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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

19 de junio de 2009

El Penitente








por Miguel Angel Loma Pérez

Tomado de Altar Mayor (REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 121 - Abril - Mayo de 2008



or una razón u otra, o quizá por muchas sinrazones, llegó a la Hermandad dispuesto a realizar su estación de penitencia, pero ya iba más quemado que un guiri el primer día de playa. Y por unas y otras cosas, no muy diferentes a la que le habían sucedido otros años, la estación de penitencia se le fue haciendo eterna. Ahora un parón interminable, ahora una carrerita insufrible, ahora otro parón, ahora otra carrerita..., ahora el gracioso que le golpeaba la cruz para fastidiarle un poquito, ahora el niñato que le pasaba un refresco a un palmo de los morros preguntándole si tenía sed, ahora un comentario soez al que obviamente no podía responder:..

Fue caldeándose tanto el hombre que, cuando entró en la carrera oficial, no es que estuviese quemado, es que iba como el contenido de la urnita que te dan en los crematorios. Y al vislumbrar a lo lejos el palco de autoridades, se le comenzó a calentar el caletre y a venírsele a la memoria recuerdos que no debieran. Se acordó de su hija, que ese mismo año se había quedado sin plaza en el colegio religioso concertado porque la inicial de su apellido no salió agraciada, en el sorteo de la progresista política educativa; se acordó del problemático colegio público adonde le había tocado llevarla y el «respetuoso» director que les había hecho retirar el belén y el crucifijo de las aulas; se acordó de la obrita blasfema que había subvencionado el ayuntamiento hacía sólo unos días; por acordarse, incluso se acordó de unas antiguas declaraciones del alcalde diciendo que la Semana Santa era un fenómeno socio-cultural… En fin, que se fue acordando de todo lo peor. Así que, cuando llegó a la altura de las autoridades y se vio a dos o tres metros del engolado señor alcalde y de su obsequioso séquito, sin pensárselo dos veces, se plantó ante ellos y les espetó: «¿No os molestan tanto una pequeña cruz en la pared de un aula, pues cómo podéis soportar la visión de tantas cruces delante de vuestras narices? ¿Así que creéis que llevo esta cruz porque se trata de un fenómeno socio-cultural, no? Pues ahí tenéis machotes, probad un poco de cultura en vivo y en directo». Dicho y hecho. Ante el asombro, el mutismo y el pasmo de todos, reuniendo las fuerzas que le quedaban y con la ayuda de la adrenalina generada por el cabreo, se bajó la cruz del hombro y la lanzó contra los prebostes agnósticos, tumbando de un certero golpe al alcalde y a dos o tres concejales que le rodeaban, tipos muy significados también en el laicismo militante de despacho, ordeno y mando.

Las consecuencias de todo aquello habrían sido funestas si no fuera porque…, porque en realidad el violento desenlace sólo sucedió en su encendida imaginación que, felizmente, supo controlar antes de transformaría en acción. Porque al llegar a la altura del palco de autoridades, en vez de dar el mitin, bajarse la cruz y lanzarla, la apretó aún más en el callo dolorido que a esas alturas se había formado en su hombro, levantó los ojos al cielo en un gesto difícilmente perceptible, y pidió perdón a Dios por sus torpes deseos. Y en vez de maldecir a aquellos tipos revestidos de agnóstica y vanidosa solemnidad, echó mano de nuevo del rosario y comenzó a rezar. Esta vez por aquéllos; por aquéllos y por tantos otros que ofenden, ignoran o utilizan la Cruz para sus intereses. Porque fue también por ésos, por esos mismos que estaban a pocos metros de él, por quienes se abrazó a su Cruz el Crucificado, tras cuya imagen caminaba con pasos cansados. Y aquel rosario lo rezó con una sonrisa maliciosa que sólo Dios veía y sabía interpretar.


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