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Fragmento de Notre charge apostolique. S.S San Pío X (1910)
"No, Venerables Hermanos -preciso es reconocerlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual en que todos sientan plaza de doctores y legisladores-, no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la "ciudad" católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: Omnia instaurare in Christo."

8 de marzo de 2009

8 de Marzo, Segundo Domingo de Cuaresma




por el R.P. Gustavo Podestá





Lectura del santo Evangelio según san Mateo 17, 1-9




Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús. Pedro dijo a Jesús: "Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías". 5 Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: "Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo". Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor. Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: "Levántense, no tengan miedo". Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: "No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos".


SERMÓN (Cuaresma de 1990)

ara el mundo civilizado contemporáneo, el fin del verano marca el comienzo de la temporada de trabajo, de estudio, el empezar a ponerse nervioso por los problemas que se avecinan, por las decisiones que hay que tomar. La época estival ha sido un paréntesis de vacaciones, de espera. Políticos, sindicalistas, periodistas, dirigentes estudiantiles, dispersos por Punta del Este, Pinamar, Mar del Plata, Europa, no han podido todavía ejercer plenamente toda su actividad ruidosa, deletérea. La universidad en receso, la televisión trabajando con figuras de segunda, el congreso cerrado Enero y Febrero suelen ser épocas de una .cierta tranquilidad. Las cosas comienzan a moverse recién en Marzo. Y, si esto en épocas normales, ¡cuánto más en las nuestras, en este año seguramente difícil que iniciamos!

En las antiguas civilizaciones agrarias ello no era así. Como todavía no lo es en nuestro campo. El verano, la época de la cosecha, con los días más largos del año, son aquellos en donde más se trabaja. Es la época dura de la siega, del embolse, del enfarde, del guardar en los silos y graneros. Es recién allí cuando toda la zozobra del agricultor tiene fin: se ha superado el riesgo de las plagas, de la sequia, de los yuyos. Recién ahora el fruto abundantemente recogido garantiza que no se pasará hambre durante el invierno, que ya se acerca con sus días más tranquilos y descansados. Incluso más tranquilos desde el punto de vista político, porque, en la antigüedad, los ejércitos salen a pelear en verano. En las épocas frías y lluviosas de difícil movilidad no salen, se retiran a cuarteles de invierno.

El fin de la cosecha es pues tiempo de regocijo, de alegría, de festejo. Todas las culturas agrarias han celebrado y celebran especialísimamente este fin de las tareas, este haber recogido el fruto, dando gracias alborozadas a las divinidades de la fertilidad y la naturaleza. Y la fiesta se hace en el mismo campo donde se obtuvo la cosecha y donde se espera nuevamente obtenerla el año próximo. Así las ‘ bacanales ', entre griegos y romanos, festejos en honor a Baco, la divinidad de la vid, y que se realizaban entre las viñas. O las ' cerealias ', en honor de Ceres o Deméter, diosa de la cebada. O las ‘ antiforias' , las ‘ talisias' , las ‘ anonales' , las ‘ epactas' , la ‘ paganales' y tantas otras más de nombres menos conocidos.

También los judíos, cuando se asentaron en tierra palestina, copiaron estas fiestas de sus primitivos ocupantes, los cananeos y le fueron dando, poco a poco, un sentido religioso ortodoxo. El festejo del fin de la cosecha se hacia en medio del campo, en donde toda la aldea habla estado trabajando de sol a sol los últimos días, para lo cual ni siquiera retornaban a sus casas. El clima era benigno y durante la recolección podía dormirse casi a la intemperie, en refugios precarios hechos con ramas y hojas. La fiesta se hacia pues allí mismo entre esas chozas.

Cuando, más adelante, el judaísmo se hizo más urbano y la legislación unificante de Jerusalén obligó a todo el mundo a realizar todas las actividades religiosas en el templo de la capital, esta fiesta conservó su primitivo carácter, precisamente porque todos los habitantes de la ciudad y los peregrinos que llegaban a ella, durante seis días vivían en chozas hechas de ramas que se construían en el atrio del templo, en las plazas y en las azoteas de las casas. De allí que la fiesta se llamara fiesta de las chozas (‘sukkot') o de las tiendas o de los tabernáculos, como traducía el latín.

Pero ya allí el festejo había adquirido un nuevo significado. Los sacerdotes de Jerusalén habían cargado de teología a esta antigua fiesta pagana y, más allá de convertirla en un agradecimiento a Dios por los dones obtenidos, le habían otorgado un simbolismo superior: el de recuerdo de la época de la huida a Egipto, del Éxodo. Particularmente del tiempo durante el cual el pueblo de Israel había permanecido en el desierto, liberado del Faraón y en camino hacia la tierra prometida, cuando, trashumantes, vivían en tiendas. Junto con Pascua y Pentecostés, la fiesta de las Tiendas o de los tabernáculos se había convertido pues en el festejo más importante de la liturgia judía. Para muchos, inclusive era la más importante de todas las fiestas. Al menos la más popular, porque conservaba -y aún conserva e nuestros días entre los judíos- todo el carácter festivo y divertido de la antigua fiesta campestre.

