por el R.P. Raimondo Sorgia, O.P.
5. Morir en una tarde de abril
Es humanamente imposible analizar el abismo de dolor dentro del cual pasó Cristo las últimas tres horas de su existencia mortal. En tan dificil postura, entre convulsiones, con los músculos cada vez más debilitados y lleno de dolorosos calambres, hasta la más elemental de nuestras funciones, la de respirar, es un auténtico suplicio. La respiración corta y fatigada sólo consigue introducir una cantidad mínima de oxígeno en los pulmones, en los que se ha concentrado un nivel intolerable de anhídrido carbónico y como consecuencia de ello la sangre está saturada de toxinas. En tales condiciones, su corazón, anteriormente sometido a una dura prueba, no puede resistir más y cede de repente. «Y de nuevo –escriben los evangelistas– dando un fuerte grito, Jesús dice: “Padre, en tus manos entrego mi espíritu”. Y dicho esto, inclinando la cabeza, expiró».
La medicina ha investigado las causas físicas de aquella muerte. Dalla Nora resume de esta manera las distintas opiniones:
«Según algunos médicos, se debería a los calambres tectánicos. A causa de éstos, los músculos respiratorios, al estar siempre tensos con la espiración, producen la asfixia. Esto explicaría que en la imagen de la Sábana Santa, el pecho está notablemente levantado, en detrimento de la cavidad peritoneal, hundida a causa de la convexidad del diafragma. Para otros, el Señor murió debido a un colapso ortostático, es decir, por la caída de la sangre a las extremidades inferiores por efecto de la gravedad, porque el corazón no podía dar la presión suficiente. Otros consideran que el Señor murió de infarto de miocardio; la hipótesis, del médico ingles Stroud, del siglo pasado, es compartida por algún médico moderno [Ricci]» (G. Dalla Nora, op. cit. 34).
Con la más absoluta certeza podemos afirmar que el Hombre de la Sábana no sólo estaba clínicamente muerto, sino que, si se puede decir, había sido herido como para morir más de una vez.
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