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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

11 de junio de 2009

De la guerra civil a la guerra de religión





Por José Javier Esparza



Tomado de la hemeroteca de Manifiesto






sta legislatura empezó con un siniestro revival de la guerra civil y está terminando con un grotesco retorno al año 711: el Gobierno declara la guerra a los obispos y la Junta Islámica proclama su apoyo al PSOE; ya solo falta que Zapatero, cual nuevo Agila, llame en su socorro a los moros (y Bono hará de Don Opas). Nunca como en esta legislatura ha sido tan cierto aquel apotegma de don Carlitos Marx según el cual todo en la Historia se repite dos veces, la primera como tragedia y la segunda como parodia. El problema es que estas parodias de Zapatero laceran, escuecen, arañan y dejan tras de sí un reguero de discordia y enfrentamiento. Y todo ello, en nombre de la paz.
No resulta fácil entenderlo. ¿Qué se gana enfrentando a la gente? Puede entenderse que, ante una ofensiva, el ofendido responda. Pero, ¿qué ofensiva había aquí antes de 2004, al margen de la de ETA y la de los separatismos? La guerra civil era un capítulo ya superado: unos y otros escribían unas y otras cosas, cada cual contaba su guerra y a nadie se le discutía el derecho a hacerlo, pero, sobre todo: nadie la vivía en presente de indicativo, como si estuviera ocurriendo otra vez. Los abuelos estaban muertos y enterrados. La reconciliación nunca fue un abrazo alegre y fraternal, pero sí una voluntad lo suficientemente firme como para ser efectiva. Pero en eso llega a este caballero, invoca a los muertos, abre las tumbas, saca a pasear a los cadáveres, vuelve a dividir España en dos bandos, dictamina quiénes son los buenos (ellos) y quiénes son los malos (los demás) y se propone ganar la guerra que perdieron setenta años atrás sus antepasados políticos. ¿Para qué?
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