Más aún, en la época de Cristo, la celebración se había transformado no solo en recuerdo de la liberación de Egipto y el paso del desierto, sino en ocasión de encendida esperanza de una próxima liberación política, de un nuevo Éxodo que seria encabezado por un nuevo Moisés, anunciada por otro Elías y protagonizada por el esperado ungido del Señor, el Mesías, el hijo de Dios -como se denominaba a los reyes davídicos- que habría de encabezar triunfalmente la reconstrucción nacional y su definitiva liberación.

Vean: este es el contexto de ideas que quiere sugerir la escena de la visión de los apóstoles que nos refiere Mateo, con su referencia a ‘las chozas'.

La única otra vez que Mateo habla en su evangelio de un 'monte elevado' es en el evangelio del domingo pasado, aquel monte en donde el tentador muestra, en visión, a Cristo, ‘todos los reinos del mundo con todo su esplendor'. Monte, por supuesto, no ubicado geográficamente. El mismo monte en donde ahora el que es tentado es Pedro, los discípulos, nosotros, cuando en los momentos de exaltación y de experiencia religiosa sentida, sensible, fervorosa pensamos que fácilmente ya podemos festejar nuestro ser cristianos, instalarnos y que el Señor se pondrá presurosamente al servicio de nuestras actividades y esperanzas humanas individuales y nacionales. La tentación atractiva de un mesianismo puramente humano que Cristo ha rechazado en el evangelio del domingo pasado.

Todos hemos tenido en nuestra vida alguno de esos momentos de presencia luminosa y casi palpable de Cristo en nuestras vidas. Cuando nos confesamos por primera vez después de muchos años; luego de aquel retiro; en aquella ocasión que puede haber sido larga, -años o meses- o corta, -días o minutos- de experiencia ardiente de fe cristiana. Todos, también, somos capaces, en nuestros momentos de oración verdadera, profunda, de planear hechos heroicos, tener propósitos santísimos, proyectos cristianísimos.

Mateo nos advierte que, aunque ellos se puedan gestar y deban gestarse en oración, frente al Señor, su realización no se dará fácilmente, ni iluminados siempre por esos instantes de presencia, sino, generalmente, abajo, en el llano, donde el camino de Cristo conduce hacia otro monte bien distinto: el monte del calvario, de la lucha, del esfuerzo, de la rutina diaria, de la constancia pertinaz, de la voluntad viril.

Y que, a pesar de que la gracia sana la naturaleza, y que, sin duda, cualquier problema humano, de cualquier índole que fuera, personal o social, familiar o político, es más fácil enfrentarlo con la fuerza de Cristo y con la luz de su palabra y, por lo tanto, con mayores esperanzas de éxito aún humano, es mucho más cierto que la liberación que viene a traernos el Señor va mucho más allá de cualquier salud temporal, problema personal o mesianismo político. Y que, de lo que viene a liberarnos principalmente Jesús es, no de los problemas humanos, sino del pecado, de la cerrazón en lo humano que lleva a la muerte. Y que la tierra prometida que nos señala y a donde nos conduce a través, a veces, de penosos desiertos, está mucho más allá de todos nuestros proyectos, aún de los más aparentemente cristianos y, por eso, puede parecer que en ellos no nos ayuda.

Aquí está pues el sentido de nuestro evangelio de hoy que la liturgia nos quiere proponer en este tiempo de Cuaresma, para que purifiquemos a nuestro ser cristianos de falsas ilusiones y lo encaminemos a la verdadera Esperanza, que es la de la Pascua. Las fiestas de las chozas, de las tiendas, de los tabernáculos, que podamos tener con Cristo en nuestros momentos de oración, de encuentro con él en este mundo, de fervor espiritual y dicha terrenal duran poco. Tenemos que aprovecharlas sí para acumular fuerzas, para guardarlas en nuestros graneros; pero hemos de saber que, sin excepciones, tarde o temprano sigue el invierno, hay que volver- a trabajar, arar y plantar. Y tornará a haber plagas, sequias y depredadores del alma y del cuerpo.

Pero es allí, en el invierno, en el llano, en donde probaremos realmente nuestra calidad de discípulos del Señor, en donde deberemos poner en carne y en sangre y en fatiga la obediencia a Jesús que, en oración, sabemos que debemos practicar pero que, en lo cotidiano, se nos vuelve arduo.

Y el invierno puede venirnos este año a los argentinos de muchas maneras, espiritual y materialmente. Se acabó para nosotros la fiesta de las chozas de las tiendas; la falsa alegría de los mesías políticos, de las bacanales demagógicas, de las soluciones fáciles. Pongámonos pues decididamente detrás de nuestro verdadero jefe, el Señor, todo lo contrario de un político, de un demagogo. Porque, aunque de vez en cuando, en alguno de nuestros momentos de oración o de legítimos gozos cristianos nos muestre su rostro resplandeciente de hijo de Dios, de Rey en su trono y vestido de armiño y de brocado, la mayoría de las veces estará a nuestro lado bien en el llano, polvo y uniforme de combate, sudor y espada, preanuncios de cruz en la mirada.

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