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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

23 de febrero de 2011

Sobre la virtud del Patriotismo





por el R.P. Alfredo Sáenz, S.J.




Tomado de “Siete virtudes olvidadas”






La Patria y la Nación

ntes de introducirnos en el análisis de la virtud misma, digamos algo sobre el concepto de “Patria” y de “Nación”, sin cuyo conocimiento se torna poco menos que imposible tratar de la virtud que tiene a ellas por objeto. ¿Cómo aparecieron las Patrias en la historia? La humanidad, tal como se halla hoy, se nos presenta dividida en sociedades territoriales determinadas. No fue así desde el comienzo. La humanidad se inició con una familia, nuestros primeros padres, a los que se les dijo: “Creced y multiplicaos” (Gén. 1, 22). Así lo hicieron los hombres primitivos y luego se fueron dispersando por el mundo. Conservaban, ciertamente, algunos vínculos comunes, como el idioma, las costumbres, un conjunto de verdades elementales, que conocían por la revelación natural, etc. Pero la soberbia, subyacente en el intento prometeico de la construcción de la torre de Babel, los dividió profundamente, desvinculándose entre ellos y perdiendo la comunidad de lengua. Segmentada la humanidad y dispersa por el mundo, el ideal de la sociedad universal, que debía agrupar a todos los hombres, quedó frustrado. Aparte de los egoísmos crecientes, brotes de la soberbia, otros factores como las grandes distancias, los obstáculos físicos, los mares, los océanos y las cordilleras, opusieron dificultades poco menos que insalvables a la conspiración de todos los hombres hacia su destino común. Sin embargo dicho destino subsistía, y en razón del carácter sociable con que Dios creó al hombre, se fueron concretando diversos grupos o sociedades particulares, con fines específicos y concretos.

Dichas sociedades menores nacieron, pues, de la combinación del carácter comunitario de la naturaleza humana, que postula la conspiración a un destino común para todo el género humano, con diversas circunstancias geográficas y hechos históricos que circunscribieron a la humanidad en agrupaciones fragmentarias. Primero aparecieron las tribus, agrupaciones de familias, luego los municipios, y finalmente fueron surgiendo, esplendorosas y magníficas, las patrias, sociedades mayores, dentro de las cuales el hombre podía alcanzar su destino temporal, dentro del linaje humano. En este sentido, cabría decir que Dios mismo es el que está en el origen de las diversas patrias (…) Tras esta mirada transcendental, penetremos en el sentido de las palabras “patria” y “nación”, partiendo de su significación semántica. La palabra “patria” proviene de patres. Por consiguiente, al decir patria nos estamos refiriendo a nuestro país como algo que nos viene dado, como una herencia. Mirando al pasado, advertimos que la patria es la tierra de nuestros padres. La palabra “nación”, por su parte, se deriva de natus, es decir, que tiene que ver más bien con los hijos, los herederos. En ese caso, estamos mirando preferentemente hacia el futuro. Podría concluirse que si la Patria es una herencia, la Nación es un quehacer, una misión. De ahí que, como escribe Nicolás Berdiaiev, “tienen mucha razón quienes definen la nación como una unidad de destino histórico”. (1)
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