie de la le­tra, ya que es una concepción antropomórfica y folkló­rica. Lo que interesa es la lección religiosa que supo­ne: el hombre salió de las manos de Dios, y por ello con una dignidad excepcional dentro de la creación”.

Igualmente, “la leyenda de que la mujer fue tomada del cuerpo del varón («será llamada varona, porque del varón fue tomada», Génesis, 2, 23) encuentra su para­lelo en el folclore de los diversos pueblos de la antigüe­dad, ya que la leyenda de los hombres andróginos (se creía que, al principio, el hombre y la mujer estaban materialmente pegados, y que después fueron violenta­mente separados) estaba muy extendida entre los hom­bres de las culturas primitivas. Es una explicación po­pular y primaria de la atracción irresistible de los se­xos: si el hombre y la mujer en todos los tiempos y lati­tudes se buscan para unirse corporalmente, es porque en un principio estuvieron fisiológicamente unidos”[2].

Hoy en día, concluye el Padre García Cordero, el planteo ya no es religioso, sino científico: “Los paleo-antropólogos deducen que el proceso de «hominización» ha sido muy lento a través de decenas de milenios antes de la aparición del «homo sapiens» en el período cuaternario, hace más de un millón de años. El proce­so de «cefalización» culminaría a través de las edades en la manifestación de la conciencia refleja, la deducción lógica elemental y el principio del progreso, que encontramos ya claramente en el paleolítico... Ante es­te planteamiento científico, ¿cuál es la enseñanza de los textos sagrados? Ya hemos indicado que los autores sa­grados se sitúan en sus explicaciones dentro del ángulo exclusivo de la enseñanza religiosa sin pretensiones científicas, que no se han de pedir a gentes que vivieron hace tres mil años en un ambiente cultural embrionario como los hebreos... El planteamiento de la teoría evo­lucionista escapa a su planteamiento, porque no la co­noce. Por lo tanto, no da un juicio sobre ella. Esto quiere decir que la Biblia ni patrocina ni se opone al origen evolucionista del hombre. Esto es una cuestión que tiene que decidir la investigación científica moder­na. A los autores bíblicos sólo les interesa dejar bien asentado que el hombre viene de Dios, lo que no com­promete la teoría evolucionista sobre el origen del hom­bre”[3].

¿Es tan así? ¿Será cierto que “la Biblia ni patrocina ni se opone al origen evolucionista del hom­bre?”1. Por supuesto, el Padre Cordero rechaza la tesis del Evolucionismo ateo, en el cual Dios no intervendría para nada; pero intenta asimilar el Evolucionismo en una versión que sea compati­ble con la doctrina cató­lica, una Evolución en la que Dios habría dirigido las cosas de tal manera que tendría razón la Bi­blia desde un punto de vista religioso, al atribuir dicha Evolución a Dios, y tendría razón también la Ciencia desde un pun­to de vista científico, al explicar el largo proceso como Dios pudo valerse de causas segundas, para hacer emerger al hom­bre, en un largo período de “hominización” y de “cefalización”, de for­mas inferiores de vida. Tomar la Biblia al pie de la letra estaría mal, pues sería no tener en cuenta los aportes de la Ciencia, debidamente purificados; como también es­taría mal tener en cuenta sólo a la Ciencia, sin conside­rar la respuesta religiosa de la Biblia.

Tal visión, volvemos a preguntar, ¿es defendible pa­ra un católico? A ello trataremos de contestar en el pre­sente artículo.
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