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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

14 de diciembre de 2008

Herejes (20 y último)



por Gilbert K. Chesterton



XX.


Conclusiones sobre la importancia de la Ortodoxia





ue la mente humana pueda avanzar, o no, es una cuestión sobre la que se discute poco, pues nada puede ser más peligroso que fundar nuestra filosofía social sobre una teoría que es debatible pero que no ha sido debatida. Pero si aceptamos, en aras de la discusión, que en el pasado ha habido, o que en el futuro habrá, lo que llamamos crecimiento o mejora de la mente humana en sí misma, seguirá existiendo una relevante objeción que plantear contra la versión moderna de lo que significa esa mejora.
El vicio de la idea moderna de progreso mental es que siempre se trata de algo relacionado con la ruptura de vínculos, la supresión de límites, la marginación de dogmas. Pero si existe eso que se llama crecimiento mental, ha de implicar el desarrollo de unas convicciones cada vez más definidas, de cada vez más dogmas. El cerebro humano es una máquina de llegar a conclusiones; si no llega a conclusiones, se oxida. Cuando oímos hablar que un hombre es demasiado inteligente para tener fe, estamos oyendo hablar de alguien que lleva en sí mismo casi el carácter de una contradicción en los términos. Es como si nos hablaran de un clavo demasiado bueno para sujetar una alfombra; o de un cerrojo demasiado fuerte para mantener una puerta cerrada. El hombre no puede definirse, como hizo Carlyle, como animal que fabrica herramientas; las hormigas y los castores, así como muchos otros animales, fabrican herramientas, en el sentido de que se valen de aparatos. El hombre, en cambio, sí puede definirse como ser que crea dogmas. A medida que acumula doctrina tras doctrina y conclusión tras conclusión, en la formación de un asombroso plan filosófico y religioso, se convierte, en el único sentido legítimo del que la expresión es capaz, en un ser cada vez más humano.
Y cuando abandona doctrina tras doctrina, dominado por su refinado escepticismo, cuando rechaza atarse a un sistema, cuando asegura haber superado las definiciones, cuando dice que no cree en la finalidad, cuando, en su propia imaginación, se erige en Dios sin abrazar ninguna forma ni credo, sino contemplándolos a todos, entonces lo que hace es retroceder hacia la vaguedad de los animales errantes, hacia la inconsciencia de la hierba. Los árboles carecen de dogmas. Los nabos son excepcionalmente amplios de miras.
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