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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

1 de abril de 2011

Vidas execrables: Las lloronas de Alfonsín


por el Dr. Antonio Caponetto






Visto y tomado del blog de Cabildo







Sabrá el lector amigo, y aún el que no lo es, todo lo que hemos dicho sobre el gobierno y la persona de Raúl Alfonsín en esos ominosos años que lo tuvieron como presidente o como protagonista principal de la política argentina.

Las páginas de “Cabildo” son, al respecto, un testigo insobornable y minucioso de la perversión de aquella época y de aquel hombre funestísimo.

Sería ocioso hacer ahora una lista de sus muchas calamidades. Pero nadie en su sano juicio puede olvidar que Alfonsín fue miembro de la Internacional Socialista y abogado defensor de Santucho, ejecutor de una política gramsciana explícitamente anticatólica, y defensor de todos los postulados de la cultura de la muerte, empezando por el divorcio vincular que logró convertir en ley, aclarando expresamente que lo hacía para “meterle una cuña a la Iglesia”, esto es, por odium Christi.

Denostador de la guerra justa de Malvinas, cuyo festejo prohibió y de cuya derrota se valió para encumbrarse; socio y cómplice de la hez liberal-judeo-marxista a la que instaló omnipoderosa, conformando una verdadera sinagoga radical; genuflexo ante los plutócratas nativos y extranjeros, no hubo acción concreta contra Dios y contra la Patria, contra la Verdad y contra el Bien, que no lo tuviera por causa eficiente.

No faltaron incluso, bajo su mandato, hechos y sujetos de declarada inspiración satánica, manifestándose impunemente con todo el respaldo oficial. El llamado destape pornográfico lo tuvo entre sus promotores más insanos. El cercenamiento territorial y soberano lo contó como artífice.

Si lo principal, el Reino de Dios y su Justicia, fue profanado a sabiendas por este hombre ruin, tampoco resolvió la añadidura, pues el país se hundió en la demencia de la hiperinflación, viéndose obligado a renunciar y a fugarse del gobierno medio año antes de cumplir su mandato.

De ninguno de sus múltiples daños se arrepintió públicamente, como correspondía hacerlo a quien públicamente causó tanto mal. No hubo jamás un sólo gesto público que nos induzca a pensar que la genuina metanoia cristiana le había ganado el alma, ni mucho menos hubo un solo gesto público de alcance rectificador y reparador por tanto agravio infligido a la Fe y a la Nación.

Y si es cierto que le pidió a Laguna que le administrara la Extremaunción, más parece el pedido la ratificación de su religiosismo krausista y gnóstico, que el querer asegurarse el verdadero tránsito al cielo.

Nadie de auténtica fe católica le puede pedir a un reconocido heresiarca que le administre los últimos óleos.

Ni habrá varón digno que acuda a prelado indigno en sus postrimerías, habiendo para elegir sacerdotes íntegros en la verdadera Iglesia. Todo huele a parodia; excepto, claro, la misericordia del Altísimo, que puede volver de carne hasta el más duro corazón de piedra.

Tras su muerte, y como era previsible, la Masonería le rindió homenaje, con comunicados oficiales y sentidos obituarios. Circularon por doquier, de modo que no es el caso probar el aserto sino sencillamente recordarlo.

El resto fue el show siniestro que todos padecimos durante tres días y que a nadie puede sorprender. Elevado al procerato y al rango cuasifaraónico de deidad cívica, compitieron en decir sandeces sobre su cadáver, los políticos todos, los medios íntegros, y el ciudadano corriente, víctima de la desmemoria, de la sensiblería y de la ignorancia.

Pero no sería ésta la burla mayor que sacudiría nuestra ya fogueada indignación, ni el dolor más hondo infligido por los mendaces apologistas del muerto. Faltaba lo peor.

El malvado recibió el elogio de la Jerarquía Eclesiástica —por boca de Monseñor Arancedo— en una solemne Misa de cuerpo presente. Veintidós Obispos concelebraron en Roma, en la Basílica de San Juan de Letrán, otra Santa Misa por su alma, reconociéndolo “por lo que hizo y por lo que sufrió”; la Comisión Nacional de Justicia y Paz de la Conferencia Episcopal Argentina, le rindió su agradecido tributo y homenaje; un telegrama del Vaticano lo llamó “hombre de altas miras”, y para servir de remate a tanta desmesura y falacia, Monseñor Estanislao Karlic trazó un largo, cálido y completo panegírico trespunteado en el que le agradeció “su servicio de hermano mayor” (cfr. “El Diario”, Paraná, 4 de abril de 2009).

Según Karlic, en el precitado periódico, hay que recordar a Alfonsín “con mucho agradecimiento”, “con mucho respeto y con mucho afecto”, puesto que —entre otras cosas— “fue un hombre que empezó a recitar su fe recitando el preámbulo de la Constitución, y poniendo a Dios como fuente de toda razón y justicia”.

Nosotros creíamos que la Fe estaba contenida en el Credo, y que recitándolo se recitaba aquélla; como creemos recordar también —muy nítidamente— que aquel preámbulo voceado con insistencia por el occiso, era intencional y abruptamente cortado precisamente en la parte en la cual el mismo menciona a Dios como “fuente de toda razón y justicia”.

Pero ahora sabemos, Karlic mediante, que este Hermano Mayor era un paradigma de conducta, y que las chafalonías alberdianas de 1853 valen más que el Symbolo de Nicea.

¡Ay, Cardenal Karllic, tan cerca siempre de la masonería y tan lejos de Cristo Rey!; y ¡ay! del rebaño, cuántas veces perseguido y ultrajado otrora por quien acaba de morir, cuántas veces alzado en buen combate contra sus acechanzas, y recibiendo ahora la insidiosa burla de ver al persecutor encomiado.

Dios perdone a Alfonsín sus perrerías diabólicas, que fueron muchas, gruesas y de efectos negros, todavía impagos y vigentes. Le sirvan las Misas y las preces para mover la compasión del Padre. Dios perdone asimismo a esta clerecía escuálida de agallas, preñada de felonías cuanto huera de rectitud doctrinal.

Y Dios perdone, al fin, al puñado de clericalistas a quienes encima tenemos que soportar que nos reprochen el que nos toque la pesada tarea de hablar sí, sí; no, no de lo que acontece en la Iglesia. Dolor tras los dolores, no diremos al menos que el Señor no nos escucha cuando le pedimos la gracia de vivir intensamente la Cuaresma.