por Gilbert K. Chesterton
Menciono el caso de la perdurabilidad de una de mis creencias porque, teniendo ahora que rastrear las raíces de mi especulación personal, creo que ésta podría considerarse como mi única tendencia positiva. Me criaron como liberal y siempre he creído en la democracia, en esa elemental doctrina liberal de una humanidad que se autogobierna. Si alguien encuentra que esta frase es vaga o trillada, lo único que puedo hacer es detenerme por un momento para explicar que el principio democrático, tal como yo lo entiendo, puede ser establecido con dos proposiciones. La primera de ellas es que las cosas comunes a todos los hombres son más importantes que las cosas particulares de cualquier hombre. Las cosas comunes son más valiosas que las cosas extraordinarias, y no sólo eso: hasta son más extraordinarias. El Hombre es más terrible que los hombres; es algo más extraño. El sentido del milagro de la humanidad en si misma debería sernos siempre más vívido que cualquiera de las maravillas del poder, del intelecto, del arte o de la civilización. El mero ser humano sobre dos pies, como tal, debería ser concebido como algo más emocionante que cualquier música y más sorprendente que cualquier caricatura. La muerte es hasta más trágica que el morir de hambre. El tener una nariz es hasta más cómico que el tener una nariz normanda.
El primer principio de la democracia es que lo esencial en los seres humanos lo constituyen las cosas que tienen en común, y no las cosas que tienen por separado. Y el segundo principio es tan sólo que el instinto o el impulso político es una de esas cosas que tienen en común. Enamorarse es más poético que hurgar en la poesía. El argumento democrático es que el gobierno (ayudando a regir la tribu) es algo así como enamorarse y no algo así como hurgar en poesía. No es algo análogo a tocar el órgano en una iglesia, pintar sobre vitela, descubrir el Polo Norte (ese siniestro hábito), dar vueltas en el aire, ser un astrónomo, o cosas por el estilo. Porque no queremos que una persona haga estas cosas en absoluto, a menos que las haga bien. Por el contrario, es análogo a escribir nuestras propias cartas de amor o sonarnos nuestra propia nariz. Estas son las cosas que queremos que una persona haga por si misma, incluso si las hace mal. No estoy aquí argumentando acerca de la verdad de ninguno de estos conceptos; sé que hay algunos modernos que están pidiendo que sus esposas sean elegidas por científicos y, por todo lo que sé, pronto podrían pedir que sean enfermeras las que les limpian la nariz. Digo tan sólo que la humanidad reconoce estas funciones humanas universales y que la democracia clasifica al gobierno entre ellas. En resumen, la fe democrática consiste en que las cosas más terriblemente importantes deben ser dejadas libradas a los propios hombres comunes – la complementación de los sexos, la crianza de los jóvenes, las leyes del Estado. Eso es democracia, y en eso siempre he creído.
Pero hay una cosa que no he podido comprender desde mi juventud al día de hoy. Nunca pude entender de dónde ha sacado la gente la idea de que la democracia en alguna forma se opone a la tradición. Es obvio que la tradición sólo es democracia extendida en el tiempo. Significa confiar en el consenso de las voces humanas antes que confiar en algún documento aislado o arbitrario. La persona que cita a algún historiador alemán en contra de la tradición de la Iglesia Católica, por ejemplo, está estrictamente apelando a la aristocracia. Está apelando a la superioridad de un experto en contra de la horrible autoridad de un populacho. Es bastante fácil de ver por qué una leyenda es tratada, y debe ser tratada, con más respeto que un libro de historia. La leyenda está generalmente armada por la mayoría de la gente cuerda de una aldea. El libro está generalmente escrito por el único hombre de la aldea que está loco. Quienes agitan contra la tradición diciendo que los hombres del pasado eran ignorantes podrían ir y agitar eso en el Carlton Club[44] afirmando a renglón seguido que los votantes de los barrios bajos son ignorantes. Y no nos convencerían. Porque si le adjudicamos una gran importancia a la opinión casi unánime de las personas comunes cuando estamos tratando cuestiones cotidianas, no hay razón alguna para desechar esa misma opinión cuando estamos tratando de historia o de fábulas. La tradición podría, en esto, definirse como una extensión de la franquicia. La tradición significa otorgarle el voto a la más oscura de todas las clases: la de nuestros antepasados. Constituye la democracia de los muertos. La tradición se niega a someterse a la pequeña y arrogante oligarquía de quienes casualmente se pasean por ahí en la actualidad. Todos los demócratas objeta que las personas sean descalificadas por el accidente de su nacimiento; la tradición objeta que sean descalificadas por el accidente de su muerte. La democracia nos sugiere no menospreciar la opinión de una buena persona, aunque sea nuestro mucamo; la tradición nos pide no despreciar la opinión de una buena persona, aunque sea nuestro padre. En todo caso, yo no puedo separar estas dos ideas de democracia y tradición; se me hace evidente que ambas son la misma idea. Tendremos a los muertos en nuestros concejos. Los antiguos griegos votaban con piedras; los muertos votarán con las piedras de sus lápidas. Y todo será bastante correcto y oficial, ya que la mayoría de las lápidas – como la mayoría de las papeletas electorales – están marcadas con una cruz.
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